LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO
Comedia trivial para gente seria
Oscar Wilde
PERSONAJES DE LA COMEDIA
Jhon Worthing, J. P.
Algernon Moncrieff.
El Reverendo Canónigo Chasuble, D. D.
Merriman, mayordomo.
Lane, criado.
Lady Bracknell.
La Honorable Gwendolen Fairfax.
Cecily Cardew.
Miss Prism, institutriz.
DECORACIONES DE LA COMEDIA
Acto primero: Saloncito íntimo en el pisito de Algernon Moncrieff, en Half-Moon Street (Londres W.)
Acto segundo: El jardín de la residencia solariega, en Woolton.
Acto tercero: Gabinete en la residencia solariega, en Woolton.
Época: Actual.
Acto primero
Saloncito íntimo en el piso de Algernon, en Half-Moon-Street. La habitación está lujosa y artísticamente amueblado. Óyese un piano en el cuarto contiguo. Lane está preparando sobre la mesa el servicio para el té de la tarde, y después que cesa la música entra Algernon.
ALGERNON.- ¿Ha oído usted lo que estaba tocando, Lane?
LANE.- No creí que sea de buena educación escuchar, señor.
ALGERNON.- Lo siento por usted, entonces. No toco muy bien…, -todo el mundo puede tocar correctamente-, pero toco con una expresión admirable. En lo que al piano se refiere, el sentimiento es mi fuerte. Guardo la ciencia para la Vida.
LANE.- Sí, señor.
ALGERNON.- Y, hablando de la ciencia de la Vida, ¿ha hecho usted cortar los sándwiches de pepino para lady Bracknell?
LANE.- Sí, señor.
(Los presenta sobre una bandeja.)ALGERNON.-
(Los examina, toma dos y se sienta en el sofá.) ¡Ah!... A propósito, Lane: he visto en su libro de cuentas que el jueves por la noche, cuando lord Shoreman y mister Worthing cenaron conmigo, usted anotó que habían consumido ocho botellas de champagne.LANE.- Sí, señor; ocho botellas y cuarto.
ALGERNON.- ¿Por qué será que en una casa de un soltero son, invariablemente, los criados los que se beben el champagne? Lo pregunto por curiosidad simplemente.
LANE.- Yo lo atribuyo a la superior calidad del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez el champagne es de primera calidad.
ALGERNON.- ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?
LANE.- Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo poquísima experiencia, hasta ahora. He estado casado, sólo una
vez. Fue a causa de un error entre una muchacha y Yo.
ALGERNON.-
(Lánguidamente.) No estoy muy interesado en su vida familiar, Lane.LANE.- No, señor; no es un tema muy interesante. Yo nunca pienso en ella.
ALGERNON.- Es natural y no lo dudo. Eso es todo, Lane; gracias.
LANE.- Gracias, señor
(Se va.)ALGERNON.- ¡Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas! Realmente, si las clases bajas no dan buen ejemplo, ¿para qué sirven en este mundo? Como clase social, parece que no tienen ningún sentido de responsabilidad moral.
(Entra Lane.)LANE.- Mister Ernesto Worthing.
(Entra Jack. Vase Lane.)ALGERNON.- ¿Cómo estás, querido Ernesto? ¿Qué te trae a la ciudad?
JACK.- ¡Oh, la diversión, la diversión! ¿Qué otra cosa puede ser? ¡Ya veo que tú estás comiendo como de costumbre, Algy!
ALGERNON.-
(Severamente.) Creo que es costumbre en la buena sociedad, tomar un ligero refrigerio a las cinco. ¿Dónde has estado desde el jueves pasado?JACK.-
(Sentándose en el sofá.) En el campo.ALGERNON.- ¿Y qué hacías allí?
JACK.-
(Quitándose los guantes.) Cuando está uno en la ciudad, se divierte solo. Cuando está uno en el campo, divierte a los demás. Lo cual es extraordinariamente aburrido.ALGERNON.- ¿Y quiénes son esas gentes a las que diviertes?
JACK.-
(Con tono ligero) ¡Oh! Vecinos, vecinos.ALGERNON.- ¿Tienes vecinos agradables en
Shropshire?JACK.- ¡Perfectamente molestos! Nunca hablo con ninguno de ellos.
