ELENA PARA
LOS MIÉRCOLES
Muriel Resnik
PERSONAJES
ELENA
JOHN
CASS
DOROTHY
La acción se desarrolla en un apartamento pequeño en la zona elegante de Manhattan, Nueva York. Época actual.
ACTO PRIMERO
CUADRO I
Un jueves de julio, a las doce del día. Cuarto de estar de un apartamento alegre y confortable. Un amplio ventanal al fondo derecha pone en comunicación con un pequeño jardín por medio de un par de escalones. La habitación tiene tres puertas más: la de acceso al apartamento (al fondo a la izquierda); la que comunica con el dormitorio (también por medio de unos escalones) en el lateral derecha; la que comunica con la cocina, en el lateral izquierda. No sé si hay alguna más, pero, de momento, con éstas nos bastan. El mobiliario, aunque de buen gusto y alegre, es informal, así como los cuadros y la decoración general. A la extrema derecha del escenario, un escritorio de bambú y una silla a juego; sobre la mesa, un teléfono. A la izquierda un caballete victoriano decorado con plantas. Juanto a la puerta de la calle, una gran silla egipcia tipo trono. En el centro una "chaisselongue" y ante ella una pequeña mesa auxiliar con dos servicios de café.
(Cuando se alza el telón, JOHN, hombre de unos cincuenta años, muy elegante y circundado por la aureola del éxito y de la seguridad en sí mismo, sale del dormitorio y se encamina hacia la puerta de la calle. La abre y recoge en ella el "New York Times".)
JOHN: ¡Ya tienes libre la ducha, cariño!
ELENA: (Desde dentro.) ¡Voy!
(Se encamina él con el periódico a la chaisselongue, en la que se sienta, mientras lee los titulares. De la cocina sale ELENA trayendo una cafetera. Es muy joven, muy guapa y todo en ella trasciende a ingenuidad. Está visiblemente contenta. Lleva puesto un extravagante "salto de cama" de falda generosamente acampanada y unas mangas que rodean las muñecas con encajes colgantes.)
JOHN: (Sin dejar de leer.) ¿Te olvidaste de llamar al fontanero?
ELENA: (Sirviendo.) No, amor, le avisé; pero me dijeron que no podían venir hasta el lunes.
JOHN: ¿Hasta el lunes?... ¡Qué barbaridad!
ELENA: Te prometo que para el próximo miércoles estará arreglado ese grifo. (Lee algo en el periódico que sostiene JOHN.) "Rusia continúa sin liquidar sus deudas en las Naciones Unidas." Estos están igual que el fontanero.
(Se sienta junto a JOHN, que le pasa el periódico. Uno de los colgantes de las mangas de ELENA se introduce en el azucarero. Ël lo saca y aleja del utensilio.)
JOHN: ¿Por qué no recortas un poco esos colgajos?
ELENA: ¿Colgajos?... ¡Qué gracioso!... Esta bata me la compraste precisamente porque te hacían gracia las mangas.
(Las exibe luciéndolas.)
JOHN: ¿Ah, sí?... Bueno, pues la próxima te la compraré "desmangada".
ELENA: ¿Pero es que no son bonitas?
JOHN: (Amable.) Sólo porque las llevas tú.
ELENA: (Encarándose con el periódico, halagada.) – Gracias... ¡Hombre! Aquí viene una foto de tu mujer. (Lee al pie.) "La señora de John Cleves, que presidió el baile benéfico "París en Primavera".
JOHN: (Molesto.) Sí; siempre está presidiendo tonterías de esas. Menos mal que me ayuda a deducir algo de mis impuestos.
ELENA: Sí, amor, sí. ¡Es tan injusto eso de que cada diez dólares tengas que devolver nueve al fisco!
JOHN: (Precisando.) Nueve, veinte.
ELENA: (Se levanta y va hacia el caballete para regar las plantas.) ¡Qué horror!... Es terrible pensar que cuando ganas cien mil tienes que dar a esos señores... ¿noventa y cuantos?... ¿Noventa mil?
JOHN: No es exactamente tanto. Uno... en fín, se defiende algo con habilidades.
ELENA: (Mirándole con cierta pena.) Sí, claro. Es justo que te defiendas con habilidades.
JOHN: Parece como si te disgustara.
ELENA: No; lo que me entristece es que yo sea una de tus habilidades.
JOHN: Te he dicho mil veces que este apartamento no entra en el juego; es tuyo.
ELENA: ¡Qué va! Lo era antes de conocerte. Yo pagaba mi alquiler y era mío. Pero desde que lo compraste tú en nombre de tu Compañía para alojar en él a clientes de paso y visitantes ilustres...
JOHN: Sabes muy bien que nunca lo hemos utilizado para eso... No es más que un truco para pagar menos impuestos. Si ellos nos ponen cepos por todas partes, de algún modo hay que ingeniárselas para saltárselos.
ELENA: Sí, claro... pero a mí me entristece pensar que cada vez que nos reunimos lo que hacemos es saltar un cepo.
JOHN: (Se levanta y va hacía ella.) Pero Elena, cariño... ¿de verdad te entristece eso?
ELENA: Eso... y más cosas. (Mirándole dolida.) Hoy es mi cumpleaños.
JOHN: ¿Tu cumpleaños? (La mira.) ¿Y crees que lo había olvidado? (Asiente ella.) Pues haz el favor de meter tu mano en este bolsillo.
(ELENA lo hace ilusionada y saca de él un estupendo collar de brillantes.)
ELENA: (Estupefacta.) ¿Para mí?
JOHN: ¡Claro que para ti!... Trae que te lo ponga.
(La vuelve y comienza a ponérselo.)
ELENA: ¡Pero esto es una locura, John!
JOHN: Todas las mujeres que son tan guapas como tú, tienen derecho a tener algo que sea una locura. (Termina de ponérselo y la vuelve.) Déjame que te vea. ¡Cómo te favorece!
ELENA: (Abrazándole.) Es demasiado. Esto ha tenido que costarte una fortuna.
JOHN: Pues no creas que tanto, porque aunque es un modelo diseñado especialmente por Cartier, si te fijas, lleva grabada en el broche la marca de nuestra nueva refrigeradora. Va cargado a publicidad y, total, bastará con que me lo prestes de vez en cuando para retratarlo.
ELENA: (Separándose enrabietada.) ¡No!... Por esto sí que no paso. Este collar no me lo quito ya ni para bañarme. ¡Me enterraran con él!... ¿Cómo quieres hacer publicidad con un regalo de cumpleaños?
JOHN: Pero, ven acá, Elena... ¡No seas niña!
ELENA: ¡Nada de niña, que cumplo veinticinco! (De pronto.) ¡Dios mío!... ¡Veinticinco ya!... ¡Qué horror!
JOHN: Horror, ¿de qué?... Yo tengo... los que tengo y estoy exactamente igual que cuando tenía veintidós.
ELENA: ¡Ah, sí!... Pero en una mujer es distinto. De veinticinco a cuarenta hay un paso, y a esa edad dicen que empiezan a pasarnos cosas raras.
JOHN: (Cariñoso.) Tranquilízate. Tú nunca tendrás más de doce años.
ELENA: No; que esa edad es muy tonta.
JOHN: Bien, pues dieciséis.
ELENA: ¿Deducidos los impuestos?
JOHN: Por supuesto. Y ahora también tengo otro regalo.
ELENA: ¿Otro?... ¿Dónde?
JOHN: Aquí.
ELENA: ¿Pero dónde?
JOHN: (Señalándose.) Aquí. Soy yo mismo el regalo. Tengo todo el día libre para ti.
ELENA: (Cayando sentada.) ¡No!
JOHN: (Riendo.) ¡Sí!
ELENA: (Feliz.) No lo puedo creer.
JOHN: (Sentándose junto a ella.) Me ha costado trabajo, pero lo he conseguido. Dejé en la oficina que me considerasen de viaje y que me venía al apartamento de los clientes para trabajar sin que nadie me molestase. Tenemos, pues, todo el día para nosotros. Mira si me acordé de tu cumpleaños.
ELENA: (Emocionada.) ¡Es un regalo más bonito que tuve nunca!... (Abrazándole.) ¡Te quiero, John!... ¡Qué maravilla...! Nunca tuve un día entero... Siempre me tuve que conformar con un pedazo de cada miércoles.
JOHN: Pues hoy, también el jueves para nosotros. ¿Qué vamos a hacer con él?
ELENA: (Levantándose enardecida.) ¿Que qué?... Pues ser como todo el mundod; salir alguna vez de aquí y divertinrnos juntos en otro sitio.
JOHN: ¿Por ejemplo?
ELENA: ¡En el Parque de Atracciones!
JOHN: (Torciendo el gesto.) Si te gusta eso...
ELENA: ¿A ti no?
JOHN: No, no... Podemos ir a mil sitios. Al Museo de Arte Moderno, sin ir más lejos.
JOHN: Pues ya ves: no me importaría ir un poco más lejos. Soy miembro del Patronato y me conocen mucho.
ELENA: (Perdiendo el gas.) Ya... Bueno, pues podemos irnos a comer al Zoológico.
JOHN: (Contrariado.) Cariño...
ELENA: ¡No me irás a decir que eres Director del Zoológico!
JOHN: Claro que no... Pero el restorán del Zoológico está lleno de gente y tú sabes que desde el artículo aquel del "Times" sobre mí, me reconocen hasta las ratas.
ELENA: Querrás decir hasta los tigres. (Reaccionando alegre.) Bueno, pues nada, nos quedamos aquí... ¿Qué falta hace ir a ningún sitio?... ¡Lo importante es tener nada menos que un día entero para nosotros!... John: eres el amante más maravilloso que puede soñar una mujer.
JOHN: Pues sí. Realmente soy otra joya. (Levantándose.) Y para conmemorar esta ocasión , yo también me voy a hacer un regalito. (Sale hacia el teléfono.) Me voy a regalar a "Sam".
ELENA: ¿Quién es "Sam"?
JOHN: El semental más extraordinario del Hipódromo. Y del siglo. Me lo venden a ochocientos cincuenta mil dólares, pero quizá este Peter Mitchell me lo consiga más barato. Lo compraré y le pondré de nombre "Ellen".
ELENA: (Decepcionada.) ¿Vas a poner mi nombre a un semental?
JOHN: (Al teléfono.)
¿Peter?... Soy John Cleves. ¿Qué pasa con el caballo?... ¿Qué están ofrecicendo un millón?... ¡No digas tonterías! (Enfadado.) ¿Ah, sí?... ¡Pues que se lo guarden!
(Cuelga.)
ELENA: ¿Te vas a quedar sin "Ellen"?
JOHN: (Preocupado.) Me lo estoy temiendo. ¡Y pensar que tengo cien yeguas preciosas en Kentucky esperando como locas a este galán!
ELENA: ¡Vaya por Dios!
JOHN: Bueno... no te preocupes. Ni esto ni nada va a conseguir estropearnos el día. Tú ve pensando lo que hacemos mientras yo llamo a la oficina. He tomado una nueva secretaria que me parece más bien tonta y no vaya a ser que...
(Descuelga y empieza a marcar.)
ELENA: Pues ya se lo que vamos a hacer. ¡Te voy a pintar!... Siempre he tenido la ilusión de hacerte un retrato, pero nunca he tenido tanto tiempo. (Se moviliza.) Hoy lo haré a carboncillo y durante la semana le daré el color. Vas a tener un regalo bastante más bonito que el de "Sam".
JOHN: Me temo que mis yeguas no opinen lo mismo (Al teléfono.) ¡Oiga!... Soy el señor Cleves.
Póngame con Miss Linslay.ELENA: (Saliendo hacia la cocina.) ¡Y prepararé el almuerzo en la terraza!
JOHN: Sí, amor. (Al teléfono.) ¿Miss Linslay?... No; no estoy en Cleveland... Tampoco en el aeropuerto... Señorita: estoy, como le dije, en el apartamento... (Extrañado.) ¿Con qué citas?... Le dije que no me tomara citas para hoy... El jueves, eso. ¿Y qué es hoy sino jueves?... ¡Pero no el próximo!... ¡Este jueves!... ¿Cómo ha podido equivocarse así? Bueno, pues nada; dígale que vuelva mañana... ¿Que se marcha a la Arabia Saudita?... ¡Vaya hombre!... ¿Cómo?... ¿Qué también estoy citado con el Embajador inglés?... ¿Y con el Fiscal del distrito?... ¿Y las entradas del teatro de mi mujer?... (Jadeando.) ¿Pero en qué... semana tiene usted la cabeza?... Llame enseguida a mi mujer... ¡Ah!, ¿no está en casa?... ¡Vaya, hombre!... Mire, señorita Linslay: si quiere hacer algo por mi verdaderamente útil, cruce sus manos, una sobre otra, en su regazo, y no las despegue para nada hasta que yo llegue.
(Cuelga el teléfono con rabia.)
ELENA: (Saliendo con un mantel camino de la terraza.) ¡Vas a ver que almuerzo te preparo!
JOHN: Encanto...
ELENA: ¿Crees que no guiso bien?
JOHN: Sí, amor, estoy seguro... Pero es que este monstruo de mi secretaria me ha citado con un imbecil que se va hoy a la Arabia Saudita y me está esperando en la oficina.
ELENA: ¡Vaya!... Bueno pues no importa; te vas corriendo, lo despachas y vuelves para comer.
JOHN: Es que eso tengo que hacerlo con el Embajador inglés.
ELENA: (Sobreponiéndose, comienza a doblar de nuevo el mantel.) ¡Qué se le va a hacer!... Nos conformaremos con merendar juntos.
JOHN: ¡Ni eso, cariño!... Porque la señorita Linslay, a la que voy a prender fuego en cuanto la vea, me ha complicado la tarde con el Fiscal, con el Alcalde y no sé ya si con el Presidente Johnson.
ELENA: (Abatida.) Bien... (Suspira hondo.) Pues, entonces, pasaré el día sola.
JOHN: ¡No, hombre!... ¿Por qué no invitas a tu amiga Janice?
ELENA: Está de viaje.
JOHN: Pues a Nancy.
ELENA: Esa está fuera de cuentas y ya no sale de casa.
(Camina pesarosa hacia el sofá.)
JOHN: ¿Por qué no te vas al cine?... La otra tarde vimos una película Dorothy y yo...
(Queda cortado.)
ELENA: (Le mira con reproche.) Creí que nunca íbais al cine.
JOHN: ¡Bah!... De Pascuas a Ramos.
ELENA: Pues la próxima vez podíais ir a ver "Divorcio a la italiana". Es un hombre que no puede divorciarse de su mujer y acaba pegándola cuatro tiros.
JOHN: (Viniendo a ella.) No te enfades conmigo, Elena... ¿Vamos a estropear más aún el día?
ELENA: (Aún triste.) No, cariño... Si lo estropeamos más se muere. (Reaccionando.) ¡Y además que aún nos queda la noche! ¡No habíamos caído!... ¡Qué tontos somos!
JOHN: (Sombrío.) Vida mía...
ELENA: ¡Podemos celebrarlo igual de noche!
JOHN: Podríamos. Pero ese estafermo de la señorita Linslay me lleva hoy al teatro con mi mujer.
ELENA: (Desplomada.) ¡Ah!... Esta vez es de Ramos... a Pascuas.
JOHN: Y tan Pascua... Por lo visto la llamó Dorothy...
ELENA: Ya, ya... Y, ¿cómo esta Dorothy?
JOHN: Bien.
ELENA: ¿Y Johnny?
JOHN: Con algo de gripe, pero bien.
ELENA: ¿Y Debbie?
JOHN: Bien del todo.
ELENA: Pues eso es lo principal: que haya salud en casa. Ahora sólo te falta conseguir a "Sam". (Recoge y le entrega la cartera y el sombrero.) Anda, vete, no vaya a perder su avión el de la Arabia Saudita.
JOHN: Elena... haz un esfuerzo... Estoy tan disgustado como tú...
ELENA: Pues no lo estés... Ya lo celebraremos... Con una secretaria así, a lo mejor tienes libre el día menos pensado.
JOHN: (Dolido.) ¿Y vas a quedarte sola?
ELENA: No estoy sola. Tengo aquí mis pinturas... mis discos... y te tengo a tí, que estas siempre conmigo... ¡A ver si ahora no voy a poner cursi! (Abre la puerta.) Hasta el miércoles, John.
JOHN: Descuartizaré a la señorita Linslay en cuanto la vea... Intenta no estar triste... Piensa que ese collar es tuyo, que este apartamento es tuyo y que yo mismo soy tuyo.
ELENA: De Pascuas a Ramos.
JOHN: (Dolido.)¡Elena!...
ELENA: Bueno: de miércoles a miércoles.
JOHN: Pero muy tuyo. Te llamaré desde la oficina.
(Le da un beso de trámite y sale. ELENA cierra con desánimo y queda durante unos segundos inmóvil y pensativa. Luego empieza a recoger perezosamente las tazas y vasos que lleva a la cocina. Al reaparecer viene con una taza pequeña que tiene clavada en el centro una enorme vela. Busca cerillas, la enciende y se sienta contemplándola con tristeza. Sopla y la apaga. Se quita el collar y lo mira. Reaccionando con rabia, alza un almohadón y sepulta el collar. Luego rompe a llorar. En este momento se abre la puerta y aparece CASS. Un hombre joven y simpático, de aspecto provinciano, que viene con maleta e impermeable. Retira su llave y cierra contemplando la habitación. Al ruido se alza ELENA, que lo contempla sorprendida. Él también se sorprende, pero muy gratamente.)
CASS: ¡Pero, hombre!... ¡Qué atención tan grata!
ELENA: ¿Quién es usted?
(Sobresaltada sale hacia el teléfono.)
CASS: El que tenía que venir. No se asuste. Mire la llave.
ELENA: (Paralizando la acción de llamar.) ¿Y cómo tiene usted esa llave?
CASS: Porque me la han dado.
ELENA: ¿Quién?
CASS: ¿Pues quien va a ser? La señorita Linslay.
ELENA: (Sombría.) ¿La señorita Linslay?...
CASS: Si, claro; esa que tiene dientes como teclas.
ELENA: Una mujer adorable
CASS: Pues sí. Fea es fea de veras, pero amable y buena secretaria como pocas. Me ha dicho que con tanto congreso y tanto jaleo como hay estos días, no iba a encontrar un buen hotel y que como a ella le consta que el señor Cleves quiere que esté bien instalado...
ELENA: ... le enviaba al apartamento para clientes de paso y visitantes ilustres.
CASS: Exactamente. (Sonriendo con intención.) Lo que no me aclaró fue los alicientes que tenía el apartamento. La pena es que yo vengo molido del viaje y estoy deseando darme una ducha y echarme un rato... Pero no soy de mucho dormir. (Acercándose a ella insinuante.) En seguida podremos hablar de... nuestras cosas.
ELENA: (Seca.)¿Me quiere decir cómo se llama?
CASS: Ah, sí. Me llamo Cass. Cass Henderson.
ELENA: No esperaba a nadie. Es mi casa y está usted allanando mi morada.
CASS: ¿Esperaba usted otro visitante más ilustre?
ELENA: No esperaba a nadie. Es mi casa y quiero estar sin visitantes.
CASS: Pero, entonces ¿este apartamento no es de la Compañía?...
ELENA: Es de la Compañía.
CASS: ¡Ah!
ELENA: Pero no lo es.
CASS: (Desconcertado.) ¿No lo es?... ¿Estamos jugando a algo?
ELENA: Sí, por lo visto. A un juego muy tonto que se llama "Señorita Linslay". Ella cree que este apartamento lo tiene la Compañía para clientes de paso.
CASS: Y es sólo para clientes de peso.
ELENA: Para ningún tipo de clientes. Lo tiene para mí.
CASS: Entiendo... Los Consejeros de la Compañía, quieren tener la compañía asegurada.
ELENA: (Digna.) Señor Henderson, haga el favor de marcharse en seguida.
CASS: Está bien. (Se moviliza perezoso hacia su maleta.) ¿Y a dónde voy a ahora?
ELENA: Pruebe a instalarse en casa de la señorita Linslay.
CASS: No, gracias... Prefiero dormir al raso.
ELENA: Eso es cuenta suya.
CASS: ¿Puedo usar el teléfono?... Voy a ver si un amigo que vive aquí me quiere tener en su casa.
ELENA: Inténtelo. Pero pronto, porque tengo que salir y he de vestirme.
CASS: Gracias. (Va al teléfono.) Si tiene que ir a vestirse puede hacerlo tranquila; no voy a llevarme nada.
ELENA: Estoy segura. Pero de todos modos preferiría que se fuese lo antes posible. (Sale hacia el dormitorio.) Encantada, señor Henderson.
(Se introduce y cierra de un portazo.)
CASS: El gusto ha sido mío... (Al teléfono.) ¿Operadora? Con el 253.23.11, de Ohio y cárguelo al... (Mira el número.) RE-7098. Sí, espero... (Pasea la mirada por la habitación.) ¿Betty?... Sí, sí, soy yo; ponme en seguida con mi hermano. (Se sienta encima de la mesa.) ¿Jorge?... Hola. Te llamo desde el apartamento para visitantes ilustres de la Compañía Cleves... Sí. Ha sido todo un poco raro, pero estoy en él... No, Cleves no está aquí, pero hay algo que me parece que le afecta muy directamente. Una chica estupenda... Sí; vive aquí con "permiso especial", según parece. Creo que hemos tenido suerte, porque a esto se le puede sacar partido... Sí; es seguro que él vendrá por aquí y si consigo quedarme no tendrá más remedio que escucharme... No; porque es que esta chica quiere que me vaya... Eso aún no lo sé, pero ya me las ingeniaré para quedarme. Es nuestra última oportunidad para conseguir una entrevista con este tío.
(Se abre la puerta del dormitorio y sale ELENA con pantalones y camisa de hombre, mira a CASS contrariada.)
CASS: (Advistiéndolo.) Lo comprendo... gracias de todos modos, chato... Eres el cuarto que he llamado... mala suerte... Adiós, hombre.
(Cuelga.)
ELENA: ¿Aún aquí?
CASS: Sí. Tenía razón la secretaria. Ni una cama libre en todo Nueva York.
ELENA: Bueno, pues ya que lo ha comprobado...
(Le señala la puerta.)
CASS: ¿No me deja esperar a que llame un amigo que está viendo el hombre si me encuentra algo?
ELENA: ¿Y le ha dado este número?
CASS: Sí, claro. No tengo otro, por desgracia.
ELENA: Es que yo también estoy esperando una llamada.
CASS: Mi amigo no tardará mucho. ¿Por qué no se sienta y lee una revista o toma un poco de té y yo le pongo un poco en orden todo esto mientras llama?
(Empieza a recoger cosas.)
ELENA: ¿Quiere decir que aquí hay desorden?
CASS: Un poquillo, ¿no?
(Recoge algo que pone sobre la mesa.)
ELENA: ¡Pues así es como a mí me gusta!... (Tira al suelo lo que él recogió.) ¡Lárguese!
CASS: Señorita, por Dios... Un poco de paciencia.
ELENA: ¡Lárguese o empiezo a gritar!...
(Enfurecida sale hacia la puerta y la abre. Aparece en ella una señora guapa y elegante, aunque viste con sobriedad. ELENA la mira con desconcierto y también la recién llegada parece estarlo.)
DOROTHY: Buenos días. Perdonen... Soy Dorothy Cleves.
(ELENA retrocede instintivamente un par de pasos al tiempo que CASS los adelanta.)
CASS: Mucho gusto, señora. Yo soy Cass Henderson y ella es...
(ELENA gira hacia él y cae desmayada en sus brazos.)
DOROTHY: ¿Qué le ha ocurrido?
CASS: (Llevándola hacia el sofá.) No sé. Quiza el calor.
DOROTHY: ¡Pobre!... ¿Por qué no trae un poco de agua?
(Se sienta junto a ella.)
CASS: Pues sí, es una idea.
(Sale hacia la cocina. DOROTHY sostiene a ELENA y le da aire con su guante.)
DOROTHY: (Alzando la voz.) Siento haber llegado tan inoportunamente, pero la señorita Linslay no me advirtió que estaban ustedes aquí.
CASS: (Volviendo con el agua.) Pues fue precisamente ella quien me envió.
DOROTHY: (Cogiendo el vaso.) Sería después de hablar conmigo.
(Empieza a dar de beber a ELENA.)
CASS: Seguramente.
DOROTHY: Tiene usted una mujer guapísima.
CASS: ¿Quién, yo?... ¡Ah, sí!... Ya lo creo. Pero delicaducha.
DOROTHY: Con este calor; y si, a lo mejor, espera algo...
CASS: ¿Esperar?... No creo. Al menos que yo sepa.
DOROTHY: Parece que ya vuelve. (ELENA, en efecto entreabre los ojos.) ¿Se encuentra mejor? (ELENA asiente débilmente.) Beba un poco más.
(A CASS.) Pues yo he venido porque quería pillar a John antes de que se fuera... (ELENA pega un respingo y vuelve a desmayarse.) ¡Vaya!... otra vez. Vamos a ver si poniéndola cómoda... (Se alza y recuesta a ELENA sobre los almohadones.) y refrescándole las sienes... (Introduce en la jarra su propio pañuelo.) ¿Ha visto ya a mi marido?CASS: No, señora. Aún no he tenido el gusto.
DOROTHY: Pues debe haber salido de aquí hace muy poco. (Refresca con el pañuelo la frente de ELENA, que vuelve a pegar un respingo.)Yo que usted daría casi por cierto un embarazo.
CASS: ¿Sí?... ¡Ah!, pues nada; lo doy.
DOROTHY: Yo es que he venido porque la semana pasada vi un abrigo en mi peletero que es una locura y desde entonces me tiene sin sueño. Es carísimo. Pero esta mañana ya no pude más y me dije: "Maximiliano me lo rebajará porque estamos en julio, y ¿quién compra un abrigo de visón en julio?"
CASS: (Amable.) Naturalmente. Alguna perturbada. (Corrigiéndose.) Bueno, quiero decir...
DOROTHY: Sí, sí; perturbada. A mí el visón me vuelve loca. Es tan dulce, tan acariciador...
(ELENA, de la que ninguno de los dos se ocupa ya, abre los ojos y escucha atenta.)
CASS: ¡Sí, debe serlo!
DOROTHY: Cada uno tiene sus chifladuras... Bueno, total: que como mi marido fuel el miércoles a Chicago... O no; este miércoles creo que fue a Cleveland... a Chicago fue el anterior... Es lo mismo. El caso es que como él de sus viajes va directamente a la oficina y yo he conseguido de Maximiliano una rebaja en el abrigo, le dejé una señal a cuenta y me fui a pedir a John el resto para no perder ni el abrigo ni la señal.
CASS: ¡Muy bien enfocado!
DOROTHY: Y ha sido su nueva secretaria quien me ha dicho que se había venido a trabajar aquí... al apartamento de los visitantes ilustres. ¿Quiere usted creer que yo no tenía ni idea de que existía este apartamento?... Las esposas sabemos mucho menos que las secretarias.
CASS: Así es a veces, sí señora.
ELENA: Sí... Esa secretaria parece listeja.
DOROTHY: Ah, vamos... ¿Ya se encuentra mejor?
ELENA: ¡Qué remedio queda!
DOROTHY: Le decía a su marido que yo no conocía este apartamento, ni a lo que estaba dedicado.
ELENA: No, ¿verdad?
DOROTHY: No. Y tengo que confesar que lo encuentro espantoso y de un mal gusto horrible. ¡Y seguramente habrá costado una fortuna!... Yo, por el mismo dinero, le hubiera sacado mucho más partido. Y por supuesto, lo tendría más ordenado.
(Comienza a recoger del suelo las revistas que antes tiró ELENA. CASS entrecruza con ELENA una mirada irónica.)
CASS: (Ayudando a DOROTHY.) Hay a quien le gusta el desorden. Permítame.
DOROTHY: Una cosa es el desorden y otra el abandono. Esto está de un sucio que da vergüenza.
(ELENA entorna los ojos y vuelve a dejarse caer en el sofá.)
CASS: (Advirtiéndolo.) ¿Pero otra vez, cariño?
DOROTHY: ¡Vaya por Dios!... (Va hacia ELENA.) ¡Vamos, señora Henderson!, ¿qué le ocurre?... (A CASS.) ¿Es primeriza?
CASS: (Vacilante.) Sí, lo es, lo es.
DOROTHY: ¿Por qué no mira si hay un poco de café?
CASS: Ah, sí; ahora mismo.
(Sale de nuevo hacia la cocina.)
DOROTHY: (Cariñosa.) ¡Vamos, señora Henderson, sobrepóngase que eso no es nada!... Son gajes del oficio...
(ELENA se reanima algo.)
ELENA: Conque... ¿encuentra usted esto horrible y sucio?
DOROTHY: Sí, francamente. Pero conste que soy tan ajena como usted.
ELENA: ¡O quizá más!
(Reaparece CASS con una botella de champán.)
CASS: No encontré café, pero traigo otro estimulante.
DOROTHY: ¡Champán!... ¡Qué maravilla!... ¡Adoro el champán!... ¡Y le recuerda a una tantas cosas! (A ELENA.) Esto la animará, señora Henderson. (CASS destapona la botella. ELENA la coge y empieza a beber avídamente.) ¡Vaya!... También a usted le gusta lo suyo.
CASS: Ah, sí; el champán la entusiasma... (A ELENA.) Cariño, ¿qué te parece si traigo unos vasos y también bebe la señora Cleves un poquito?
(Le retira la botella y sale de nuevo hacia la cocina.)
DOROTHY: ¡Gran idea!... Hagamos fiesta. Mi marido y yo siempre que salíamos juntos de viaje nos bebíamos una botella al salir y otra al llegar.
ELENA: Sí, ¿eh?
(Vuelve CASS con tres vasos.)
DOROTHY: Sí; pero ahora John odia viajar... Lo hace una vez a la semana por sus negocios, pero cada vez de peor humor.
(CASS llena los vaso.)
ELENA: Le carga, ¿no?
DOROTHY: Mucho. Cuando llega el miércoles se pone de un humor de perros.
CASS: Naturalmente. Si es que como en la casa de uno... (Mira sonriente a ELENA, que le devuelva una mirada corrosiva. Suena el teléfono. Salen disparados hacia él CASS y ELENA, pero él llega antes y descuelga.) ¿Dígame?... ¡Diga!... ¡Diga!...
ELENA: ¿Quién es?
CASS: No contesta nadie. Sólo se oyen como griñidos.
(Cuelga. ELENA se deja caer en una silla. DOROTHY se levanta con el vaso en la mano.)
DOROTHY: Bueno, pues... ¡por el matrimonio Henderson... y lo que venga!
CASS: (Yendo hacia ella con su vaso.) ¡Por nuestros anfitriones, los señores Cleves!
(De nuevo suena el teléfono. ELENA lo atrapa antes que llegue CASS.)
ELENA: ¿Diga?... Ah, hola Gisella... No, no, nadie. No puedo imaginar quién habrá sido... Oye, Gisella: estaba a punto de entrar en el baño. Si no te importa te llamaré luego.
(Cuelga y se bebe el vaso de un trago.)
CASS: Querida, no bebas tan deprisa.
ELENA: (Desabrida.) Bebo como me da la gana.
CASS: Una cosa es estimularse y otra...
ELENA: Y otra meterse en lo que a uno no le importa.
DOROTHY: No peleen. Soy yo la que está aquí importunando, y me voy. No quiero retrasar su baño, señora Henderson.
CASS: ¡Oh!... No se vaya, señora Cleves...
(ELENA le pega una patada aprovechando que DOROTHY se ha vuelto para dejar su vaso.)
DOROTHY: No tengo más remedio. Cuando vengo del pueblo, como yo digo, aprovecho para hacer un montón de cosas. (A ELENA.) Ha sido un placer conocerles... tan jóvenes los dos; con toda la vida por delante... porque usted es una niña.
ELENA: Hoy he debido de envejecer lo mío.
DOROTHY: ¿Por qué... ¡Ah, claro!... Sí, he visto la tarta con la vela. ¿Es su cumpleaños?
ELENA: Sí. Hoy es mi día.
DOROTHY: (Abrazándola.) ¡Pues muchas felicidades!
(A CASS.) Y a usted también.
(Le da la mano.)
CASS: Muchas gracias, señora Cleves.
DOROTHY: Y como regalo quiero decirles algo que una mujer muy sensata me dijo el día que me casé: "Dorothy, nunca, nunca, nunca te vayas a dormir enfadada con tu marido". Y así ha sido. He tenido con John, como todo el mundo, discusiones y disgustillos, pero nunca...
(Suena el teléfono.)
ELENA: (Sale disparada y lo atrapa de nuevo.) ¿Diga?
DOROTHY: (Siguiendo la conversación con CASS.) ...Y nuestro matrimonio es un matrimonio feliz.
ELENA: (Al teléfono.) ¡Qué pesadita estás Gisella!... ¿No te he dicho que me iba a dar un baño?... No, claro. ¿Cómo voy a dármelo si llamas cada minuto y medio? Ya te he dicho que te llamaré yo.
(Cuelga.)
DOROTHY: Ahora sí que me voy volando. Pero antes, me gustaría ver más alegre este cumpleaños... Si ha habido algún disgustillo, échenlo afuera con un gran abrazo.
CASS: (Yendo hacia ELENA.) Yo por mi parte...
(ELENA le huye bordeando la mesa.)
DOROTHY: Vamos, señora Henderson... ¡Hágalo por mí!...
CASS: Párate, cariño. ¿No has oído a la señora Cleves que no debes meterte en la cama disgustada?
ELENA: Hay tiempo. Yo acabo de levantarme.
(Siguen los dos girando, pero al fin CASS la alcanza por un brazo.)
CASS: (Luchando con ELENA.) Anda, cielo... Volvamos a ser amigos.
(Consigue por fin abrazarla.)
DOROTHY: Ahora me voy más contenta.
CASS: Y yo también me quedo mucho mejor.
DOROTHY: (Enfila a la puerta.) Tengo que volver por aquí a arreglar todo esto. (Asomándose a la terraza.) Y esta pretensión de jardín también es una facha.
ELENA: Pues yo lo encuentro bien bonito.
DOROTHY: ¡No diga, por Dios!... ¿A quién se le ocurre poner hierba en esta ciudad?...
ELENA: (Resuelta.) ¡A mí!... (Amainando.) ...se me hubiera ocurrido.
DOROTHY: Vamos, señora Henderson... No debe usted beber champán poe las mañanas. Mandaré un hombre para que ponga losas, que es lo que le va.
CASS: (Intentando abrazar de nuevo a ELENA.) Claro, nenita; si tú de esto no entiendes. Eres de pueblo.
(ELENA se sacude de él rabiosa.)
DOROTHY: Pero encantadora. ¿Les gustaría cenar esta noche con nosotros?
CASS: (Entusiasmado.) ¡Nos haría felices!
ELENA: (A CASS.) ¿Por qué les vas a hacer cambiar el plan a estos señores?
DOROTHY: ¡No se preocupe! ¡No tenemos ninguno!
ELENA: ¿Y sus entradas para el teatro?
DOROTHY: La señorita Linslay las anula, o va ella con su novio. Eso no es problema. Les vendremos a buscar a las ocho. Podemos ir al Pavillón y luego darnos una vuelta por alguna "boite".
CASS: ¡Estupendo!... Eso es lo que yo llamo pasarlo bien.
DOROTHY: (Hacia la puerta.) Pues decidido. A las ocho estamos aquí.
CASS: Encantados.
(La acompaño.)