ALGERNON.- ¡Cuánto debes divertirles!
(Se levanta y coge un «sandwich».) A propósito, ¿tú eres de Shropshire, verdad?JACK.- ¿Eh? Sí, claro. ¡Vaya! ¿Por qué todas esas tazas? ¿Esos sándwiches de pepino? ¿Por qué ese loco derroche en un hombre tan joven como tú? ¿Quién va a venir a tomar el té?
ALGERNON.- ¡Oh! Solamente mi tía Augusta y Gwendolen.
JACK.- ¡Qué encanto! ¡Perfecto!
ALGERNON.- Sí, está muy bien; pero me temo que tía Augusta no apruebe mucho que estés aquí.
JACK.- ¿Puedo preguntar por qué?
ALGERNON.- Querido amigo, tu manera de flirtear con Gwendolen es realmente vergonzosa. Es casi tanto como la manera de flirtear de Gwendolen contigo.
JACK.- Estoy enamorado de Gwendolen. He venido a la ciudad expresamente para declararme.
ALGERNON.- Yo creí que habías venido a divertirte... A eso yo le llamo negocios.
JACK.- ¡Qué poco romántico eres!
ALGERNON.- Realmente, no veo nada de romántico en una declaración. Es muy romántico estar enamorado. Pero no hay nada de romántico en una declaración definitiva. ¡Incluso e pueden decirle a uno que sí! Y creo que generalmente sucede así. Y entonces, ¡se acabó toda pasión! La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si alguna vez me caso, haré todo lo posible por olvidar el hecho.
JACK.- Eso no lo dudo, querido Algy. Pero el Divorcio fue inventado especialmente para la gente que tiene la memoria, extraordinariamente establecida.
ALGERNON.- ¡Oh, es inútil hacer reflexiones sobre este tema! Los divorcios se elaboran en el cielo...
(Jack alarga la mano para coger un «sándwich». Algernon se interpone en el acto.) Por favor no toques los sándwiches de pepino. Están preparados especialmente para tía Augusta. (Toma uno y se lo come.)JACK.- ¡Bueno, pero tú te los has estado comiendo todo el tiempo!
ALGERNON.- Es completamente distinto. Es mi tía.
(Toma el plato de debajo.) Come pan con mantequilla. El pan con mantequilla es para Gwendolen. A Gwendolen le gusta con locura el pan con mantequilla.JACK.-
(Aproximándose a la mesa y sirviéndose) Y este pan y esta mantequilla son igualmente buenos.ALGERNON.- Pero no es necesario que comas así como si fueras a engullírtelo todo. Actúas como si ya estuvieras casado con ella. Y todavía no lo estás, ni creo que lo estés jamás.
JACK.- ¿Por qué dices eso?
ALGERNON.- Porque en primer lugar, las muchachas no se casan nunca con los hombres con quienes flirtean. No lo consideran decente.
JACK.- ¡Oh, eso es una tontería!
ALGERNON.- No lo es. Es una gran verdad. Esa es la causa del extraordinario número de solteros que se ven por todas partes. En segundo lugar, yo no doy mi consentimiento.
JACK.- ¡Tu consentimiento!
ALGERNON.- Mi querido amigo, Gwendolen es mi prima hermana. Y antes de permitir que te cases con ella tendrás que aclararme el asunto de Cecily.
(Toca el timbre.)JACK.- ¡Cecily! ¿Qué quieres decir? ¿Qué quiere decir eso de Cecily, Algy? No conozco a nadie que se llame Cecily.
(Entra Lane.)ALGERNON.- Tráigame la cigarrera que Mister Worthing dejó en el salón de fumar la última vez que cenó aquí.
LANE.- Bien, señor.
(Sale Lane.)JACK.- ¿Eso quiere decir que todo ese tiempo has tenido mi cigarrera? Podías haber tenido la bondad de hacérmelo saber. He escribito furiosas cartas a Scotland Yard sobre esto. Estaba a punto de ofrecer una gran recompensa.
ALGERNON.- Muy bien; te ruego que me la ofrezcas. Casualmente, estoy más necesitado que de costumbre.
JACK.- No tendría objeto ofrecer una recompensa, puesto que se la ha encontrado.
(Entra Lane con la pitillera sobre una bandeja. Algernon la toma inmediatamente. Sale Lane.)
ALGERNON.- Debo decirte que eso me parece un poco roñoso en ti, Ernesto.
(Abre la pitillera y la examina.) Sin embargo, no importa, porque ahora que veo la inscripción que hay aquí dentro me doy cuenta de que el objeto no es tuyo, después de todo.JACK.- Claro que es mío.
(Dirigiéndose hacia él.) La has visto en mis manos cientos de veces y no tienes ningún derecho a leer lo que hay escrito dentro. No es digno de un caballero leer una inscripción en una cigarrera particular.ALGERNON.- ¡Oh! Es absurdo poner una regla rigurosa e invariable sobre lo que debe y no debe leerse. Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debe leerse.
JACK.- Estoy perfectamente de acuerdo con eso, y no me propongo discutir sobre la cultura moderna. Es un tema que uno no debe hablar en privado. Simplemente quiero mi cigarrera.
ALGERNON.- Sí; pero esta cigarrera no es tuya. Es un regalo de alguien que se llama Cecily, y tú me has dicho que no conoces a nadie de ese nombre.
JACK.- Bueno, ya que insistes: Cecily es mi tía.
ALGERNON.- ¡Tu tía!
JACK.- Sí. Es una señora vieja encantadora. Vive en Tunbridge Wells. Y ahora devuélveme eso, Algy.
ALGERNON.-
(Refugiándose detrás del sofá.) ¿Pero por qué se llama a sí misma «la pequeña Cecily», si es tu tía y vive en Tunbridge Wells? (Leyendo.) «De parte de la pequeña Cecily,con su más tierno amor».
JACK.-
(Dirigiéndose hacia el sofá y arrodillándose sobre él.) Chico, ¿qué hay de raro en eso? Algunas tías son altas y otras no. Esto es una cuestión que seguramente una tía puede decidir por sí misma. ¡Tú crees que todas las tías deben ser iguales a la tuya! ¡Eso es absurdo! ¡Por Dios, devuélveme mi cigarrera!(Persigue a Algernon
alrededor de la estancia.)ALGERNON.- Sí. Pero, ¿por qué tu tía te llama tío suyo? «De parte de la pequeña Cecily, con su más tierno amor, a su querido tío Jack». No hay nada extraño en que una tía sea baja; pero que una tía, sea cual fuere su tamaño, llame tío a su propio sobrino, es lo que no puedo entender. Además, tú no te llamas Jack; sino Ernesto.
JACK.- No, no me llamo Ernesto; me llamo Jack.
ALGERNON.- Tú siempre me has dicho que eras Ernesto: te he presentado a todo el mundo como Ernesto. Respondes al nombre de Ernesto. Tienes aspecto de llamarte Ernesto. Eres la persona de aspecto más formal que he visto en mi vida. Es perfectamente absurdo decir que no te llamas Ernesto. Está en tus tarjetas. Aquí hay una.
(Saca una de su cartera.) «Mister Ernesto Worthing, B. 4, Albany.» La conservaré como prueba de que tu nombre es Ernesto, si alguna vez intentas negármelo a mí, a Gwendolen o a cualquier otro. (Se guarda la tarjeta en el bolsillo.)JACK.- Bien, sea; me llamo Ernesto en la ciudad y Jack en el campo, y la cigarrera me la dieron en el campo.
ALGERNON.- Sí; pero eso no explica por qué tu pequeña tía Cecily, te llama su querido tío. Vamos, chico; sería mejor que me lo digas todo de una vez.
JACK.- Mi querido Algy, hablas exactamente igual que un dentista, y es muy vulgar como un dentista cuando uno no lo es. Produce una falsa impresión.
ALGERNON.- Claro; eso es; lo que siempre hacen los dentistas.
¡Vamos, continúa! Cuéntamelo todo. Te advierto que siempre sospeché que eras un secreto y consumado Bunburysta, y ahora estoy completamente seguro.
JACK.- ¿Bunburysta? ¿Qué diablos quieres decir con eso?
ALGERNON.- Te revelaré el significado de esa incomparable expresión, en cuanto me digas por qué eres Ernesto en la ciudad y Jack en el campo.
JACK.- Bueno; pero primero dame mi cigarrera.