DOROTHY: (Empieza a abrir y se vuelve.) Señora Henderson: ¿cómo sabía que teníamos entradas para el teatro?... No recuerdo haber hablado de esto.
ELENA: (Turbada.) Pues... yo lo he oído.
DOROTHY: Pues lo habré dicho. ¡Habla una tanto! Hasta la noche.
(Sale.)
CASS: Hasta la noche, señora Cleves. (Cierra y se vuelve hacia ELENA, que en ese momento da una patada a una papelera.) ¿Cómo sabía lo de las entradas? Ella no dijo nada.
ELENA: ¿A usted que le importa?... Coja su maleta y lárguese de una vez.
CASS: Más dulzura, cariño, que hemos hecho las paces. Recuerde que soy su maridito... (Suena de nuevo el teléfono y los dos se lanzan a él. Lo coge CASS.) ¿Diga?... Sí, aquí es ese número... Espere a ver... (Apartando el teléfono y alzando la voz.) ¿Está por ahí una tal señora Gordon?
(ELENA le arrebata el teléfono malhumorada y él se sienta divertido en el sofá.)
ELENA: ¿Sí?... Claro que puedo explicar, pero no ahor. Ha sido una mañana de bigote... ¿Conoce a la señorita Linslay, la secretaria del señor Cleves?... Pues ella fue la que lo mandó aquí porque suponía que no iba a encontrar hotel. ¡"Alguién" debía de soltarle un par de tacos gordos a ese esperpento!
(Cuelga furiosa. CASS la ha escuchado divertido jugando con la tarta y con la vela.)
CASS: ¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí?
ELENA: ¿Quiere hacer el favor de dejar esa tarta, que es tan mía como este apartamento y marcharse antes de que le dé con algo?
CASS: Me iré en cuanto me llamen.
ELENA: ¿Está seguro de que lo van a llamar?
CASS: Tan seguro como de que a las ocho vienen a buscarnos los Cleves.
ELENA: Ah, ¿piensa usted ir a esa cena?
CASS: Naturalmente. Pero usted puede no hacerlo si no tiene ganas. ¡Cómo está embarazada! (Antes de que ELENA dispare su insulto suena de nuevo el teléfono. CASS sale rápido y lo coge.) Esto es para mí. (Descuelga.) ¿Diga?... Ah, hola Gisella ... ¿Qué tal?... (A ELENA.) Es para usted.
ELENA: (Tomándolo.) ¿Qué hay?... Porque está esperando una llamada de otro pelma... ¿Has hablado con ese robot? Entonces ella te habrá contado todo... Pues sí, ahora estamos solos, pero hemos tenido compañía. ¿No te ha dicho la señorita Linslay que también mandó aquí a la señora Cleves?... ¿Eh?... ¡Oye!... ¡Oye!...
(Golpea con los dedos en la horquilla, suspira y cuelga.)
CASS: Simpática la señora Cleves, ¿verdad?
ELENA: Insoportable. Y tan metijona como usted. (Contemplando el apartamento.) ¡Hablar así del piso!... ¡Es mío!... ¿Por qué tiene que decir que es espantoso y de mal gusto?... ¡Durante años he estado buscando todas estas cosas en los anticuarios y en las subastas!
CASS: (Irónico.) ¡Ah!... ¿Esto es obra de años?
ELENA: (Furiosa.) ¡Sí!... ¡Como el Partenón!... (Larga otra patada a la papelera, pero esta vez se hace un daño espantoso.) ¡Ay!... ¡Huy, huy, huy!...
(Sale a la pata coja hacia un sillón en el que se deja caer.)
CASS: (Solicito.) ¿Se ha hecho daño?
ELENA: (Desapacible pero frotándose.) No es nada.
CASS: Se ha dado en el gordo, seguro. Ese que parece tan fuerte y luego... Claro que usted le ha dado contra el Partenón. (Le mira ella para asesinarle.) ¿Tiene alcohol?... (Niega ELENA sin dejar de frotarse.) ¡Qué pena!... A mí mi madre me aliviaba en estos caso dándome un besito en la herida... ¿Quiere que lo intente?
ELENA: Pues sí... (Se anima, muy dispuesto, CASS.) ... telefonéelea que venga.
(Le rechaza y se alza.)
CASS: No le conviene andar. Venga, verá. Échese aquí. (Sale hacia el sofá y empieza a acomodar los almohadones. Al hacerlo descubre el collar.) ¡Qué barbaridad!... (Alzándolo.) Oiga: ¡esto es una joya!
(ELENA se lo arrebata y lo lanza furiosa hacia la puerta.)
ELENA: ¡Esto es una birria que no vale nada!
CASS: ¿Una birria?
ELENA: ¡Sí!... Que no vale ni para hacer feliz a la más infeliz. (A punto de llorar se sienta en el sofá. CASS la mira intrigado. Se hace un silencio. De pronto.) ¿Es usted casado?
CASS: ¿Quién, yo?...
ELENA: ¿Hay alguién más aquí?
CASS: No, claro... Pues no; no estoy casado.
ELENA: ¿Quiere hacerlo conmigo?
CASS: ¿Con usted?
ELENA: Sí, conmigo. ¿Le gusto?
CASS: ¡Ya lo creo!
ELENA: Pues ya está. ¿Quiere que nos casemos?
CASS: Un momento, un momento... Vamos por partes...
ELENA: No. Por partes, nada. ¿Quiere casarse del todo?
CASS: ¿No, será mucho?
ELENA: ¿Por qué? ¿Está comprometido?
CASS: No.
ELENA: ¿Tiene novia?
CASS: Tampoco. Ahora estoy libre.
ELENA: Pues entonces, ¿Qué piensa?
CASS: ¿Cómo qué que pienso?... ¿Es que un hombre formal puede decir "sí" a la primera proposición?
ELENA: (Irónica.) ¿Tiene que consultarlo con la almohada?
CASS: No, no... la almohada seguro que dice que sí.
ELENA: ¿Pues que otra cosa puede hacerle dudar?... Soy muy buena ama de casa, sé guisar, lavar y planchar... conduzco muy bien y estoy sanísima. (Se arrodilla sobre el sofá y abre la boca mostrándosela a CASS.) Míreme la boca... (CASS lo hace atento.) ...ahí se ve la salud; ni un diente pocho, ni una muela picada...
CASS: Oiga, pues esta de la izquierda...
(Señala.)
ELENA: ¡Está commo nunca!... Escuche: y sé coser y hacerme mis vestidos... ¡y soy maestra!
CASS: ¿De escuela?
ELENA: De escuela, sí, señor. ¡Me adoraban los niños!... Y yo a ellos. Si usted tiene algún niño le aseguro que me adorará.
CASS: Pues no... Que yo sepa, no tengo ninguno.
ELENA: ¡Ah!... Pues conmigo los tendrá!... ¡Y muchos!
CASS: Eche el freno, que salen carísimos.
ELENA: ¿Y qué importa?... Yo también sé trabajar y ganar dinero. (Sale hacia una librería.) He publicado libros para niños. Mire el último. (Toma uno que entrega a CASS.) El año pasado aún saqué seis mil dólares de derechos.
CASS: (Leyendo absorto.) "Esmeralda y el conejo Pinky", texto y dibujos de Elena Gordon. (La mira con asombro.) ¡Es usted una caja de sorpresas!
ELENA: Pues sí, señor. Conmigo no se aburrirá nunca. ¿Qué?... ¿Se decide?
CASS: ¿Puedo pensarlo un poco?
ELENA: No. No tengo tiempo. Acabo de cumplir ya veinticinco años. Esto no se lo hubiera confesado yo ni a mi madre, pero usted tendrá que ver mis papeles.
CASS: Eso es lo de menos; no representa usted ni veinticuatro, pero reconozca que, ¿Qué sabemos el uno del otro?
ELENA: Yo a usted le acepto sin informes. Y los míos se los doy en dos minutos. Todas mis amistades dicen que tengo un carácter tranquilo y dulce. Soy afectiva y muy constante. En toda mi vida sólo he tenido dos novios: Julio... y éste. Ya sabe todo. ¿Qué le parezco?
CASS: Un mirlo blanco.
ELENA: Pues entonces no perdamos tiempo y vamos a la Tenencia de Alcaldía. Cuando vengan a buscarnos los Cleves, seremos el matrimonio Henderson de verdad... ¡Menuda sorpresa se van a llevar!
CASS: Ella, ninguna.
ELENA: ¡Pero, él!... ¡Cuando vea que nos ha invitado a la cena de bodas!... (Nota que CASS la mira atentamente y recoge velas.) Oiga; que éste no es ese, ¿eh?
CASS: No, ¿verdad?
ELENA: Por supuesto. Yo ni conozco al señor Cleves.
CASS: ¿Usted quiere que yo me trague eso antes de ir a la Tenencia de Alcaldía?
ELENA: (Dejándose caer en un sillón.) Tiene razón. No se lo trague. El señor Cleves es... ¡era! mi novio. Antes que usted...
CASS: ... y después que Julio.
ELENA: Me quiere. Siempre dice que yo sería una esposa ideal... Pero está casado, tiene hijos... en fin: mala suerte. Y es pena, porque es encantador.
CASS: Sí, ¿eh?
ELENA: Sí, encantador, el "Times" dice de él que tiene la sagacidad del águila... ¡Sabe penetrar!... A mí me cautivó con globos.
CASS: ¿Con globos cautivos?
ELENA: No; con globos corrientes, de colores... Durante más de un año yo no quería ver nada con él porque estaba casado. Tuve una hepatitis y vino a verme al sanatorio todos los días... Me leía libros, hablábamos de todo y yo dije una vez que me encantaría tener una habitación llena de globos, ¡de muchos globos de todos los colores!... ¿Y sabe qué pasó?... Que el día que me dieron de alta, él me fue a buscar y cuando entré aquí toda la casa estaba llena de globos... ¡Pero llena desde el suelo hasta el techo! ¡Cientos de globos!...
CASS: Y usted se emocionó.
ELENA: Sí; confieso que me faltó aire.
CASS: Sí, claro. Lo tenían los globos.
ELENA: Soy afectiva y los detalles me conmueven.
CASS: Lo comprendo. Y ¿está todavía enamorada?
ELENA: (Reaccionando de su evasión romántica.) No, no. Todo eso ya es historia. Desde ahora dedicaré mi vida a hacerle feliz a usted. A ti. Y no debes tener celos ni malos pensamientos. Recordaré siempre al señor Cleves con cariño, pero nada más.
CASS: Sí, claro: lo pasado, pasado.
ELENA: Así será. Llegrarás a quererme, ya lo verás. Y yo estaré tan feliz por no estar siempre sola...
CASS: ¿Sabes, Elena, que me estás gustando de verdad?
ELENA: ¿Por fuera o por dentro?
CASS: En todo el territorio.
ELENA: Así tiene que ser. Se va a quedar todo el mundo patidifuso. La primera mi madre.
CASS: ¿Vive aquí?
ELENA: No. Vive en Waterbury. Esta casa será sólo para ti y para mí. ¡Y la vamos a llenar de niños!... ¡De muchos niños!... ¡Y ahora mismo!... ¡Anda Cass!
CASS: ¿Cómo ahora?... Bueno, pero... de uno en uno.
ELENA: ¿Quieres ver cómo era yo de niña? (Se levanta.) Sí. Así te das idea del tipo de fabricación. Tengo un álbum lleno de fotos.
(Se ha encaminado hacia el armario al que ahora llega y abre. Al hacerlo comienzan a salir globos multicolores. ELENA queda paralizada.)
CASS: ¿Pero guardas los globos en los armarios?
ELENA: (Maravillada.) ¡No!... ¡Ha sido él!... ¡Por mi cumpleaños!... ¡Me quiere!... (Remueve el armario, del que salen más globos.) ¡Dios santo!... ¡Se ha levantado a medianoche y los ha inflado uno por uno!... ¿No es maravilloso?
CASS: (Sombrío.) ¿El qué?... ¿Tener tanto aire?
ELENA: (Enervada.) ¿Y yo que he tirado su collar?... (Sale hacia él y lo recoge con unción.) ¿Cómo he podido hacer yo eso?
CASS: (Repitiendo el gesto.) Lo hiciste así.
ELENA: (Mirándolo indignada.) ¿Qué está usted haciendo aquí? ¿A qué espera para marcharse?
CASS: A que me llame mi amigo.
ELENA: Su amigo, una de dos: o se ha muerto, o no existe.
CASS: No, no... vive. Pero no existe.
ELENA: ¿Ha sido capaz de engañarme?
CASS: Pues sí... pero por un motivo importante.
ELENA: ¿Con que es usted falso, eh?
CASS: Pues déjame explicarte.
ELENA: (Sentándose decepcionada.) ¡Dios mío!... ¡Y pensar que si no llega a ser por esos globos usted sería ahora el padre de mis hijos!
CASS: No tanto... Sólo del mayorcito.
ELENA: ¡Pobre hijo mío!... ¡Un padre así!
CASS: Escúchame. Yo tengo con mi hermano una fábrica de maquinaria. Hace seis meses, Cleves nos la compró.
ELENA: ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
CASS: ¡Es que nos engañó!... Nosotros fabricamos cajones corredizos.
ELENA: ¿Para qué?
CASS: Para venderlos, ¿para qué va a ser? Él nos compró la fábrica y la cerró para que pueda figurar como pérdida en sus balances.
ELENA: Puede hacerlo. ¿No la compró?
CASS: Sí. Pero no para cerrarla. Mi hermano y yo hemos puesto en esa fábrica todo nuestro trabajo de muchos años. Queremos que siga funcionando aunque sea por cuenta del señor Cleves. Le hemos escrito, le hemos llamado mil veces y nada. Por eso he venido yo; para conseguir verle... y ahora que tengo la oportunidad...
ELENA: (Ganada.) No entiendo nada de negocios, pero haré lo que pueda por usted. No voy a ir a esa cena, como comprenderá, pero me iré a esa hora al cine y usted recibirá aquí al señor Cleves.
CASS: Gracias, Elena.
ELENA: Y como este piso va a ser suyo por ese tiempo, adecéntelo un poco para cuando vengan.
(Sale hacia el teléfono.)
CASS: Naturalmente. ¡Ahora va usted a ver cómo lo dejo!
(Recoge la botella de champán, los vasos y la cafetera y sale con ellos por la puerta de la cocina, mientras ELENA ha marcado un número. Camina con el teléfono hasta es sofá, en el que se recuesta indolente y feliz.)
ELENA: Amor... Sé que hago mal en llamarte, pero estoy tan feliz que no he podido contenerme... Los globos son un cielo, cariño... Y tú el hombre más maravilloso del mundo... Sí; ha sido un día muy complicado, ¡pero te quiero!... ¿Eh?... Sí, aún; pero está fregando en la cocina... ¿cómo?... Háblame más despacio, amor. Pareces excitado... Sí; te oigo... (Transfigurándose.) ¿Cómo? ¿Que tengo que salir del piso antes del lunes?... ¿Te has vuelto loco?... (De una patada al globo que tiene más cerca.) ¿Cómo me puedes pedir eso?... ¡Este es mi hogar!... Tú sabes bien lo que significan todas estas cosas para mí... ¡Pues si tu mujer quiere decorar esto "como es debido", compra otro apartamento para ella y pon éste en tus pérdidas! (Va a colgar, pero habla de nuevo.) ¡Y a mí!...
(Cuelga de un porrazo y empieza a patadas con los globos.)
CASS: (Entrando con una escoba y un cogedor.) ¿Un poquito de fútbol?... (Soltando la escoba y el cogedor.) ¿A que no me metes un gol?
ELENA: (Saliendo rabiosa hacia el dormitorio.) El partido va a ser esta noche en el Pavillón contra el Cleves "efece".
(Abre furiosa y se introduce.)
CASS: Ah, ¿pero vamos a ir?
ELENA: (Reapareciendo muy dulce.) Claro que sí, cariño.
(Desaparece sueve... y cierra de un portazo que hace temblar la casa.)
TELÓN RÁPIDO
CUADRO II
El mismo lugar de acción a las siete y media de la tarde del mismo día. Los globos han sido recogidos y se aprecia un mayor orden en todo. Sobre la mesa hay varias latas de cervezas.
(CASS está en la terraza, en mangas de camisa, cortando hierba. A poco entra ELENA, urgente, con albornoz y gorro de baño. Va a la mesa, recoge todas las lastas menos una y se enfila con ellas hacia la cocina.)
ELENA: Ya estoy lista. Tienes el baño libre.
(Sale. CASS para la máquina y viene con ella para guardarla en su sitio.)
CASS: Hace calor de verdad, ¿eh? (Va hacia la mesa y se sirve cerveza de la lata. Reaparece ELENA, urgente y enervada, con un mantel que empieza a colocar sobre la mesa. Ayudándola.) ¿No me has dicho que ya estaba lista?
ELENA: Y lo estoy. Nada más vestirme.
CASS: Lo que estás es nerviosa.
ELENA: ¿Se me nota?
CASS: Un poco. Te bailan las manos.
(Bebe.)
ELENA: ¡Si sólo fueran las manos!... Tú, en cambio, estás demasiado tranquilo. Arréglate, por favor, que deben estar al llegar.
CASS: Aún falta un poco y yo estoy listo en un segundo.
(Hace mutis por el dormitorio.)
ELENA: Que me bailan las manos... ¡cómo no me van a bailar, si todos los glóbulos rojos se me han vuelto negros.
(Coge la lata y el vaso y se los lleva a la cocina. La puerta de la calle se abre y entra JOHN enervado.)
JOHN: (Cerrando de golpe.) ¡Elena!
(Sale ELENA de la cocina.)
ELENA: ¡Señor Cleves!... ¿Cómo viene usted solo?
JOHN: No andes con bromas, Elena. Me he quedado de piedra cuando Dorothy me ha dicho que íbamos a cenar juntos. Me figuro que tendrás el suficiente sentido para no ir.
ELENA: Iré a la cena. De donde no me voy ni a tiros es de este piso.