ALGERNON.- Aquí está.
(Le entrega la cigarrera.) Ahora dame tu explicación, y procura que no sea inverosímil. (Se sienta en el sofá.)JACK.- Querido amigo, no hay nada de inverosímil en mi explicación. En realidad, es muy vulgar. El viejo Mister Thomas Cardew, que me adoptó cuando yo era niño, en su testamento me nombró tutor de su nieta, miss Cecily Cardew. Cecily me llama tío por motivos de respeto que tú serías incapaz de entender; vive en mi casa de campo, al cuidado de su admirable institutriz, miss Prism.
ALGERNON.- A propósito, ¿dónde está tu casa de campo?
JACK.- Eso no te importa, querido amigo. No voy a invitarte... Lo que sí puedo decirte con franqueza es que ese sitio no está en el Shropshire.
ALGERNON.- ¡Me lo suponía! He bunburyzado todo Shropshire en dos ocasiones distintas. Ahora, sigue. ¿Por qué eres Ernesto en la ciudad y Jack en el campo?
JACK.- Mi querido Algy, no sé si podrás comprender mis verdaderos motivos. No eres lo bastante serio. Cuando se desempeñan las funciones de tutor, uno tiene que adoptar una elevadísima actitud moral en todos los aspectos. Es un deber hacerlo así. Y como una elevada actitud moral raras veces te lleva a tener salud y felicidad, para poder venir a la ciudad, siempre he fingido tener un hermano menor llamado Ernesto, que vive en Albany, y que se mete en terribles complicaciones. Esta es, mi querido Algy, toda la verdad, pura y simple.
ALGERNON.- La verdad, rara vez es pura y nunca es sencilla ¡La vida moderna sería aburridísima si la verdad fuese así, y la literatura moderna sería completamente imposible!
JACK.- No estaría mal del todo.
ALGERNON.- La crítica literaria no es tu fuerte, chico. No intentes hacerla. Debes dejarla a los que no han estado en la Universidad. ¡En los periódicos la hacen muy bien! Realmente Tú eres un Bunburysta. Tengo absoluta razón al decir que eres un Bunburysta. Eres uno de los más acérrimos Bunburystas que conozco.
JACK.- ¿Qué demonios quieres decir?
ALGERNON.- Tú has inventado un hermano menor muy útil, llamado Ernesto, para poder venir a la ciudad cuantas veces quieras. Yo he inventado un inestimable enfermo crónico, llamado Bunbury, para poder marcharme al campo cuando me parezca. Bunbury es completamente imponderable. Sin su extraordinaria mala salud, yo no podría, por ejemplo, cenar contigo esta noche en Willis, porque tengo un compromiso con tía Augusta desde hace más de una semana.
JACK.- Yo no te he invitado a cenar conmigo en ninguna parte esta noche.
ALGERNON.- Ya lo sé. Eres completamente descuidado en eso de las invitaciones. Es una tontería de tu parte. Nada molesta tanto a la gente como no recibir invitaciones.
JACK.- Harías mucho mejor en cenar con tu tía Augusta.
ALGERNON.- No tengo la menor intención de hacer semejante cosa. En primer lugar, he cenado con ella el lunes, y cenar con parientes una vez a la semana es suficiente. En segundo lugar, siempre que ceno allí, me tratan como a un miembro de la familia y me obligan a marcharme solo o con dos invitadas a la vez. En tercer lugar, sé perfectamente al lado de quién me colocarían esta noche. Junto a Mary Farquhar, que siempre coquetea con su marido de un extremo a otro de la mesa. Y eso no es muy agradable. En realidad, ni siquiera es decente... Además es una clase de cosas a las que uno se acostumbra cada día más. Es escandaloso el número de señoras que coquetean con sus maridos. ¡Es de muy mal efecto! Es, sencillamente, como lavar en público la ropa limpia. Además, ahora que sé que eres un verdadero Bunburysta, es natural, que quiera hablarte del Bunburysmo. Quiero revelarte las reglas por las que se rige.
JACK.- Yo no soy Bunburysta en absoluto. Si Gwendolen me dice que sí, mataré a mi hermano. Lo mataré de todas las formas. Cecily está muy interesa en él. Resulta un poco aburrido. Así es que voy a deshacerme de Ernesto. Y te aconsejo que tú hagas lo mismo con Mister..., con ese tu amigo enfermo que tiene un nombre tan absurdo.