JOHN: Cariño, pero si eso es una bobada sin importancia. Te vas unos días a un buen hotel, como si fueras de vacaciones, y en cuanto ella termine con esto te vuelves y santas pascuas.
ELENA: ¡Eso!... Cuando ella termine con esto, ¡con lo mío! Cuando no deje aquí ni la hierba... Porque sabrás que quiere arrasar todo eso. ¡Como Atila!
JOHN: Pero, ¿y qué?... Dos hombres la quitan y otros dos la vuelven a poner cuando tú quieras.
ELENA: ¡He dicho que no!
(Hace mutis por el dormitorio.)
JOHN: ¡Pues ni que esos tres palmos de hierba fueran todo en la vida¡... ¡Me parece que hay cosas bastante más importantes!
(Reaparece ELENA, sin gorro, y con un par de zapatos que se irá poniendo mientras habla.)
ELENA: ¡Ya lo creo!... Tu tranquilidad, ¿verdad? ¡Pues para mí es más importante la más pequeña de esas hierbas que he sembrado yo!... ¡Y ese sillón!... ¡Y este cuadro pintado por mí!... Tú no lo entiendes, claro.
(Vuelve a meterse en el dormitorio y cierra de un portazo.)
JOHN: (Hablando a través de la puerta.) La que no lo entiende eres tú, cariño... Nadie trata de desvalijarte. Yo te mando unos de nuestros camiones y unos hombres que cogerán todo con mucho cuidado y se lo llevarán bien enbalado a unos de nuestros almacenes. En cuanto a Dorothy haya terminado se reforma, mandaré otros hombres con otro camión que se llevarán aquello y volverán a traer esto. ¿Qué dificultad tiene la cosa? (Se da cuenta de la dificultad y se horroriza.) ¡Qué barbaridad!... (Sale hacia una butaca en la que se sienta.) ¡Esta mudanza tenía que hacerla a lomos la burra de mi secretaria!
(Vuelve a entrar ELENA, ya con su vestido. Trae el collar en la mano y viene luchando con su cremallera.)
ELENA: ¿Te parece a ti muy sencillo eso de que aquí vengan camiones y hombres como si esto fuera Guadalcanal?... ¡Pues si que tenéis unos camiones como para pasar desapercibidos!... ¡De diez toneladas y pintados de rojo!
JOHN: (Alarmado.) ¿Quieres decirme para qué te has puesto ese vestido?
ELENA: Para no ir al Pavillón en albornoz.
JOHN: (Levantándose.) Elena, me molestan las bromas pesada.
ELENA: No es ninguna broma. Algo tengo que hacer para reanimarme. Voy a quedarme sin casa y sin hogar el día de mi cumpleaños.
JOHN: ¡No vas a quedarte sin nada!... Va a ser todo una pura pameme.
(Del dormitorio sale CASS cubierto con una gran toalla de baño y se encamina a su maleta.)
CASS: ¡Ah, perdón!... Con permiso... Voy a sacar una camisa.
(JOHN le mira asombrado.)
ELENA: Creo que ustedes no se conocen...
(Presentando.) Cass Henderson... John Cleves.CASS: (Desde su maleta.) Encantado... mucho gusto.
ELENA: Vamos, Cass, date prisa... y mira a ver si puedes cerrarme esta cremallera.
CASS: (Dejando la camisa sobre el mueble.) Sí, claro, trae... Yo estoy en dos minutos.
JOHN: (Aún absorto.) Pero ¿qué hace aquí este indivíduo?
ELENA: Subir la cremallera a su mujer.
JOHN: ¿Pasó aquí toda la tarde?
ELENA: Toda.
JOHN: (Iracundo.) ¿Y... así?
ELENA: Con algo más de ropa.
CASS: No sabía que estaba , señor Cleves, pero me alegro de encontrarle. Le he escrito seis cartas.
JOHN: No sé de que me habla.
CASS: Sí lo sabe. Tengo aquí los acuses de recibo.
(Instintivamente lleva su mano al inexistente bolsillo de la chaqueta.)
ELENA: Cass, por favor... Luego habláis de eso.
(Le toma por el brazo y le conduce hacía el dormitorio.)
JOHN: (Señalando la de la calle.) ¡Llévatela por esa otra puerta!
ELENA: Tiene que vestirse, ¿no?
(Empuja a CASS.)
CASS: ¡Seguiremos hablando, señor Cleves!
(Entra y ELENA cierra.)
JOHN: ¿De modo que te has pasado todo el día mano a mano con ese tipo?
ELENA: De mano a mano, nada.
JOHN: ¿Pero qué hace aquí ese nudista?
ELENA: Es mi marido y me está protegiendo de tu mujer. (Toma asiento y cambia el tono con afectación mundana.) ¿Dónde está Dorothy?
JOHN: (Enervado.) Debe estar ya al caer. (Va hacia ELENA y se sienta conciliador.) Escúchame: sé que estás enfadada, y que quizá no te falten motivos, pero piensa que de esta situación no puede salir nada bueno para nosotros.
ELENA: ¿Y soy yo quien la ha provocado?
JOHN: No, pero quieres complicarla. Hazme caso, cariño, y te prometo que todo volverá a ser como antes.
ELENA: Es inútil, John. Todo esto son crujidos de derrumbamiento.
JOHN: ¡Qué no, amor!
ELENA: Que sí, cielo.
(Entra CASS con pantalones, pero sin camisa y sin zapatos. Trae en la mano los "acuse de recibo".)
CASS: Aquí están los justificantes de que ha recibido mis seis cartas. ¿Conoce esta firma?
JOHN: (Exasperado.) ¡Pero otra vez este pelmazo!
CASS: ¿Pelmazo yo?... Y usted que no contesta, ¿qué?...
(Toma la camisa que dejó en el mueble y empieza a desdoblarla.)
ELENA: (A JOHN, muy fina.) ¿Me perdonas?...
(Se encamina al dormitorio y hace mutil.)
JOHN: Bueno, pues ya que está usted aquí, le diré que esta tarde he estado viendo su "dossier" y no hay razón ninguna para que le atienda. Esa fábrica tiene que cerrarse.
CASS: ¡Claro!... Para poder justificar pérdidas en sus libros.
JOHN: Mire, Henderson: cuando yo compro un negocio, y los compro por docenas, someto todos sus datos a la consulta del 607.
CASS: ¿Del seiscientos... qué?
JOHN: Del 607. Un cerebro electrónico que en dos o tres minutos analiza los datos y da una respuesta. La que ha dado para la fábrica de ustedes ha sido "uno coma dos".
CASS: ¿Uno, coma dos?... ¿qué quiere decir?
JOHN: Un "no" rotundo.
(Sale del dormitorio ELENA con un gran sombrero y cruza por entre los dos hombres, camino del espejo.)
ELENA: Perdón...
CASS: (Sin hacer caso a ELENA.) ¿De modo que "uno, coma dos" quiere decir un no rotundo?... ¡Pues yo digo entonces también "uno coma dos".
JOHN: ¡Como si dice misa!... Usted no es el 607.
CASS: No, claro; soy el "dos"... Mi hermano y yo.
ELENA: (Con el sombrero puesto cruza de nuevo hacia el dormitorio.) En principio no parece muy justo eso de que uno se coma dos.
(Mutis.)
JOHN: No sabes de qué hablamos, ¿por qué te metes?
CASS: ¡Ha dicho la verdad!... ¡Qué uno se come a dos!
JOHN: ¡Yo no me como a nadie, y si me como pago! Ustedes vendieron, ¿no?
CASS: Sí, pero no para cerrar, sino para seguir fabricando por administración.
(Reaparece ELENA con los zapatos de CASS, se los entrega y vuelve a desaparecer por el dormitorio, mientras los dos hombres siguen discutiendo.)
JOHN: Eso no se escribió en ninguna parte.
CASS: (Poniéndose la camisa.) ¡Pero se habló, y los que usted envió lo saben bien!... ¿Le han dado ustedes al 607 el dato de que mi hermano Jorge tiene cuatro hijas que alimentar y una suegra que siempre está enferma?
JOHN: ¡El 607 no es la Cáritas Diocesana!
CASS: ¿No, verdad?... ¡Pues entonces yo le puedo partir la cara al 607!
(Reaparece ELENA poniéndose unos largos guantes, con tranquilidad, y se sitúa entre los dos.)
JOHN: ¡Contrólese, Henderson!...
No es éste el sitio ni el momento apropiado de tratar ese asunto.CASS: (Continúa vistiéndose.) Es mi única ocasión de hablarle.
ELENA: (En esposa.) Tienes que darte cuenta, John, que para nosotros...
JOHN: (Enervado.) ¡Tú hazme el favor de estarte calladita!
(La conduce hasta una silla en la que la obliga a sentarse.)
CASS: (Remetiéndole la camisa.) ¡Eso!... ¡Llévela también al 607!
JOHN: (Seco.) Henderson; si no tiene usted el propósito de que lo de su fábrica se descacharre definitivamente, haga el favor de marcharse ahora mismo.
(Abre la puerta y en el umbral aparece DOROTHY en actitud de ir a llamaar.)
DOROTHY: (Risueña.) ¡Ah, mira!... Has llegado tú antes. (Se introduce. JOHN cierra la puerta, rígido y sombrío.) Entonces ya se conocen.
ELENA: Sí; nom hemos presentado.
DOROTHY: (A JOHN.)
Entonces ya has visto que son encantadores.JOHN: Sí. Me han caído bárbaro.
DOROTHY: (A ELENA.) Se ha puesto usted muy elegante... (A CASS.) ... y usted espero que también lo estará cuando acabe de vestirse.
CASS: (Azorado.) Sí, claro... discúlpeme... voy a teminar...
(Hace mutis por el dormitorio.)
ELENA: Siéntese, señora Cleves.
DOROTHY: Me he pasado la tarde buscando muestras de empapelar. (Saca un paquete.) ¿Qué te parecen estas John?
(ELENA frunce el ceño.)
JOHN: Hombre, ahora no es el momento de elegir eso.
DOROTHY: Es el indicado, porque podemos ver lo que le va a esto. Opine usted también, señora Henderson.
ELENA: (Con intención.) Yo no tengo buen gusto.
DOROTHY: Yo sí; pero me gusta consultar... (Seleccionando las muestras.) Este es sencillo, pero monísimo... y este otro también le iría bien, ¿no?... Le daría a este cuarto un cierto "je ne sais quoi"... ¿verdad?
ELENA: (Mirando a JOHN agresiva.) Ya lo creo que se lo daría.
DOROTHY: Óyeme, querido: ¿no nos prestarían en el Museo algunos de los cuadros que nosotros les hemos prestado?... El Van Gogh aquí, en lugar de esta bobadita (Señala una cuadro de ELENA.) le daría a esto un empaque fenomenal.
(ELENA, para contener sus nervios, sale hacia la puerta del dormitorio.)
JOHN: El Museo no es un guarda-muebles, Dorothy... Tiene esos cuadros en prestación permanente.
ELENA: (A CASS.) ¡Encanto!
JOHN: (Volviéndose instintivamente.) ¿Qué hay?... (Dándose cuenta de la sorpresa de las dos mujeres.) ¡Ah!... ¡qué gracioso!... es un fenómeno de ecos... He creído que hablabas tú.
(Sale CASS, ya vestido del todo.)
CASS: Dime, cariño. Ya estoy elegante.
ELENA: ¿Por qué no ofreces a estos señores una copa?
DOROTHY: Esa es una estupenda idea.
CASS: ¿De qué la quieren?... Tenemos cerveza, whisky, ginebra...
ELENA: ... Champán...
DOROTHY: ¡Champán, champán!... Cuando se empieza con una bebida hay que seguir con ella. Yo, champán.
ELENA: ¿Usted, señor Cleves?
JOHN: Whisky doble y solo.
DOROTHY: No, John; debes tomar champán. Es el cumpleaños de la señora Henderson y hay que brindar por ella... ¡Champán para todos!
CASS: (Saliendo hacia la cocina.) Claro que sí; y además es mucho menos lío.
ELENA: (Siguíendole.) Yo te ayudo a abrirlas.
CASS: (Bromeando.) Eso. Y así yo aprovecho y te doy un besito. ¡Je, je!
(La toma por el talle y hacen mutis los dos.)
JOHN: (Irritado.) ¿Por qué has tenido que decretar lo del champán?... Cuando yo pido un whisky doble y solo es que lo necesito.
DOROTHY: Lo que tú necesitas es tomarte la píldoras que te tengo que dar todos los jueves. (Va a su bolso y comienza a sacarlas.) Está visto que te enervan los viajes.
JOHN: Y encima me preparas festejos como éste.
DORTOHY: ¿No te caen bien los Henderson?
JOHN: Como un tiro. El es un idiota.
DOROTHY: (Acercándose a la cocina.) Calla, hombre, que te van a oír. (Alzando la voz.) ¿Me pueden dar un vasito con agua?
CASS: (Dentro.) Sí, ya lo creo.
DOROTHY: Gracias. (A JOHN.) No digas, hijo, que son bien amables.
(Sale CASS con el vaso.)
CASS: Aquí tiene el agua.
DOROTHY: Voy a dar estas píldoras a mi marido.
CASS: Ah, vamos... ¿para la bilis?
(JOHN vuelve a él la cabeza con rabia.)
DOROTHY: No; para el "sur-menage".
CASS: (A JOHN, bromenando.)
Es usted estupendo; ¡Tiene de todo!
(Se introduce de nuevo en la cocina. DOROTHY va con el vaso y las píldoras hacia JOHN.)
DOROTHY: Toma.
JOHN: No quiero tomar nada.
DOROTHY: Vamos, John... Son de Benzedríu, que te sientan muy bien.
JOHN: Lo que me sentaría bien es estar cenando tranquilamente en casa.
DOROTHY: No te entiendo. Te pasas la vida diciéndome que hay que ser amable con los clientes y ahora que colaboro...
JOHN: Este no es un cliente. Quiere deshacer un trato.
DOROTHY: De cualquier modo no te conviene nada estar grosero. Son nuestros invitados.
JOHN: (Enervado.) Sí, claro. Bueno, ¿y por qué están tanto rato en la cocina?
DOROTHY: (Con picardía.) Estarán haciendo algo... digo yo.
JOHN: ¡Pues sí están haciendo algo es una grosería!
DOROTHY: (Acercándose a JOHN.) ¿Ya no te acuerdas de cuando nosotros abríamos nuestro champán?
(Le echa los brazos por el cuello.)
JOHN: Tardábamos bastante menos.
(Sale CASS de la cocina con los vasos y la botella de champán en una bandeja.)
CASS: (Bromista.) A ustedes tampoco les gusta perder el tiempo, ¿eh?
DOROTHY: (Soltándose.) Somos un matrimonio bien avenido.
CASS: Como debe ser.
(Pone la bandeja sobre la mesa. Sale ELENA con unos platitos.)
ELENA: Traigo también cositas de esas para picar.
DOROTHY: (Cayendo de pronto en la cuenta de algo.) ¡Pero bueno!... ¿Seré tonta?
(Sale en busca de su bolso.)
CASS: (Mientras sirve.) Seguro que no.
DOROTHY: Sí que lo soy... ¿Cómo me he olvidado?... (Saca del bolso un paquetito y sale con él hacia ELENA.) Le he comprado esto por su cumpleaños. (Dándoselo.) Muchas felicidades.
(La besa.)
ELENA: (Turbada.) Bueno... Usted no tenía por qué...
DOROTHY: Un simple recuerdo. Si no le gusta puede cambiarlo, porque en esta joyería con muy amables.
ELENA: (Abriéndolo.) Seguro que me gustará. ¿Qué es?
DOROTHY: Una cajita paara llevar píldoras.
JOHN: ¿Por qué quieres que todo el mundo lleve píldoras?
DOROTHY: Cállate, que el regalo también es en tu nombre.
ELENA: (Sacando la cajita.)¡Es preciosa!...
DOROTHY: ¿De verdad le gusta?
ELENA: (Sincera.) Mucho. Nunca tuve una cajita para píldoras.
DOROTHY: (A JOHN.)
¿Ves cómo he acertado?CASS: (Repartiendo copas.) Diga usted que sí. ¿A quién no le gusta tener una cajita para píldoras?
DOROTHY: Y ahora brindemos por la señora Henderson. ¡John!
JOHN: Muchas felicidades.
DORTOHY y CASS: ¡Felicidades!
(Beben todos menos ELENA, que apenas lo prueba.)
DOROTHY: Bueno; pues ahora, al "Pavillón".
ELENA: ¿Les importaría si no les acompaño a cenar?
DOROTHY: ¿Qué le pasa?... ¿No se encuentra bien?
ELENA: No... no sé... pero creo que sería mejor que me quedase.
CASS: (Yendo a su lado.) ¿Te pasa algo, cariño?
ELENA: No es nada, pero...
DOROTHY: ¡Vamos, mujer!... Y tanto que no es nada. Hay que ser valiente. (A CASS.) No la deje usted que se amilane. (Enlazándolos.) ¡Ale!... Tómela del brazo y al "Pavillón".
(Les hace andar hacia la puerta y abre ella misma.)
CASS: Claro que sí. Anímate, cariño.
(Salen los dos.)
JOHN: ¿Pero por qué la obligas si no se encuentra bien?
DOROTHY: (Recogiendo su bolso.) Se encuentra divinamente. Dentro de cinco minutos se le ha pasado eso.
JOHN: ¿Pero qué sabes tú? ¿Eres médico?
DOROTHY: No. Pero también he estado embarazada. (Sale muy decidida hacia la puerta. JOHN se queda petrificado. Volviéndose hacia él urgiéndole.) ¡Vamos!
JOHN: Un momento... (Buscando algo, enervado.) ¿Dónde dejaste esas píldoras?
DOROTHY: (Impaciente.) ¡Ahí!
(JOHN las encuentra y las traga casi con hambre. Toma el vaso y comienza a beber, mientras DOROTHY, cruzada de brazos, golpea el suelo con la punta del pie.)