ALGERNON.- Nada me inducirá a deshacerme de Bunbury, y si llegas a casarte, lo cual me parece extraordinariamente problemático, te alegrarás mucho de conocer a Bunbury. Un hombre que, se casa sin conocer a Bunbury siempre estará aburridísimo.
JACK.- Eso es una tontería. Si me caso con una muchacha tan encantadora como Gwendolen -y es la única en el mundo con la que querría casarme-, te garantizo que no tendré necesidad de conocer a Bunbury.
ALGERNON.- Entonces la que querrá será tu esposa. No pareces darte cuenta de que en la vida matrimonial tres son compañía y dos no son nadie.
JACK.-
(Sentenciosamente.) Ésa mi joven amigo, es la teoría que el corruptor teatro francés ha venido propagando durante estos cincuenta últimos años.ALGERNON.- Sí; y eso es lo que el venturoso hogar inglés ha demostrado en la mitad de ese tiempo.
JACK.- ¡Por amor de Dios! No intentes ser cínico. Es muy fácil serlo.
ALGERNON.- Hoy en día, mi querido amigo, no hay nada fácil. Existe una competencia estúpida para todo.
(Se oye sonar un timbre eléctrico) ¡Ah! Debe ser tía Augusta. Sólo los parientes o los acreedores llaman de esa forma. Vamos, si logro entretenerla durante diez minutos, para que tengas ocasión de declararte a Gwendolen, ¿podré cenar contigo esta noche en Willis?JACK.- Supongo que sí, si te empeñas.
ALGERNON.- Sí, pero que sea en serio. Detesto a la gente que miente cuando se trata de comidas. ¡Demuestran tal frivolidad!
(Entra Lane.)
LANE.- Lady Bracknell y miss Fairfax.
(Algernon se adelanta al encuentro de ellas.)(Entran Lady Bracknell
y Gwendolen.)LADY BRACKNELL.- Buenas tardes, querido Algernon. Siempre bien, ¿verdad?
ALGERNON.- Me encuentro perfectamente, tía Augusta.
LADY BRACKNELL.- No es lo mismo; me refería yo a la otra bondad. En realidad esas dos cosas van pocas veces juntas.
(Ve a Jack y le hace un saludo glacial.)ALGERNON.-
(A Gwendolen.) ¡Dios mío, estás encantadora!GWENDOLEN.- ¡Yo siempre estoy encantadora! ¿No es así, Mister Worthing?
JACK.- Es usted absolutamente perfecta, miss Fairfax.
GWENDOLEN.- ¡Oh! Espero que eso no sea cierto. Porque querría decir que no tendría ocasión de mejorar y yo quiero perfeccionarme en muchas cosas.
(Gwendolen y Jack se sientan juntos en un rincón.)LADY BRACKNELL.- Siento haber llegado un poco tarde, Algernon, pero no he tenido más remedio que ir a ver a nuestra querida lady Harbury. No la había visitado desde la muerte de su pobre marido. Nunca he visto una mujer tan cambiada; parece veinte años más joven. Y ahora tomaré una taza de té y uno de esos exquisitos sándwiches de pepino que me prometiste.
ALGERNON.- Muy bien, tía Augusta.
(Se dirige a la mesa del té.)LADY BRACKNELL.- ¿Quieres venir a sentarte aquí, Gwendolen?
GWENDOLEN.- Gracias, mamá; aquí estoy muy cómoda.
ALGERNON.-
(Levantando aterrado la bandeja vacía.) ¡Dios mío! ¡Lane!, ¿Por qué no hay aquí sándwiches de pepino? Mandé prepararlos especialmente.LANE.-
(Con gran seriedad.) No había pepinos en el mercado esta mañana, señor. He ido dos veces.ALGERNON.- ¿Que no había pepinos?
LANE.- No, señor. Ni siquiera pagando al contado.
ALGERNON.- Está bien, Lane; gracias.
LANE.- Gracias, señor.
(Vase.)ALGERNON.- Siento mucho, tía Augusta, que no hubiese pepinos, ni siquiera pagando al contado.
LADY BRACKNELL.- No importa, Algernon. Comí unas pastas con lady Harbury, que me parece que ahora vive dedicada a la buena vida.
ALGERNON.- Oí decir que su pelo se le ha vuelto completamente rubio de la pena.
LADY BRACKNELL.- Realmente ha cambiado de color, pero el motivo, como es natural, no puedo decirlo.
(Algernon cruza la estancia y sirve el té.) Gracias. Tengo un verdadero agasajo para ti esta noche, Algernon. Te pondré junto a Mary Farquhar. Es una bella mujer ¡y tan cariñosa con su marido! Resulta encantador verlos.ALGERNON.- Me temo, tía Augusta, que tendré que renunciar al placer de cenar contigo esta noche.
LADY BRACKNELL.-
(Frunciendo el ceño.) Espero que eso no ocurra, Algernon. Estropearías la mesa por completo. Tu tío tendría que cenar arriba. Afortunadamente ya está acostumbrado.ALGERNON.- Es muy fastidioso, y no necesito decir que me causa un gran pesar, pero acabo de recibir un telegrama diciéndome que mi pobre amigo Bunbury está muy grave otra vez.
(Cambiando una mirada con Jack.) Creen que debo estar allí.LADY BRACKNELL.- Es muy extraño. Ese Mister Bunbury tiene una curiosa mala salud.
ALGERNON.- Sí; el pobre Bunbury es un caso desesperado.
LADY BRACKNELL.- A mi juicio ya es hora de que Mister Bunbury se decida por fin a vivir o a morirse. Su indecisión es absurda. Además, no apruebo de ningún en modo la simpatía moderna hacia los enfermos desahuciados. Lo considero morboso. La enfermedad, sea la que fuese, no es cosa que deba se alentada. La salud es el primer deber en la vida. Yo siempre se lo digo a tu pobre tío, pero él no parece hacer mucho caso... Te quedaría muy reconocida si le suplicases a Mister Bunbury, que haga el favor de no sufrir una recaída el sábado, pues cuento contigo para preparar mi concierto. Es mi última recepción y necesito a alguien que anime las conversaciones, sobre todo al final de temporada cuando prácticamente la gente ha dicho todo lo que tenía que decir, que en la mayoría de los casos no es mucho.
ALGERNON.- Se lo diré a Bunbury, tía Augusta, si es que aún puede oírme, y creo poder prometerte que el sábado estará muy bien. Claro que el concierto ofrece grandes dificultades. Mire usted, si se toca buena música, la gente no escucha, y si se toca música mala, la gente no habla. Te mostraré el programa que he preparado, si tienes la amabilidad de venir un momento conmigo a la habitación de al lado.
LADY BRACKNELL.- Gracias, Algernon. Eres muy previsor.
(Levantándose y siguiendo a Algernon.) Estoy segura de que el programa quedará encantador, después de alguna modificación. No puedo permitir canciones francesas. La gente parece siempre creer que son indecentes, y o ponen unas caras escandalizadas, lo cual es vulgar, o se ríen a carcajadas, lo cual es peor aún. Pero el alemán suena a idioma perfectamente respetable, y realmente yo creo que lo es. Gwendolen, ¿quieres venir conmigo?GWENDOLEN.- Voy, mamá.
(Lady Bracknell y Algernon pasan a la sala de música. Gwendolen se queda atrás.)JACK.- ¡Qué hermoso día hace, miss Fairfax!
GWENDOLEN.- No me hable usted del tiempo, Mister Worthing, se lo ruego. Siempre que alguien me habla del tiempo, tengo la seguridad de que quiere dar a entender otra cosa. Y eso me pone nerviosísima.
JACK.- Yo quiero decir otra cosa.
GWENDOLEN.- Ya me lo figuraba. Realmente no me equivoco nunca.
JACK.- Y yo quisiera aprovechar la ausencia momentánea de lady Bracknell...
GWENDOLEN.- Yo debo advertirle que mamá tiene la costumbre de entrar de repente en una habitación, hasta el punto que muchas veces me he visto obligada a hacérselo notar.