TELÓN
ACTO SEGUNDO
CUADRO I
El mismo decorado. Han transcurrido dos horas. La escena está vacía y sin más luz que la luna que penetra por los ventanales de la terraza.
(Se oye hablar en la escalera y poco después se abre la puerta. La luz del rellano recorta en silueta a los que llegan. CASS retira la llave y enciende la luz. Tras él entran ELENA y DOROTHY. Retrasado y remolón, entra JOHN, por último.)
DOROTHY: Este marido mío es un "aguafiestas". Toda la cena se la ha pasado discutiendo con el suyo y luego no ha querido llevarnos a bailar. ¡Con lo que a mí me gusta bailar de cuando en cuando!... ¿A ustedes no?
CASS: ¡Nos chifla!... Pero por nosotros no se lamente, señora Cleves, porque nos hemos pasado bailando aquí toda la tarde. (A JOHN, que le mira con odio.) ¡No sabe usted cómo baila Elena!
(Le da una palmada en el hombro.)
JOHN: (Áspero.) Tampoco usted debe ser mal danzante.
CASS: Ni bueno ni malo. Bailo al son que me tocan.
JOHN: Yo soy más exigente: elijo el son. (A su mujer.) Bueno, Dorothy; si vas a tomar las medidas de eso que querías, hazlo pronto, porque ya es hora de dejar a estos señores.
DOROTHY: Quería calcular cuántas losas necesitaré para esa terraza. (A CASS.) ¿Qué tal se le da a usted la aritmética?
(ELENA se encrespa.)
CASS: ¡Hombre!... No soy, precisamente, el 607, pero creo que puedo ayudarla.
DOROTHY: Seguramente. Tiene usted cara de entender de todo.
(Sale hacia la terraza seguida de CASS.)
CASS: Menos de negocios. (Irónico.) Me engaña cualquiera.
(Se introducen los dos en la terraza (cuya puerta se cierra sola por medio de un muelle) y encienden aquella luz. A través del ventanal les vemos comenzar el cálculo. ELENA y JOHN, cada uno desde su sitio, les han seguido con la vista, los dos enrabietados, aunque por distinto motivo.)
JOHN: Ese paleto va a conseguir que le dé una torta.
ELENA: Pue tu mujer va a conseguir que te la dé yo a ti. ¡Entra ahora mismo y quítale eso de la cabeza, losa por losa!
JOHN: Pero si no va a hacer más que medir.
ELENA: ¡Quiere arrasarlo!
JOHN: Vamos, Elena; compadécete un poco de mí, que llevo un día de aúpa.
ELENA: ¡Y yo el día y la noche!... ¡Si resulta que os lleváis divinamente!...
JOHN: Tampoco tú te llevas nada mal con ese imbécil. ¡Y a los dos minutos de conocerle!
ELENA: (Triste.) Claro... si llevase los años que tú llevas con ella...
JOHN: Seamos sensatos, Elena. No debemos dejarnos influir por lo que nos ha pasado hoy. Esto ha sido como una tromba de agua que descarga de pronto y vuelte a salir el sol de siempre.
ELENA: Sí, muy bonito; pero a mí me ha calado hasta los huesos.
JOHN: (Cariñoso.) Vamos, Elena... Ya verás cómo dentro de diez días...
ELENA: (Solemne.) Dentro de diez días tú y yo empezaremos a ser un recuerdo.
JOHN: ¿Qué está diciendo?
ELENA: Que voy a dejarte, John.
JOHN: No es la primera vez que lo intentas.
ELENA: Pero ahora es muy diferente.
JOHN: ¿Por qué?
ELENA: Porque la he conocido; porque existe y estoy avergonzada.
JOHN: Yo no te oculté nunca que existía.
ELENA: Sí, John... Pero las cosas no existen de verdad hasta que se conocen. Para mí, todavía no existe Venecia... Y no existía Dorothy; pero ahora sí existe, y resulta que es simpática. Cuando me dio la caja para píldoras, te aseguro que hubiera querido morirme.
JOHN: ¡Hala!... ¡Ni que te hubiese dado una caja de muerto!
ELENA: Pues sí; me emocionó mucho que se acordase de mi cumpleaños... Mi madre ni me ha llamado... ¡Soy muy poco para todo el mundo, John...! ¡Y no quiero malgastar más mi vida ni hacer daño a nadie!... Me buscaré un marido y tendré muchos hijos.
JONH: ¡Vamos, Elena!
ELENA: ¡Sí!... ¡Muchos!... Y viviré con ellos en el campo y los tendré todos pegados a mí y al pequeño en brazos... Y el día de mi cumpleaños haré una tarta grande y la llenaré de velas. (Habla cada vez con más emoción y ahora está con las lágrimas ya en los ojos. JOHN va a tomarla por los hombros consolador, pero aparece en ese momento en el ventanal CASS y DOROTHY haciendo mediciones, y se contiene. Sale hacia la librería disimulando y coge un libro.) Tú has dicho alguna vez que uno de nosotros debía tener fuerza para terminar...
JOHN: Pero sin sentido y sin desearlo. Esas cosas se dicen para probar al otro.
ELENA: Pues yo ahora te lo digo sintiéndolo... y mucho... Hemos terminado para siempre, John.
JOHN: Cariño, no es el momento de tratar cosas tan importantes. (CASS golpea el cristal y bromea con un saludo al que se suma DOROTHY.) ¡Hola!... (A ELENA.) Están ahí esos dos.
ELENA: Eso es precisamente lo que me da fuerza: que esté ella ahí.
JOHN: Pero se va a ir dentro de diez minutos. ¿No comprendes que...?
ELENA: (Resuelta.) ¡El que no comprende nada eres tú, John!... ¡Estoy harta!... ¿Cómo no comprendes que pueda estar harta, alguna vez, de no ser nada para nadie?
(Recoge bruscamente la bandeja y las copas dispersas.)
JOHN: Tú sabes bien lo que eres para mí.
ELENA: (Sale con la bandeja hacia la cocina.) Sí que lo sé. Y por eso te digo, John, que hemos terminado. Y para siempre. (Mutis. JOHN da, instintivamente, un paso para seguirla, pero mira hacia la terraza y se contiene. Vuelve con el libro a la librería y lo empotra de un porrazo. CASS y DOROTHY vuelven a desaparecer del campo visual. En la puerta de la cocina reaparece ELENA. Se detiene y mira a JOHN apesadumbrada.) ¿De verdad te has quedado sin él?
JOHN: (Volviéndose.) ¿Sin quién?
ELENA: Sin "Sam". Dijiste en la cena que te ibas a quedar sin él.
JOHN: ¡Al cuerno, "Sam"... ¿Crees que estoy ahora como para pensar en un caballo?... ¡Elena!
(Apasionadamente va a salir hacia ella cuando DOROTHY entra en la terraza.)
DOROTHY: Ha llegado el momento de tomar medidas. (Desconcienrto en ELENA y JOHN hasta que DOROTHY va a su bolso y saca de él una pequeña agenda.) Hay que calcular losa por losa. ¿Sabe qué me propone su marido?... Poner en el centro una fuente con surtidor.
ELENA: ¡Muy gracioso!... Dígale que la ponga en su casa.
DOROTHY: (Vuleve hacia la terraza.) ¡Ah, no!... Pues no es ninguna mala idea...
(Sale.)
JOHN: ¿Se te ha pasado, Elena?
ELENA: No, John. Desde hoy, cada uno por nuestro lado.
JOHN: Pero, ¿y qué vas a hacer?... ¿A dónde vas a ir?
ELENA: ¿Yo?... A ningún lado. Sólo hablé de dejarte.
JOHN: ¿Quieres decir que te vas a quedar aquí?
ELENA: Naturalmente. En mi casa: en mi hogar.
JOHN: Pero, ¿y cuando Dorothy venga el lunes con sus camiones?
ELENA: Se los podrá llevar llenos de globos. Eso será lo único que la dejaré llevarse.
JOHN: Tendrás entonces que ponerla al corriente de todo lo nuestro.
ELENA: Será inevitable.
JOHN: ¿Y te parece bien darle un disgusto así a una persona que te ha regalado una cajita de píldoras?
ELENA: Le devolveré la cajita y a ti el collar. (Empieza a quitárselo.) Sólo quiero lo mío: este piso y a mi nombre. Como estaba antes. (Lanza el collar al sofá.) Ahí tienes tu collar.
JOHN: (Recogiéndolo.) No, amor... Este collar es tuyo. Y este piso también.
ELENA: Todavía es propiedad de la Compañía Cleves. Pero yo lo quiero a mi nombre. Se lo compraré con las acciones que tengo de tu Compañía.
JOHN: No sabes lo que dices. Tus acciones no cubren ni la mitad del precio que figura en los libros.
ELENA: O sea, ¿que me pagaste la mitad?
JOHN: Sabes bien que aquello no fue una compra. Las acciones te las regalé porque el piso continúa siendo tuyo.
ELENA: Pues véndemelo por las acciones y así puedes justificar una buena pérdida. Te hago encima un favor.
JOHN: Estás disparatando.
ELENA: ¿Por qué?... Siempre me has dicho que era estupendo tener pérdidas.
JOHN: ¡Pero dándoles una apariencia legal!... Primer inconveniente: ¿de dónde has sacado tú esas acciones?
ELENA: Las he comprado.
JOHN: ¿Con qué dinero?
ELENA: Con el mío.
JOHN: ¿De dónde lo has sacado?
ELENA: De la venta de este apartamento.
JOHN: ¿Lo has vendido y sigues viviendo en él? ¿Por qué?... (ELENA calla. Él se acerca a ella con el collar.) ¿Crees que los del fisco son tontos?... Tirarían de la manta y se armaría el revuelo padre. (La empieza a poner el collar.) Y ya no sería sólo lo del disgusto de Dorothy, sino un descrédito que podía hacerme mucho daño. (ELENA calla.) ¿Ves, amor, cómo no puedes dejarme?
(Entra DOROTHY de la terraza seguida por CASS, que se queda en el marco.)
DOROTHY: ¡John!... (Se vuelve él con algún sobresalto.) ¿Cómo se llama el escultor que hizo el mausoleo de tu padre?
JOHN: Pues... creo que Lippold.
DOROTHY: ¡Exacto!... ¡Lippold!... (A CASS.)
Ese nos hará una fuente preciosa. (A los otros.) Hala, seguir charlando un ratito, que nosotros terminamos enseguida.
(Se introduce con CASS en la terraza.)
ELENA: Más le valdría encargarle otro mausoleo.
JOHN: Eso no es de buen gusto, Elena.
ELENA: ¿Y el que ella quite mi hierba y me ponga una fuente sí lo es?... ¿Por qué no dices de una vez que todo lo de ella te parece mejor y más importante que lo mío?
JOHN: (Vehemente.) Porque mentiría. Yo a quien quiero es a ti, Elena; lo sabes.
ELENA: Los miércoles.
JOHN: ¡Y todos los días!... El primero que protesta de esta situación soy yo, ¿qué crees?... Cuando te dejo aquí sola y llego a casa, no hay vez que no piense plantear la cosa a Dorothy de cara... Pero cuando paso por el cuarto de los niños, y veo a las criaturitas durmiendo tan angelicalmente en sus camitas...
ELENA: ¿Pero tus hijos crecen o se encogen?... Cada vez me los pintas más pequeños.
JOHN: Son niños, Elena... Y tú mejor que nadie sabes lo que representa un niño.
ELENA: Por desgracia, sólo en teoría.
JOHN: ¡Elena!... No puedo permitir que terminemos. Volveré a hablar contigo esta misma noche.
ELENA: No es necesario; y, además, no podrás.
Es jueves.JOHN: Sí podré. Diré a Dorothy que tengo que quedarme en la ciudad para trabajar y volveré. No podemos terminar de una forma tan...
(Se abre la puerta de la terraza y entra DOROTHY seguida de CASS.)
DOROTHY: Listo del todo. Va a quedar esa terraza como para que la retraten en "Jardín y Hogar". Pero me he puesto perdida de polvo.
ELENA: ¿Quiere lavarse las manos?
DOROTHY: Iba a pedírselo.
ELENA: (Saliendo.) Pues venga conmigo. Estará todo un poco desordenado, porque...
DOROTHY: No se preocupe. Sé hacerme cargo.
(Salen las dos. Quedan solos los dos hombres. JOHN desentendido de CASS y sumido en sus preocupaciones. Este ha seguido con la vista a las dos mujeres y ahora la vuelve sonriente hacia JOHN.)
CASS: A su mujer le he caído mejor que a usted.
JOHN: Seguramente; porque a mí no me ha podido usted caer peor.
CASS: Lo siento. Pero crea que aún no he agotado todas mis posibilidades de caerle aún peor.
JOHN: ¿Chantaje?
CASS: Llámelo como quiera. Pero no olviede que he venido para rescatar nuestra fábrica y que puedo hacerle polvo sólo con decir a la señora Cleves muy pocas palabras. Meta esto en el 607.
JOHN: (Alterado.) ¿Conque además de pelma es usted un miserable?
CASS: Le aseguro que hasta hoy no lo he sido, pero estoy dispuesto a debutar. Se trata de mi fábrica.
(Sale DOROTHY frotándose aún las manos.)
DOROTHY: ¿Pero cuándo van a terminar de hablar de negocios?... ¿No les parece que ya han estropeado bastante la noche?
CASS: Tiene razón; pero todavía podemos componerla. ¿Quiere que saque un poco de coñac?
DOROTHY: ¡Estupenda idea!... A ver si así nos animamos todos.
CASS: ¡Pues ahora mismo!...
(Sale rápido a la cocina.)
JOHN: ¿Por qué has aceptado eso?... Yo estoy deseando perder de vista a este pelmazo.
DOROTHY: Por compensar. No se puede estar con la gente tan desagradable como tú estás. Esa pobre chica celebra hoy su cumpleaños, está lejos de su casa y además deber tener algún problema.
JOHN: Pues razón de más para que nos vayamos.
DOROTHY: Pues no, señor. Una mujer puede servir de mucho a otra mujer en trances como estos.
JOHN: ¿Cómo cuales?
DOROTHY: Como los que plantea el matrimonio cuando el amor empieza a serenarse. De eso vosotros no sabéis ni una palabra.
(Sale ELENA con pantalones y terminando de abrocharse la blusa.)
ELENA: Perdonen que me haya pusto así, pero me siento más en mi casa.
DOROTHY: Ha hecho muy bien. Está usted monísima con pantalones. Y además es un prueba de confianza que le agradezco mucho. Eso quiere decir que me considera ya como una amiga, ¿no es así?
ELENA: Sí: así es.
DOROTHY: Pues entonces, de amiga a amiga, me voy a permitir decirle que la noto, desde que la conozco, como triste y preocupada.
ELENA: (Evasiva.) Buen... todos tenemos preocupaciones.
DOROTHY: Pero usted es aún muy joven para tenerlas. ¿Puedo ayudarla?
ELENA: ¿Ayudarme!... (Lleva instintivamente su mirada hacia JOHN.) Pues... ¿qué sé yo?
(JOHN la mira expectante e inquieto.)
DOROTHY: Si no se trata de algo muy íntimo...
ELENA: Es algo bien triste. Me voy a separar del hombre a quien quiero.
(JOHN la mira absorto.)
DOROTHY: Fíjese bien que ha dicho "del hombre a quien quiero". O sea, ¿que le quiere?
ELENA: Sí. Pero eso es lo de menos.
DOROTHY: ¿Cómo va a serlo?... ¡Eso es fundamental, criatura!... Mientras exista el cariño todo tiene arreglo; lo demás suelen ser tonterías, discrepancias inevitables que hay que conllevar.
JOHN: (Enervado.) No me gusta que te inmiscuyas en esto, Dorothy.
DOROTHY: Quiero ser útil al prójimo.
ELENA: Más bien a la prójima
DOROTHY: A la amiga; que suena mejor. ¿Cuánto tiempo llevan casados? (ELENA mira a JOHN y levanta los dedos.) ¿Dos años?... ¡Vamos querida!... Eso es sólo un segundo en una vida. Es ahora cuando están empezando a conocerse.
ELENA: No, no; no me comprende...
DOROTHY: Déjeme terminar. Vivir con cualquier hombre es difícil. El matrimonio no es "...y vivieron felices hasta que la muerte los separó", como dicen las novelas. El matrimonio debe ser una especie de esgrima de comprensión y de sumisiones recíprocas. A mí, por ejemplo, me gustan los colores alegres. John los detesta. Pues yo no los llevo. Sumisión.
ELENA: Yo de eso sé más que nadie.
DOROTHY: Otra cosa: a John le encanta jugar por la noche a esos "juegos de diccionario"...
ELENA: (Mirando a JOHN.) ¿Ah, sí?
DOROTHY: ¡Le encanta!... A mí, cuando nos casamos, me aburrían muchísimo, me adapté y ahora le confieso que la noche que no jugamos lo echo de menos.
(A mitad del párrafo ha entrado CASS con el coñac, copas y almendras en una bandeja.)
CASS: ¿A qué dice que juegan por las noches?
DOROTHY: (Advirtiéndoles.) ¡Ah!... Pues a los juegos esos de adivinar refranes y personajes...
CASS: ¡Ah, sí!... ¡Eso es divertidísimo!... ¿Por qué no organizamos ahora mismo un "refrán-party"?
DOROTHY: Yo estoy dispuesta.
(Consulta a JOHN.)
JOHN: Pues yo no. Es hora de retirarnos, ¿no?
DOROTHY: ¡Uno solo, John!... Aquel tan bueno de las cerillas que juegan en la película de Marienbad. (A CASS.) ¡Pero para eso necesitamos muchas cerillas!
CASS: En la cocina creo que hay; pero no sé si bastantes.
DOROTHY: Eso se ve en seguida.
(Hace mutis por la cocina seguida de CASS.)
ELENA: Vamos a jugar con fuego.
JOHN: Tú has empezado. Te ha faltado bien poco para soltarle todo.