JACK.-
(Nerviosamente.) Miss Fairfax, desde la primera vez que la ví, la admiré más que a cualquier otra muchacha... Desde que la conocí... la conocí...GWENDOLEN.- Sí, estoy segura de eso. Y con frecuencia he deseado que hubiera usted sido más expresivo, en público, por lo menos. Usted siempre ha tenido para mí un encanto irresistible. Aun antes de conocerle, estaba usted lejos de serme indiferente.
(Jack la mira atónito.) Vivimos, como usted sabe, Mister Worthing, en una época de ideales. Es un hecho que nos recuerdan constantemente las revistas más caras, y que se conoce aún en las provincias; pues bien, mi ideal ha sido siempre amar a un hombre que se llame Ernesto. Hay en ese nombre algo que inspira una absoluta confianza. Desde el momento en que Algernon me comentó que tenía un amigo llamado Ernesto, comprendí que estaba destinada a amarle.JACK.- ¿Me ama realmente, Gwendolen?
GWENDOLEN.- ¡Apasionadamente!
JACK.- ¡Alma mía! No sabe usted lo feliz que me hace.
GWENDOLEN.- ¡Mi Ernesto!
JACK.- ¿Pero no querrá decir usted que no me amaría si no me llamara Ernesto?
GWENDOLEN.- Pero usted se llama Ernesto.
JACK.- Sí, ya lo sé. Pero suponiendo que me llamase de otro modo, ¿no me amaría entonces?
GWENDOLEN.-
(Con volubilidad.) ¡Ah! Eso es sólo una especulación metafísica, y como la mayoría de las especulaciones metafísicas tiene muy poca relación con los hechos efectivos de la vida real, tal como los conocemos.JACK.- Personalmente, amor mío, lo digo con toda franqueza, no me preocupa llamarme Ernesto... Creo que ese nombre no me sienta del todo bien.
GWENDOLEN.- Le sienta perfectamente. Es un nombre divino. Tiene música propia. Produce vibraciones.
JACK.- La verdad, Gwendolen, debo confesar que hay, nombres mucho más bonitos. Creo que Jack, por ejemplo, es un nombre encantador.
GWENDOLEN.- ¿Jack?... No; tiene poquísima música, si es que realmente tiene alguna. No conmueve. No produce absolutamente ninguna vibración... He conocido varios Jacks, y todos ellos, sin excepción, eran de una fealdad extraordinaria. Además, Jack es el nombre familiar de Jhon, criados. Y yo compadezco a toda mujer que se casa con un hombre llamado Jhon. Probablemente nunca podrá conocer el extraordinario placer de un momento de soledad. Realmente, el único nombre que merece confianza es Ernesto.
JACK.- Gwendolen, es preciso que vaya a bautizarme..., digo, es preciso que nos casemos inmediatamente. No hay tiempo que perder.
GWENDOLEN.- ¿Casarnos, Mister Worthing?
JACK.-
(Atónito.) Naturalmente... Sabe usted que la amo, miss Fairfax, y usted me ha hecho creer que yo no le soy completamente indiferente.GWENDOLEN.- Le adoro. Pero usted no se me ha declarado todavía. No hemos hablado para nada de casamiento. No se ha tocado todavía ese asunto.
JACK.- Bueno... ¿Puedo declararme ahora?
GWENDOLEN.- Es una ocasión admirable. Y para evitarle cualquier desilusión, Mister Worthing, creo leal manifestarle con toda franqueza y de antemano que estoy completamente decidida a decirle que sí.
JACK.- ¡Gwendolen!
GWENDOLEN.- Sí, Mister Worthing, ¿qué tiene que decirme?
JACK.- Usted ya sabe lo que tengo que decirle.
GWENDOLEN.- Sí, pero usted no lo ha dicho.
JACK.- Gwendolen, ¿quiere casarse conmigo?
(Se arrodilla.)GWENDOLEN.- Claro que quiero, amor mío. ¡Cuánto ha tardado usted en decirlo! Creo que tiene usted muy poca experiencia en declaraciones.
JACK.- No he amado a nadie en el mundo más que a usted, encanto mío.
GWENDOLEN.- Sí, pero los hombres se declaran frecuentemente para ejercitarse. Sé que mi hermano Gerardo lo hace. Todas mis amigas me lo han dicho. ¡Qué maravillosos ojos azules tiene usted, Ernesto! Son completamente, completamente azules. Espero que me miré usted siempre así, sobre todo cuando haya gente delante.