ELENA: Sí... Empezaba a sentirme mejor a medida que me desahogaba... Si tarda un poco más en entrar Cass...
JOHN: (Escalofriado.) ¡Pero, Elena!...
ELENA: Sí. Me da mucha pena lo que estás haciendo... con las dos.
JOHN: ¿Ahora también por ella?... Cariño, tú ocúpate solamente de lo tuyo.
ELENA: No puedo. La estás haciendo daño y parte de la culpa es mía.
JOHN: Diciéndoselo es como sentirá daño. Mientras no lo sepa, no se lo hago. Es una mujer feliz. Y si tú, en vez de entristecerme como lo estás haciendo, sigues haciéndome feliz, yo seguiré siéndolo para ella y ella seguirá tan feliz. Si lo piensas un poco, verás que la estamos favoreciendo.
ELENA: ¿Es posible?
JOHN: ¡Pues claro, cariño!... Si yo no te tuviera a ti lo pagaría con Dorothy.
ELENA: ¡Pues eso tampoco me gusta!... ¿Por qué tengo yo que "favorecerla"?
JOHN: ¿Ves, amor, cómo estás hecha un lío?... Vendré luego y hablamos. Pero tú haz que se largue el tipo ese.
(Sale de nuevo DOROTHY con unas grandes cajas de cerillas y seguida de CASS.)
DOROTHY: Tenemos cerillas para jugar hasta que amanezca. (Se sienta.) Hale. Sentarse.
JOHN: No. No quiero jugar.
DOROTHY: Pero, John, ¡si es tu juego preferido!
JOHN: Pero es muy largo y ya es muy tarde.
DOROTHY: ¡Pues a la "cadeneta"!... Eso es bien corto.
JOHN: ¡Pero si es que hay que irse, Dorothy!
CASS: No le hagas caso que, de verdad, es usted un aguafiestas. (A DOROTHY.) ¿Cómo es eso de la "cadeneta"?
DOROTHY: Pues muy divertido. Uno empieza y dice una palabra; el siguiente tiene que decir, en seguida, otra que empiece con la letra que ha terminado la anterior...
CASS: (Interesado.) ¿... y si no lo dice?
JOHN: (Echándole.) ¡Se larga!
DOROTHY: (Suavizando.) Queda eliminado.
CASS: (Mirando a JOHN.) Eso he entendido. (Animado.) Bueno, pues colosal. ¿Empiezo yo?
JOHN: (Seco.) Empiezo yo. "Montaña".
DOROTHY: "Amanecer".
ELENA: "Rabia".
CASS: "Abdomen".
JOHN: "Naturalidad".
DOROTHY: "Amor".
JOHN: Eliminada. "Naturalidad" termina con la "de" y has empezado con la "a".
DOROTHY: ¡Pues "Dorothy".
JOHN: No valen nombres propios. Estás fuera. Empiezo yo.
CASS: ¿Siempre empieza usted?
JOHN: (Sin hacerle caso y señalando a ELENA.) "Sí".
ELENA: ¿Sí?... "Infeliz".
CASS: ¡Muy bien cariño!...
¡"Zurriago"!JOHN: "Ordinario".
ELENA: "Hogar".
JOHN: "Hogar es con hache". Eliminada.
(A CASS.) Quedamos usted y yo. Empiezo yo.CASS: (Protestando.) Oiga, que alguna vez...
JOHN: "Majadero".
CASS: "Opresor".
JOHN: "Ridículo".
CASS: "Orangután".
JOHN: "¡Nena!"
CASS: (Cargado.) "¡Abofetear!"
JOHN: "¡Riñones!"
CASS: (Poniéndose en pie.) "¡Sobran!"
(Se alza DOROTHY y corta la creciente tensión.)
DOROTHY: ¡Basta!... ¡Basta!... Este juego jugado así no es divertido.
JOHN: No, claro; es que esto hay que jugarlo solamente con quien tengas correa.
CASS: (Engallado.) Si usted llama "tener correa" a tener la piel como las marsopas o a dejarse pisotear como las lombrices, sepa que conmigo, en efecto, no se puede jugar.
JOHN: No me gusta nada que me riñan, ¿sabe?
CASS: (Acalorado.) Me lo imagino. Está usted más acostumbrado a tratar a todo el mundo como a estas dos infelices.
(Apenas lo ha dicho se arrepiente. Se hace un breve silencio. JOHN le mira duro. ELENA se angustia. DOROTHY la mira con sorpresa ingenua.)
DOROTHY: ¿También a usted?
(ELENA va a improvisar una respuesta, pero se le anticipa CASS en auxilio.)
CASS: ¡Sí!... ¡La ha eliminado por una "hache" muy discutible.
DOROTHY: Está bien; pues cambiemos de juego. ¿Conocen este? (Bate sus muslos dos veces con las manos, que luego junta en una palmada.) Hay que llevar todos el ritmo y al dar la palmada decir lo primero que a uno se le ocurra.
ELENA: Sí; y el otro tiene que decir algo que esté asociado con aquello.
DOROTHY: Exacto. ¡Y sin dejar de dar palmadas!
ELENA: Lo jugábamos en mi escuela de Akron y le llamábamos "Libre asociación mental".
CASS: (Dispuesto.) Como en las "Naciones Unidas". (Toma asiento y mira conciliador a JOHN, que se ha alejado huraño un par de pasos.) ¿Quiere empezar usted?
JOHN: No. Yo no quiero jugar.
(Se retira aún más y se sienta en una butaca. ELENA le sigue, apenada, con la mirada.)
DOROTHY: (Guiñándoles a los otros dos.) Pues nosotros tres. Vamos. Ritmo.
(Empiezan a dar cada uno sus palmadas hasta que consiguen sincronizarlas.)
CASS: (A DOROTHY.)
De prueba, ¿eh?... Usted empieza.DOROTHY: Conforme. Va. "Hombre".
CASS: "Mujer".
ELENA: "Hijo".
DOROTHY: "Parto".
(JOHN les mira y sigue atento al juego.)
CASS: "Médico".
ELENA: "Hospital".
DOROTHY: "Eter".
CASS: "Olor".
ELENA: "Malo".
DOROTHY: "Bueno".
CASS: Bueno... pues, como prueba, creo que basta. ¿Vamos en serio?
(Se levanta JOHN de la butaca y se incorpora, brusco, al juego.)
JOHN: Empiezo yo.
(DOROTHY sonríe en "experta". CASS también sonríe irónico.)
CASS: Concedido. Musléese.
(Da el ejemplo y comienza a marcar el ritmo. Los demás le siguen.)
JOHN: "Día".
DOROTHY: "Noche".
ELENA: "Ladrón".
CASS: "Policía".
JOHN: "Hombre".
DOROTHY: "Mentiroso".
ELENA: "Engaño".
CASS: "Marido".
JOHN: "Esposa".
DOROTHY: "Amante".
ELENA: (Turbada.) Eh... "Matrimonio".
CASS: "Sortija".
JOHN: "Compromiso".
DOROTHY: "Divorcio".
ELENA: (Como antes.) No... sí... ¡"Leyes"!
CASS: (Mirando a JOHN.) "Delincuente".
JOHN: (A su vez.) "Chantaje".
DOROTHY: (Mirando también a JOHN.) "Traición".
ELENA: (Sincera.) "Angustia".
CASS: (Optimista.) "¡Salvación!"
JOHN: "Paz".
DOROTHY: "Hogar".
ELENA: (Como invocando cordura.) "¡Niños!"
CASS: "Madre".
JOHN: "Bondad". (Infierno.)
DOROTHY: (Cambiando la mirada a ELENA.) "Pecado".
ELENA: "Odio".
CASS: "Amor".
JOHN: "Sexualidad".
ELENA: (Dejando de dar palmas.) ¡No!
CASS: (Siguiendo el ritmo con los otros.) Sí.
ELENA: (Enervada.) ¡No!...
DOROTHY: (Dejando de dar palmas.) ¿Por qué no?... ¿Usted no asocia la sexualidad con el amor?... (ELENA calla confusa.) Pues hay quien los confunde en una misma cosa.
ELENA: Es posible... Entonces, estoy eliminada. Sigan ustedes.
(Han dejado todos de dar palmas, menos JOHN que continúa activo para aliviar la tensión.)
JOHN: Venga. Sigamos.
DOROTHY: (Sensiblemente más fría.) No, John. Creo que será mejor dejarlo.
(Se pone en pie.)
JOHN: Pero si estamos a la mitad; nadie ha ganado.
DOROTHY: Eso es verdad; pero así quedamos sin que tampoco pierda ninguno... (A ELENA.) Excepto usted. Pero así la dejamos descansar ya y también sale ganando.
(Se encamina a la puerta. JOHN deja de dar palmas y se incorpora. CASS también lo hace. ELENA permanece sentada, un poco aturdida.)
CASS: ¡Qué pena, hombre!... Ahora que empezábamos a entrar en el juego.
DOROTHY: Estoy encantada de haberles conocido. Espero que si vuelven por Nueva York me avisen para vernos y hacer algún plan juntos.
ELENA: (Se ha levantado y la despide.) Así lo haremos. Encantada, señora Cleves. Y gracias por todo.
(CASS ha abierto la puerta.)
DOROTHY: Buenas noches, querida.
(Sale.)
JOHN: (A CASS, para que lo recoja ELENA.) Hablaremos muy pronto de su fábrica.
CASS: Eso espero y deseo.
JOHN: Buenas noches.
(Sale.)
CASS: Hasta muy pronto, señor Cleves. (Cierra y se vuelve hacia ELENA, que ha vuelto al sofá y se deja caer en él rendida.) Fin del primer acto. (Sale hacia ella.)¿Cansada?
ELENA: Sí. Mucho. Y deseando estar sola. Márchate, Cass. (Echa hacia atrás la cabeza y cierra los ojos extenuada.) Me duele mucho la cabeza.
CASS: (Comienza a darle un suave masaje en la nuca.) Sí... Has pasado un día de prueba... Y yo no he estado bien. Por poco meto la pata, cuando Cleves...
ELENA: (Sin moverse.) La has metido y bien.
CASS: No, no. Lo arreglé colosal. Es que ese egoísta me quemó la sangre.
ELENA: (Idem.) Márchate, Cass...
CASS: ¿Te duele que le llame egoísta?
ELENA: (Idem.) Me duele todo.
CASS: Te comprendo, Elena. A poco de conocerte me dijiste que habías terminado con él; luego encontraste los globos; luego decidiste otra vez romper de nuevo...
ELENA: (Idem.) Hago lo que me da la gana.
CASS: Y yo también. Soy un ciudadano libre y tengo derecho a opinar.
ELENA: (Abre los ojos y le mira.) ¡Será en los asuntos públicos! Pero éste es exclusivamente mío, ¿entiendes?... (Abatida.) ¡Quizá sea lo único que tenga verdaderamente mío!
CASS: ¡Me gustaría tanto ayudarte, Elena!
ELENA: Cass: eres un gran chico, pero yo sé cuidarme sola.
CASS: No. Tú eres capaz de todo, menos de defenderte de un hombre como éste. No puedes jugar su juego porque con él no hay reglas que valgan. Inventa las suyas y las impone como le da la gana. Tampoco yo he podido jugar. Cuando entrasteis las dos en el dormitorio le amenacé con decirle todo a su mujer.
ELENA: (En reproche.) ¿Ah, sí?
CASS: ¡A ver!... Quería jugar mi carta. He venido a Nueva York para salvar nuestra fábrica y ya has visto cómo me ha tratado... Tenía que apretarle.
ELENA: ¿Y qué te dijo?
CASS: Que "adelante"; "que le tenía sin cuidado". Y no es verdad; le importa , ¡y mucho!... Pero sabía que yo iba de farol, que no era capaz de decir nada y me ha ganado.
ELENA: (Con pena y admiración.) Sí... Es verdaderamente un águila.
(Se levanta despacio y empieza a recoger lo que sacó CASS. Este le ayuda.)
CASS: Tampoco tiene mucho mérito serlo con dos conejos. Ni tú ni yo podemos luchar con él en su terreno. Pero a mí me joroba capitular, porque terco sí soy, ¿sabes?... y hay leyes que me protegen.
ELENA: Sí; pero él tiene mejores abogados.
(Sale hacia la cocina.)
CASS: ¡Allá veremos!... Yo estoy dispuesto a ir hasta el Supremo.
ELENA: (Reapareciendo.) Muy buena idea.
(CASS le da dos vasos.)
CASS: No creas que hablo por hablar. (ELENA vuelve a hacer mutis con los dos vasos.) Y ahí le llevo ventaja, porque yo siempre he vivido dentro de la ley.
ELENA: (Saliendo.) Bueno: que él tampoco es un gángster.
CASS: Ni yo he dicho tanto... pero le faltan tres cuartos de hora.
ELENA: No, Cass... Él es duro porque es así, por lo visto, como tienen que ser los hombres de empresa; pero es un ser humano con reacciones humanas... capaz de amar... ¡A mí me quiere!
CASS: ¡Valiente mérito!... ¡Quererte a ti!... A ti hay que ser de piedra para no quererte. (ELENA le mira y sale a retirar la mesa del café a su sitio. Él acude a ayudarla.) Pero te quiere egoistamente, sin desprendimiento, sin entregar nada... Y no me refiero, claro está, al collar con las iniciales de su refrigeradora.
ELENA: Basta, Cass. Y hazme el favor de marcharte. John va a volver.
CASS: ¡No quiero!... Me crispa verte dar todo: tu amor, tu juventud y hasta...! ¡y hasta todo!..., a un desaprensivo de esta calaña.
ELENA: ¡Cass!
CASS: (Vehemente.) ¡No hay Cass que valga!... (La toma por un brazo y la obliga a sentarse.) Siéntate. Escúchame. ¿Cuál es tu vida?... ¿Cuál será dentro de unos años?... ¿Por qué tienes que conformarte con tener a tus hijos en tus libros, cuando lo que te gustaría es tenerlos en tu casa contigo?... ¿Es este "picadero" un hogar?... ¿tu hogar?... Por no ser, no es ni tuyo, porque te lo ha quitado. (ELENA encaja pensativa el ataque.) Crees que tienes un águila por amante y lo que tienes es un egoista desaprensivo y repugnante que tiene su hogar ¡y ojo con rozárselo!, y que mete mano a su mujer en cuanto se quedan solos.
ELENA: ¿Por qué dices esa mentira?
CASS: ¡Porque lo he visto aquí esta tarde!... ¡Ahí mismo!... Cuando salí con el champán. ¿Por qué crees que se me escapó lo de "estas dos infelices"?... Porque juega sucio con las dos. Pero contigo más, porque te engaña más que a su mujer.
(Se abre en este momento la puerta y entra JOHN. Los otros dos llevan a él su mirada con sobresalto.)
JOHN: (Retirando la llave.) ¿Todavía está aquí?
CASS: (Levantándose.) Sí, claro. Sabía que iba a volver y quería que hablásemos en serio.
JOHN: No hace falta.
(Termina de cerrar.)
CASS: ¡Vaya si la hace!
JOHN: Le digo que no, Henderson. He decidido dejar su fábrica abierta, con ustedes al frente.
CASS: ¿Qué dice?
JOHN: Pues eso: que ha llamado usted a una puerta abierta. He decidido acceder a su petición.
CASS: (Aún asombrado.) ¿Se ha estropeado el 607?
JOHN: Es el precio que pago para que se marche ahora mismo.
CASS: Bueno... pero eso, así, de palabra...
JOHN: Mis abogados redactarán un documento para que lo firme la semana que viene. (Sale hacia ELENA.) Ha arreglado su asunto; ahora váyase pronto y déjeme a mi arreglar el mío.
CASS: Me gustaría llevarme algo más que su palabra.
(JOHN le mira duro.)
ELENA: Puedes fiarte de ella, Cass.
CASS: ¿Y eso lo dices tú?
JOHN: Si pretendiera engañarle le hubiera ofrecido esto mucho antes. Váyase tranquilo, pero váyase.
CASS: (Menos contento de lo que cabía esperar, se encamina al dormitorio.) Está bien.
JOHN: ¿Dónde va?
CASS: A coger mi maleta. (Sigue andando y se vuelve desde la puerta.) El martes estaré en su oficina. Sería triste para todos que no estuvieran esos papeles.
(Se introduce en el dormitorio. ELENA le ha seguido todo el tiempo con la vista. JOHN comienza a quitarse la americana y a aflojarse la corbata.)
JOHN: Me da rabia que me gane este paleto, pero si no es así no se va ni con los bomberos. Espero que esos cajones corredizos sean un asco y al menos tendré pérdidas auténticamente legales.
(Reaparece CASS con su maleta. JOHN, indiferente, se sienta en el sofá, cómodo. ELENA, de pie, contempla compadecida al expulsado.)
CASS: Todo lo que te he dicho, Elena...
ELENA: No es verdad.
CASS: Ya daría yo hasta mi fábrica porque no lo fuera. Buenas noches.
(Abre la puerta y sale.)
ELENA: (Afectada.) No le harás nada malo, ¿verdad?
JOHN: ¿Por qué te preocupas tanto por él?
ELENA: Porque es una gran persona.
JOHN: Un aficionado. Las grandes personas no deben hacer negocios. Bueno, y dejémoslo ya, porque tenemos que hablar de algo más importante.
ELENA: ¿Qué has hecho con Dorothy?
JOHN: Mandarla a casa.
ELENA: ¿No se extrañó?
JOHN: ¿Por qué se iba a extrañar?
ELENA: No sé... Cuando jugábamos me dio la sensación de que...
JOHN: (La toma por la muñeca y la sienta a su lado.) Tonterías. Ni se le ha pasado por la cabeza. Figúrate si la conoceré después de quince años de matrimonio.
ELENA: Y de alcoba.
JOHN: (La mira.) Bueno, claro; y de alcoba.
ELENA: ¿Dormís en la misma cama?
JOHN: Pues... sí. Cuando nos casamos no se estilaba, como ahora, lo de las dos camas.
ELENA: Eso nunca me lo dijiste.
JOHN: Porque nunca me lo has preguntado.
ELENA: ¿Tenía yo que preguntar una cosa así? ¿No es a mí a quien quieres?
JOHN: Sí.
ELENA: (Exaltándose.) ¿Y cómo puedes, entonces...?
JOHN: Por la paz familiar... por los niños.
ELENA: ¿Qué?... ¿Les divierte miraros?
JOHN: No te exaltes, Elena. Es por los niños únicamente, por lo que Dorothy y yo seguimos casados. Tú lo sabes. Y como tenemos que vivir juntos...
ELENA: ... en cuanto tienes ocasión la abrazas y la besuqueas.
JOHN: ¿Yo?
ELENA: ¡Sí, tú!... ¡Esta misma noche y aquí mismo!
JOHN: ¡Ah, bueno!...
Una bobada. ¿Y de eso vas a hacer un mundo?ELENA: ¡Pues sí!... ¡Un mundo es lo que quiero hacer!... ¡El mío!... ¿No tengo derecho?
JOHN: (Atrayéndola cariñoso.) Lo tienes.Y por eso he vuelto esta noche. Para decirte y garantizarte que eres tú la única mujer a quien adoro y en quién únicamente pienso desde que me levanto hasta que me acuesto.
ELENA: ... con Dorothy.
JOHN: ¡Vamos, Elena!... ¡Da a cada cosa su verdadero valor! ¿Es que no sabes de verdad que te adoro? (La abraza.) ¿Que eres para mí lo primero del mundo? ¿Que no hay nada que me haga más feliz que estar a solas contigo aquí, donde cada rincón tiene un secreto nuestro?... ¡Te quiero, Elena!... ¡Y tú a mí!... Nos queremos y esto es lo verdaderamente importante.
(Comienzan a llamar apremiantemente a la puerta.)
CASS: (Dentro.) ¡Elena!... ¡Cariño!... ¡He vuelto!... ¡Ábreme!
ELENA: (Sobresaltada.) Es Cass.
JOHN: Pero, ¿hasta cuándo este imbecil?
CASS: (Dentro.) ¡Me arrepiento de todo!... ¡Perdona a tu marido y déjale volver!... ¡No seas rencorosa Elena!
JOHN: Pero, ¿es que está loco?
ELENA: (Desprendiéndose inquieta.)
¿Le abro?JOHN: (Furioso.) Lo haré yo. ¡Y voy a patearle!
(Sale hacia la puerta. ELENA le sigue alarmada.)
ELENA: ¡Cuidado, John!... No arméis escándalo.
(Le alcanza por un brazo cuando JOHN ha abierto la puerta. A dos pasos de ella, CASS, enervado, vigila el rellano.)
JOHN: ¿Qué demonios pretende ahora?
CASS: (Avanzando.) ¡Que viene!
(Intenta entrar, pero JOHN se lo impide.)
JOHN: Que viene, ¿quién?
(Antes de que CASS pueda contestar aparece DOROTHY en el rellano, y avanza, fría y serena, hasta la puerta.)
CASS: (Pesaroso.) Yo hice lo que puede.
TELÓN RÁPID
CUADRO II
El mismo decorado, siete días después. Es, por lo tanto, jueves y son las doce del día. En la habitación se acentúa un poco más el habitual desorden, por haber algunas cosas ya embaladas y algunas cajas de cartón apercibidas para lo mismo.
(JOHN sale del dormitorio, va a la puerta de la calle, la abre y retira de ella el periódico. Cierra y viene hacia el sofá.)
JOHN: ¡Elena!... ¿Está el café?
ELENA: (Dentro.) Sí. Ya te lo llevo.
JOHN: (Echando al suelo algunos de los libros que ocupan el sofá.) Pero, ¿y cómo no está ya servido?... Todos los días me haces llegar tarde por lo mismo.
(Se sienta. Sale ELENA de la cocina con una bandeja, en la que trae dos tazas, dos jarritas con agua y leche y un bote de "Nescafé". Va vestida con la bata del primer acto (pero sin los colgajos de las mangas) y va descalza, con los pies desnudos.)
ELENA: Es que hoy se ha terminado el café. ¿Te da lo mismo tomarlo de este en polvo?
JOHN: Sí, bueno. ¿Y cómo no has comprado?
ELENA: (Sirviendo en las dos tazas.) Porque como nos vamos al "San Regis", pensé que allí no haría falta... ¿O tienen cocina esos apartamentos?
JOHN: No. Afortunadamente, el servicio lo da el hotel.
ELENA: ¿Por qué dices "afortunadamente"?
JOHN: (Evasivo.) Porque te evitaré estas molestias. ¿Cómo va tu embalaje?
ELENA: Lo mío, bien. Me da pena llevar todo esto a un guardamuebles. Si pudiéramos encontrar pronto una casita alegre que nos gustase, lo llevaríamos ya allí.
JOHN: No hay que precipitarse en eso de la casa.
ELENA: ¿Ah, no?
JOHN: No, claro. Las precipitaciones nunca son buenas.
(Se enfrasca en la lectura. ELENA reanuda el embalaje en cajas de los libros.)
ELENA: Bueno, pero por ir mirando... ¿Te digo una cosa?
JOHN: Dila.
ELENA: Ayer estuve en el ginecólogo.
JOHN: ¿A qué?
ELENA: A que me reconociera. Quiero saber si podré ser una buena madre.
JOHN: Vaya. ¿Y te puntuó bien?
ELENA: Me dijo que tengo una pelvis perfecta.
JOHN: Un piropo científico.
ELENA: Que puedo tener, perfectamente, un niño cada año.
JOHN: Y si me apuras, tres cada dos.
ELENA: (Sentándose a su lado.) Pues sí, te apuro, John. Yo tengo prisa en encargarlo.
JOHN: (Temeroso.) Bueno, yo tengo que irme ahora a la oficina. No será tan urgente.
ELENA: No, claro, tonto. Pero digo que no tendremos que esperar a estar casados.
JOHN: Es lo correcto. Y total, Dorothy ha ido ya a Reno con los papeles arreglados, y aunque los abogados son más bien pesados...
ELENA: Podemos tenerlo "prematuro"... Eso ahora casi está de moda.
JOHN: Yo creo que es más urgente la mudanza, ¿no?... ¿Por qué no acabas de prepararla?
ELENA: Sí, amor. (Se incorpora y reanuda su trabajo.) Las estatuas de la terraza puedo dejarlas, ¿no?
JOHN: (Leyendo.) No; que se las lleven. ¿Qué falta van a hacer aquí ahora esas cursilerías?
(ELENA se inmoviliza dolida.)
ELENA: ¿Por qué no me dijiste nunca que te parecían cursis mis estatuas?
JOHN: (Reaccionando.) He querido decir "inapropiadas"... Esto va a ser ahora, de verdad, un apartamento para clientes.
ELENA: (Triste.)
Me has hecho daño, John.JOHN: (Con cansancio.) Venga, mujer... No te enfades. Perdóname, pero es que entre las preocupaciones y el dolor éste que me ha salido en la espalda...
ELENA: ¿Te duele aún?
JOHN: Sí, aún me molesta, pero no es nada.
ELENA: ¿Estarás bien para esta noche?
JOHN: Seguramente. ¿Por qué?
ELENA: Porque doy una cena en el "Pavillón" a mis amigos, para que te conozcan. He reservado una mesa para seís. Janice, Corku (que ha dejado el circo), Joyce...
JOHN: Divertidísimo; pero podías haberme consultado antes si me venía bien.
ELENA: Me imaginé que siendo por la noche...
JOHN: Podía tener una reunión de negocios.
ELENA: ¿Cómo ibas a tener una reunión de negocios por la noche, si ya no hay por qué?
JOHN: Está bien... Bueno; me voy a la oficina.
ELENA: (Siguiéndole.) ¿Y qué hago de la casa? ¿Sigo buscando?
JOHN: Si quieres... Pero cuidado, Elena; nada de casitas blancas de esas de barrio, por muy monas que sean para ti, ¿eh?... Yo quiero una casa confortable y retirada para respirar a gusto. ¿Estamos?
ELENA: Sí, amor.
JOHN: (Recoge su cartera y su sombrero.) Vendré a las ocho para ir a esa cena.
ELENA: John.
JOHN: ¿Qué hay?
ELENA: ¿Me sigues queriendo?
JOHN: Pues claro, mujer, ¿A qué viene eso? ¿Crees que me he enfadado por lo de la cena? Pues te equivocas. En el "Pavillón" se cena muy bien.
ELENA: Y aquí muy mal, ¿verdad? No te gusta nada cómo guiso.
JOHN: Me encanta. Las patatas esas que guisaste anoche estaban deliciosas.
ELENA: Apenas las probaste.
JOHN: Porque este calor y el dolor de la espalda me quitaron el apetito... Bueno, me voy que se me hace muy tarde. (Sale hacia la puerta. ELENA se adelanta corriendo para abrírsela. Él repara en sus pies desnudos.) ¿Y por qué vas descalza?
ELENA: ¿Ahora te fijas?... Siempre que puedo voy así.
JOHN: ¿Siempre?
ELENA: Sí, siempre. Antes también. Lo que es que como pasabas aquí tan poco tiempo, no te fijabas.
JOHN: Posiblemente. Y qué es, ¿una costumbre de tu pueblo?... Adiós, cariño. Vendré a la noche.
(Le da un frío beso mecánico y se va. ELENA cierra la puerta pensativa y se mira los pies. Busca con la mirada sus zapatillas y localiza una. Sale hacia ella, la coge y se la pone. Busca la otra entre las cajas y paquetes. Se arrdilla; mira debajo de los asientos. Al fin sale a gatas hacia el sofá, se tumba en el suelo, mete el brazo y recupera la otra zapatilla. Sentada en el suelo comienza a ponérsela preocupada. Llaman a la puerta. Se incorpora ágilmente y sale a abrir. En el marco aparece CASS, con impermeable, maleta y una larga caja blanca.)
ELENA: (Contenta.) ¡Cass!
CASS: Hola, Elena. ¿Se puede?
ELENA: Claro que sí. ¡Qué alegría!... (Pasa CASS y ella cierra.) Creí que no iba a verte nunca más.
CASS: He venido para traerte este recuerdo.
(Le deja la caja.)
ELENA: ¿Qué es?
CASS: Un cajón.
ELENA: (Bromeando.) ¿Para píldoras?
CASS: No, no. Para resolver el problema del ama de casa. Es el que fabricamos mi hermano y yo. Aquí lo dice.
ELENA: (Leyendo.) "Cajón patentado "Tres en uno". Fábrica Henderson. Akron. Ohio". ¡Estupendo!... Pues ya tengo una caja más.
CASS: Eso veo. ¿Qué? ¿Es que te mudas?
ELENA: Sí. Este piso se queda, por fin, para los "visitantes ilustres". Para nosotros resulta ya un poco pequeño.
CASS: (Comprendiendo.) Ah, vamos... Entonces es que la cosa...
ELENA: Sí. Se han divorciado. Dorothy ha ido ya a Reno a arreglar los papeles. Nos casamos.
CASS: No lo sabía... Pues enhorabuena.
ELENA: Gracias, Cass.
CASS: Yo debería haber traído, entonces, en lugar de este cajón, una botella de algo para brindar.
ELENA: Si es por eso, aquí ya sabes que lo hay.
CASS: ¡Sí! Podría ir y traerlo con los ojos vendados. ¿Lo intento?
ELENA: No. Voy yo, que soy la señora de la casa. (Sale. CASS la sigue con la vista, transparentando ahora su contrariedad por la noticia. Pasea su mirada por los envoltorios. Dentro.) ¿Te da igual otra cosa?... No tengo champán.
CASS: Sí, claro. Lo que tengas.
ELENA: (Sale con dos "Pepsi-colas" y dos vasos.) Se me está agotando la despensa. ¡Cómo nos vamos al "San Regis"!
CASS: Ah, ¿No tenéis casa todavía?
ELENA: (Sirviendo.) Todavía no. Estamos buscando. Me da un poco de pena dejar esto. He sido tan feliz entre estas paredes. Y sobre todo estos últimos días. Juntos aquí los dos como un matrimonio... ¿Tengo ya aire de esposa?
CASS: Ya lo creo que sí. (Levanta su vaso.) Bueno, pues porque todo te salga tan bien como yo te deseo.
ELENA: Gracias, Cass. Ya ha salido. Somos muy felices. Sólo nos faltan los niños. Y los tendremos muy pronto, porque John está rabiando porque se los dé.
CASS: Pienso que por poco estropeo yo todo esto tan bonito, aquella noche en que subí corriendo a avisar que venía Dorothy.
ELENA: ¿Por qué?
CASS: Porque si llego a tiempo y evito todo, pues... todo seguiría igual. Dorothy no habría ido a Reno.
ELENA: (Sombría.) Es cierto.
CASS: ¡Qué noche aquella!... En Akron no pasa nunca nada ni parecido. Es otra forma de entender la vida la nuestra. (ELENA ha quedado pensativa.) Bueno, ¿y cómo está tu jardín?... ¿Le han puesto ya las losas?
(Camina hacia el ventanal.)
ELENA: Aún no.
CASS: (Contemplándolo.) Está intacto. No sabe el pobre lo que le espera.
ELENA: Cass: ¿tú encuentras cursi ese jardín?
CASS: ¿Cursi?... Yo lo encuentro monísimo. Y con una particularidad encantadora: que verle a él es verte a ti. Sois iguales: pequeños, recogidos, alegres y limpios.
ELENA: (Más bien contrariada.) ¿De verdad nos parecemos tanto?
CASS: Yo encuentro que sí.
ELENA: Pues John lo encuentra cursi.
CASS: (Turbado.) ¿Te lo ha dicho?
ELENA: (Afligida y sincera.) Sí. Y me ha dolido.
CASS: ¿Por qué?... Puede ser una apreciación.
ELENA: Antes no se lo parecía. Pero ahora sí. Y le molesta que ande descalza. Y no come lo que yo guiso. Y se enfada por todo.
CASS: Quizá extrañe un poco el cambio. ¿No acabas de decirme que...?
ELENA: (Lloriqueando.) La que está extrañada soy yo... Sí, Cass. A alguien tengo que decírselo. A veces pienso que ya no me quiere.
(Llora.)
CASS: ¿Y por qué ha dado este paso?
ELENA: Ha podido darlo a la fuerza; porque ella descubrió todo y porque ya... ¿qué iba a hacer? Todo es ahora muy diferente.
CASS: El cambio, Elena. Puede ser eso.
ELENA: No, Cass... Es que es otro. Antes, la noche que venía, no dormíamos, casi ninguno de los dos... Ahora... llega, cena (poco y con mala cara), se pone a despachar papeles que trae de la oficina, cae en la cama como un fardo y antes de que le pueda daar las "buenas noches" ya está roncnado.
CASS: ¿Tú no sabías que roncaba?
ELENA: ¿De dónde?... ¿No te digo que no dormía?...
CASS: (Admirado.) ¡Vaya con John!... Claro que no es lo mismo un día a la semana, que jornada intensiva.
ELENA: No, Cass... Es que parece otro en todo... Mi ilusión es que nos fuéramos a una casita blanca; pues cada vez que le hablo de la casita blanca le cae como un tiro... Y lo mismo cuando le hablo de los niños... Hace un momento le dije que el ginecólogo me había felicitado por mi pelvis ¡y ni se emocionó!...
(Jadea un sollozo.)
CASS: (Consolador.) Los hombres somos menos sensibles para esas cosas.
ELENA: ¡No, Cass!... Cualquier hombre se alegra de que su mujer tenga buena pelvis.
CASS: La alegría del hombre no cala tanto como los "rayos X"... Se detiene un poco más acá.
ELENA: (Llorando.) ¡John ya no se detiene en ningún sitio!
(Hunde su cabeza en el hombro de CASS.)
CASS: (Acogiéndola con ternura.) No llores, Elena, que tú no sabes bien la pena que me da.
ELENA: Perdóname esta escena, Cass... Pero necesitaba mucho poder llorar con alguien.
CASS: (Sin mirarla.) Elena: creo que tengo derecho a hacerte la misma proposición que tú me hiciste la tarde que nos conocimos. ¿Quieres casarte conmigo?
ELENA: (Dudando si bromea.) ¿Pero qué dices, Cass?... ¡Voy a hacerlo con John la semana que viene!
CASS: Eso es precisamente lo que quiero evitar. Puede que yo no sea exactamente el marido que necesitas, pero él lo es mucho menos... No soy tan importante, ni tan inteligente como él, pero soy un hombre que tiene corazón y piensa en que tú también lo tienes; que sabría quererte, cuidarte y ampararte...
ELENA: Es mejor que no sigas, Cass...
(Se levanta despacio y camina unos pasos.)
CASS: (Siguiéndola.) Tengo derecho a hacer mi propaganda... Tú llegaste a enseñarme tus muelas, recuérdalo...
ELENA: Sí, Cass, pero has debido interpretar mal mi desahogo... Yo soy feliz con John... Estoy segura de que lo seré...
CASS: Y yo lo estoy de que no lo seremos ni tú ni yo. (La toma por los hombros y la obliga a volverse.) ¡Elena!...
(Se abre la puerta y aparece DOROTHY. Cuesta trabajo identificarla por su peinado juvenil y suelto, y por su vestido de seda estampada en colores luminosos y alegres.)
DOROTHY: Perdónenme, pero la puerta no estaba cerrada. (Reconoce a Cass.) ¿Otra vez aquí?... Me alegro de volver a verle, señor Henderson.
(Se introduce.)
CASS: Y yo también, señora Cleves.
DOROTHY: (Risueña.) No. De Cleves, nada.
CASS: Bueno... perdón.
DOROTHY: ¿Perdón de qué? Es natural... (A ELENA, amable.) Vine porque me dijo que entre las once y las tres, cualquier hora es buena.
ELENA: Sí. Y así es.
DOROTHY: Pero quizá haya venido un poco pronto.
CASS: (Aludido.) No. Yo iba a marcharme. Tengo que ir primero al hotel y luego a la oficina de su marido... (Corrigiéndose contrariado.) ¡Y dale!... (A ELENA.) Del tuyo... ¡Tampoco!
DOROTHY: (Divertida.) No se preocupe. ¿Esta vez encontró hotel?
CASS: Sí. Temí que la señorita Linslay me organizase otro festejo y me ocupé de la reserva. Estoy en el "Comodoro".
DOROTHY: Ha hecho usted bien.
CASS: Bueno, pues las dejo. (Sale hacia su maleta. ELENA le acompaña.) No te molestes, Elena.
ELENA: Adiós, Cass. Y te agradezco todo.
CASS: ¿El cajón?
ELENA: Y tu hombro.
(Se miran.)
CASS: (Señalando el cajón.) Si no te funciona bien, llámame al "Comodoro".
ELENA: Funcionará bien todo, Cass.
CASS: (Volviéndose a DOROTHY.) Adiós, señora Cleves.
(Se muerde un dedo y sale casi huyendo. ELENA cierra mientras DOROTHY ríe y saca de su bolso una pitillera.)
DOROTHY: ¡Gran persona este Henderson!
ELENA: Sí lo es.
DOROTHY: ¿Quiere un pitillo?
ELENA: Gracias, no fumo.
DOROTHY: (Bromeando.) Yo ahora he vuelto al vicio.
(Enciende con un lujoso mechero.)
ELENA: Siéntese.
DOROTHY: Si tiene algo que hacer dígamelo y vuelvo más tarde. Yo puedo pasarme por "Maximiliano" a probarme el abrigo, que por fin me lo quedo... John ha tenido el rasgo de regalármelo como despedida. Simpático, ¿no?
ELENA: Sí: francamente. Siéntese, por favor.
DOROTHY: (Haciéndolo.) Gracias.
ELENA: Lleva un vestido precioso.
DOROTHY: ¿Le gusta?... Es otra liberación. Después de tantos años yendo de oscuro por dar gusto al marido, me ensancha el alma verstirme de colores. No sé si me he pasado.
ELENA: Va usted muy elegante.
DOROTHY: Gracias, señorita Gordon.
ELENA: Elena.
DOROTHY: Bien. Elena. Quiero decirle, sinceramente, que usted y yo podemos seguir siendo...
ELENA: También a mí me gustaría que no...
DOROTHY: No hay ninguna razón para que...
ELENA: Será mucho mejor. Y sobre todo, por los niños. No quisiera hacerles ningún daño. ¿Cómo están?
DOROTHY: Muy bien. Aún no saben nada, porque John quiere decírselo personalmente... Yo les he dicho que está de viaje.
ELENA: Pienso mucho en ellos y en cómo les caeré. ¡Son tan chiquitines!
DOROTHY: No tanto, querida. Johnny está en tercero de Derecho y Debbie acaba de terminar el Preuniversitario.
ELENA: (Aturdida.) ¿Está segura?
DOROTHY: (Riendo.) ¡Creo que sí!... Bueno, dejemos eso. Quería hablarle de la casa. ¿Le ha dicho algo John? (ELENA, aún aturdida, niega.) Legalmente me corresponde a mí, pero creo que es él quien debe de seguir teniéndola por todos estilos. ¿No opina usted lo mismo?
ELENA: Pues sí... quizá... Pero, ¿y usted dónde va a ir?
DOROTHY: De momento viajaré, que es otra cosa que me chifla y con John no había manera. Visitaré Hong-Kong, Sevilla en ferias, Paris en otoño, la Costa Azul, Londres...
ELENA: ¡Qué maravilla!
DOROTHY: Y cuando vuelva me ocuparé de encontrar algún apartamento. Pequeño, ¿eh?... a mí me basta con muy poco.
ELENA: ¿Y por qué no se queda entonces con éste?
DOROTHY: ¡No!... (Pensándolo.) ¿Sí?
ELENA: Creo que es lo mejor. Este ya está comprado y se queda vacío.
DOROTHY: Pues me gusta la idea. Lo hablaremos. (Abre su bolso y saca un pequeño block de notas.) Puesto que van a quedarse ustedes en la casa, le he traído algunas anotaciones que le serán muy útiles, para que sepa cómo funciona.
ELENA: Sí, claro.
DOROTHY: (Leyendo.) "Señora Jenings y su marido". (A ELENA.) Son el ama de llaves y el mecánico. No los deje marchar. Son irreemplazables. Sobre todo ella. Conoce al dedillo las comidas de John cuando hay invitados y cuando no. Tendrá usted que sufrir a los socios de John con sus esposas tres veces por semana. (Consulta el block.) El servicio tiene libre el miércoles. Es el día que John se marcha fuera por sus negocios. (Se hace un breve silencio embarazoso. DOROTHY vuelve al block) "Jardín". Eric es el mejor jardinero de Nueva York. Tiene el jardín que es una maravilla. Dígaselo con frecuencia porque es muy picajoso. Su mujer, Ingrid, también es especial. Por el día es muy normal y muy correcta, pero por las noches le da, a veces, por pasearse casi desnuda por el jardín. Si se encuentra con alguien se queda inmóvil como una estatua griega.
ELENA: ¿Está loca?
DOROTHY: Un poco. Pero no es peligrosa. (Consulta.) "Tenis". Los campos de tenis los cuida el marido de la señora Jenings...
ELENA: Señora Cleves...
DOROTHY: Dorothy.
ELENA: Dorothy. ¿Tiene que haber tantos criados?
DOROTHY: ¡Y aún no he citado a todos!... Piense que es una casa con treinta y siete habitaciones y un parque como esta manzana.
ELENA: No es así como imaginaba mi vida de casada.
DOROTHY: (Guardando el block.) Pues hágase a la idea, querida. (Se levanta y empieza a ponerse los guantes.) Es la única forma de poder estar casada con John.
ELENA: ¡Treinta y siete habitaciones!
DOROTHY: Y bodega, y garajes, y una cocina como la de un hotel. (ELENA la mira preocupada.) Y hágame caso: no intente vivir con este hombre de otra manera.
(Se abre la puerta con alguna violencia y entra JOHN urgente y alborozado.)
JOHN: ¡Hombre!... ¡Qué sorpresa!... Estáis aquí las dos.
DOROTHY: Sí. Vine a poner a Elena al corriente de...
JOHN: Sí, sí, me alegro; así os doy a las dos la noticia: ¡me quedo con "Sam"!
DOROTHY: ¿Es posible?
JOHN: ¡He jugado una baza de maestro y me lo quedo casi en la mitad!... Tengo que coger el próximo avión. (Se vuelve para dejar su cartera y su sombrero.) Oye, querida...
LAS DOS: Sí.
(Se hace un silencio.)
DOROTHY: (A ELENA.) Perdón.
JOHN: Elena, ¿quieres, por favor, hacerme la maleta? Puede que tenga que hacer noche.
ELENA: (Sale hacia el dormitorio.) ¿Qué maleta?
JOHN: La pequeña. ¡Vamos!... Que tengo mucha prisa.
ELENA: ¿Y qué te pongo?
JOHN: Una muda completa, mis cosas de afeitar, el pijama... Mujer: ya sabes lo que hace falta para una noche.
ELENA: Bien.
(Sale.)
DOROTHY: John, ¿tendrías un minuto para mí?
JOHN: Claro que sí. Todos lo que quieras.
DOROTHY: Iba a pasar por tu oficina, pero si te vas...
JOHN: Me gusta mucho el vestido que llevas.
DOROTHY: ¿De verdad?
JOHN: Ya lo creo. Te sienta bárbaro.
DOROTHY: Es que he cambiado de peinado. Quizá sea eso.
JOHN: Por lo que sea, pero estás estupenda.
DOROTHY: Gracias. Por lo que veo, no vas a estar aquí esta noche.
JOHN: No. ¿Por qué?
DOROTHY: Iba a proponerte que cenáramos hoy con los hijos para que les informases tú de nuestro divorcio.
JOHN: (Algo afectado.) ¿Les has dicho ya algo?
DOROTHY: No. Quedamos en que serías tú.
JOHN: Sí. En eso quedamos.
DOROTHY: Si no es posible hoy, ¿podrás mañana?
JOHN: Sí, claro. Volveré a mediodía.
DOROTHY: (Va a su bolso y empieza a sacar de él unos papeles.) Perfecto. ¿Quieres firmarme estos papeles que tengo que llevar a Reno?
(Se reúne con él y se los da. Él los toma y los contempla unos segundos.)
JOHN: Dorothy... ¿No crees que estamos haciendo todo con demasiada prisa?
DOROTHY: No, John.
Una vez que está todo acordado, no hay por qué demorarlo. Yo he hecho ya mis planes.JOHN: Tú has encajado esto con un espíritu admirable.
DOROTHY: Limpiamente. ¿No es lo mejor?
JOHN: Es lo difícil. Yo lo llevo mucho peor. Cuando estuvimos el viernes en la oficina del abogado, cada uno a un lado de la mesa, hablando de cosas tan desagradables...
DOROTHY: Te afectó lo del panteón; lo noté. Yo había ya dispuesto muy bien los sitios libres: tú y yo juntos, delante, y los tres hijos detrás. ¡Como en el "Packard"!
JOHN: No lo digas así, Dorothy. Eso es muy serio.
DOROTHY: ¡Ah!... pero si encima lo acentuamos...
JOHN: Es muy desagradable pensar que estará allí toda la familia y que mis pobres huesos irán a parar solos qué sé yo dónde.
DOROTHY: No estarás solo. Estarás con Elena.
JOHN: Elena, probablemente, querrá estar con su gente. Uno siempre quiere estar con los suyos. ¿Y qué pinto yo en ese grupo?
DOROTHY: Invítala a estar con nosotros y os venís los dos.
JOHN: Te lo agradezco. Pero no me parece muy delicado descansar eternamente con una esposa a cada lado y tres hijos detrás.
DOROTHY: O quizá más de tres...
JOHN:(Influido.) Dorothy... No debemos precipirarnos. Todo esto, se mire como se mire, es transcendente y creo que merece la pena pensarlo bien... ¿Por qué no lo intentamos, sólo de momento, la separación? Tú estarías libre, yo también y...
DOROTHY: Y esa pobre chica, ¿qué?... ¿No cuenta?... Nos divorciamos para que te puedas casar con ella, ¿o no?
JOHN: Te confieso que estoy desconcertado.
DOROTHY: Es natural; pero no te preocupes. Elena y yo hemos arreglado ya todo y tu vida seguirá como antes. Salvo que ella estará en mi lugar y yo me quedaré en este piso.
JOHN: ¿Tú aquí?... ¿Qué dices?... Esto va a ser para nuestros clientes.
DOROTHY: ¡Bah!... Nunca vino ninguno, excepto el pobre Henderson. Fue una idea de Elena, que es un encanto de chiquilla, y me pareció muy bien.
JOHN: Pero esto para ti es muy pequeño. No podrás recibir aquí a nadie.
DOROTHY: Ni falta que hace. Ahora tendrán que recibirme a mí, que es mucho más cómodo. Nada, nada; me gusta. Cuando vuelva de Europa me instalaré aquí.
JOHN: ¡Ah!, ¿te vas a ir de juerga?
DOROTHY: (Asintiendo.) Una vueltecita.
JOHN: (Contemplándola.) Nunca te vi tan decidida. Me gustas.
DOROTHY: ¿De verdad?
JOHN: (Aproximándose.) ¡Y mucho!... ¡Cómo te sienta el estampado éste!
DOROTHY: (Bromeando.) ¡Pues "tarde piace"... (Se separa y sale hacia su bolso.) John: tienes que ser bueno con Elena. Es una gran chica, que casi no te la mereces. (Sale hacia la puerta muy airosamente.) Y recuerda que mañana comes con los chicos.
JOHN: (Siguiéndola.) No me olvidaré. Y respecto a este piso...
DOROTHY: No intentes disuadirme.
JOHN: Bien, bien... es tuyo. (La mira.) ¿Sabes que te voy a echar mucho de menos?
DOROTHY: Sólo al principio. A mí me va a pasar lo mismo.
(Se miran en silencio.)
JOHN: (Suave.) Cariño...
(Alarga una mano en busca de la de ella, pero DOROTHY lo esquiva con delicadeza.)
DOROTHY: Adiós, John.
Despídeme de Elena.
(Abre la puerta.)
JOHN: (Frenando la apertura.) ¿Cenarás conmigo alguna noche?
DOROTHY: ¿Y por qué no?... Eso me hace ilusión. Cuando vuelva de mi viaje me llamas y cenamos... cualquier miércoles.
(Abre del todo y sale. JOHN cierra pensativo y visiblemente ilusionado con la perspectiva. Reacciona, consulta su reloj y se moviliza urgente hacia la mesa en busca de unos papeles.)
JOHN: ¡Elena!
ELENA: (Dentro.) ¡Ya voy! (JOHN empieza a levantar cosas buscando sus papeles. Sale ELENA con la maleta de JOHN.) ¿Se ha ido Dorothy?... Me hubiera gustado despedirla.
JOHN: Es que tenía prisa... Oye: ¿no has visto unos documentos que estuve preparando anoche?
ELENA: ¿Los dejaste aquí?
JOHN: (Buscando.) Sí, claro... Es difícil dejarlos en otro sitio.
ELENA: (Dejando la maleta cerca de la puerta.) He hablado con Dorothy de todo.
JOHN: Me lo ha dicho.
(Busca el sofá.)
ELENA: Y también de tus hijos.
JOHN: (Levantando un almohadón.) ¿Ah, sí?
ELENA: (Acercándosele despacio.) Me enternecía acordándome de tu preocupación cada noche, de ir a sus camitas a taparles antes de acostarte... (JOHN se inmoviliza con el almohadón en el aire.) ¡Conmovedor!... ¿Y cómo hacías para poder ir a la Universidad de Johnny y volver cada noche?... (Dura.) ¿En helicóptero?
JOHN: No me refería, exactamente, a Johnny.
ELENA: ¿A Debbie, que ha terminado ya el Preuniversitario?
JOHN: (Reanudando la búsqueda.) ¡A todos!... Los hijos son siempre niños, Elena.
ELENA: Sí, John... Y los sinvergüenzas son siempre sinvergüenzas.
JOHN: ¡Elena!...
ELENA: Y los tontos, tontos. Es difícil cambiar.
JOHN: ¿Por qué me hablas así?...
ELENA: No sé, John... Porque todo lo tuyo se ha hinchado esta mañana, como los globos esos que me regalabas. Todo está inflado, tus hijos, tu casa con treinta y siete habitaciones y no sé cuántos criados...
JOHN: Nada de eso debe preocuparte. Nosotros viviremos en una casita blanca, como a ti te gusta... Y no se hable más. (Vuelve a buscar.)
ELENA: ¿Y tus hijos se quedarán solos, sin nadie que les tape?... Porque Dorothy se viene aquí.
JOHN: Sí, eso me ha dicho... (Enervado.) ¿Pero dónde demonios pueden estar esos documentos?
ELENA: ¿Te adaptarás a vivir sólo conmigo en nuestra casa?
JOHN: Estoy seguro.
ELENA: ¿Y no echarás de menos... los miércoles?
JOHN: Claro que no. ¿Qué falta me hacen ya los miércoles?... (Levanta la caja que trajo CASS y encuentra el fin los documentos hechos un asco.) ¡Estos son!... (Enfadados.) He tenido que ser yo... Lo siento, John... ¿Se han estropeado?
JOHN: (Estirándolos.) Todavía pueden leerse.
(Sale con ellos hacia su cartera.)
ELENA: Todo lo hago fatal. Perdóname.
JOHN: (Suavizando.) Te perdono. ¿Y tú a mi?
ELENA: También.
JOHN: Pues me voy por "Sam". (Coge también el sombrero y la maleta y sale hacia la puerta.) ¿Te importa abrir? (ELENA sale a hacerlo.) ¿Quieres creer que me voy con la duda de si me seguirá interesando "Sam" después de haberme dado el gusto de conseguirlo?
ELENA: No me extrañaría nada de ti... Pero piensa en esas pobres yeguas.
JOHN: Tienes razón. Adiós, Elena.
(La besa.)
ELENA: Adiós, John. Y gracias por la felicidad que me has dado.
JOHN: ¡Y la que aún te voy a dar!... Adiós, cariño.
(Sale. ELENA queda en la puerta viéndole alejarse. Después cierra despacio y pensativa. Camina hacia una de las cajas que hay por la habitación (una especie de sombrerera), la abre y surge de ella un globo que se eleva el metro escaso que le permite el hilo. Lo desata y lo atrae hasta tenerlo entre sus manos. Contemplándolo, sale hacia la terraza y una vez en ella suelta el globo, que se eleva y desaparece. Le sigue un rato con la vista y luego vuelve a la habitación y toma el teléfono.)
ELENA: ¿Información?... ¿Me quiere dar el número del Hotel Comodoro?... (Toma un lápiz.) Sí. (Apunta.) Gracias. (Cuelga y marca.) ¿Hotel Comodoro?... Quiero dejar un recado para el señor Henderson... Sí. Dígale que ya no necesito globos. Sí, globos. No, no hace falta mi nombre. Conque le diga eso es suficiente. "No quiero más globos." Gracias. (Cuelga. Se mira los pies y lanza por el aire primero una zapatilla y luego la otra. Llaman a la puerta. Sale a abrir y aparece de nuevo CASS. Sorprendida.) ¿Pero ya estás aquí?
CASS: Sí, Elena... Sabes que soy muy terco y no me rindo fácilmente. Mira lo que te traigo.
(Desaparece un segundo y vuelve a aparecer con un gran manojo de globos en cada mano.)
ELENA: (Abrumada.) ¡Pero Cass!...
TELÓN