(Entra Lady Bracknell.)LADY BRACKNELL.- ¡Mister Worthing! ¡Levántese usted, caballero, de esa postura semiacostada! Es muy indecorosa.
GWENDOLEN.- ¡Mamá!
(Él intenta levantarse; ella se lo impide.) Te ruego encarecidamente que te retires. Éste no es sitio para tí. Además, Mister Worthing no ha terminado todavía.LADY BRACKNELL.- ¿Terminado qué, si puedo preguntarlo?
GWENDOLEN.- Soy la prometida de Mister Worthing, mamá.
(Se levantan ambos.)LADY BRACKNELL.- Perdona, pero tú no eres la prometida de nadie. Cuando seas la prometida de alguien, yo, o tu padre, si su salud se lo permite, te lo comunicaremos. Un compromiso es una cosa que se debe decir a una muchacha como una sorpresa, agradable o desagradable, según el caso. No es asunto que pueda permitírsele arreglarlo por su cuenta... Y ahora tengo que hacerle unas cuantas preguntas, Mister Worthing. Mientras se las hago, tú, espérame abajo en el coche, Gwendolen.
GWENDOLEN.-
(En tono de reproche) ¡Mamá!LADY BRACKNELL.- ¡En el coche, Gwendolen!
(Gwendolen se dirige hacia la puerta. Ella y Jack se tiran besos por detrás de lady Bracknell. Lady Bracknell mira vagamente a su alrededor, como intentando comprender qué ruido es aquél. Por último, se vuelve.) ¡Gwendolen, al coche!GWENDOLEN.- Sí, mamá.
(Sale, volviéndose para mirar a Jack.)LADY BRACKNELL.-
(Sentándose.) Puede usted sentarse, Mister Worthing. (Saca de su bolsillo un cuadernito de notas y un lápiz.)JACK.- Gracias, lady Bracknell; prefiero estar de pie.
LADY BRACKNELL.-
(Lápiz y cuadernito en mano.) Me creo en la obligación de decirle que no está usted en mi lista de muchachos elegibles, aunque tengo la misma que mi querida duquesa de Bolton. En realidad, trabajamos juntas en estas ocasiones. Sin embargo estoy dispuesta a anotar su nombre si sus respuestas son las que requiere una madre que tiene cariño a su hija. ¿Fuma usted?JACK.- Pues, sí; debo admitir que fumo.
LADY BRACKNELL.- Me alegra saberlo. Un hombre siempre debe tener cualquier ocupación. Hay demasiados hombres ociosos en Londres. ¿Qué edad tiene?
JACK.- Veintinueve años.
LADY BRACKNELL.- Excelente edad para casarse. He pensado siempre que un hombre que desea casarse, debe saberlo todo o no saber nada ¿Cuál es su caso?
JACK.-
(Después de una ligera vacilación.) Yo no sé nada, lady Bracknell.LADY BRACKNELL.- Me alegro. No consiento la menor intromisión de la ignorancia natural. La ignorancia es como un delicado fruto exótico; si se la toca desaparecen las flores. La teoría de la educación moderna es completamente falsa. Afortunadamente, al menos en Inglaterra, la educación no produce el menor efecto. Si lo produjese, sería un serio peligro para las clases altas, y probablemente daría lugar a actos de violencia en Grosvenor Square. ¿Qué renta tiene usted?
JACK.- De siete a ocho mil libras al año.
LADY BRACKNELL.-
(Tomando nota en su cuadernito.) ¿En tierras o en inversiones?JACK.- En inversiones, principalmente.
LADY BRACKNELL.- Eso es satisfactorio. Entre los deberes que nos esperan durante la vida y los deberes que exigen después de la muerte, en todo caso la tierra ha dejado de ser un beneficio o un placer. Nos da a una posición pero nos impide mantenerla. Eso es todo lo que puede decirse de la tierra.
JACK.- Tengo una casa de campo con unas tierras anexas a ella,
son unos novecientos cuarenta acres, creo yo. Pero mi verdadera renta no depende de eso. En realidad, como he podido comprobar, los cazadores furtivos son los únicos que sacan algo de ella.
LADY BRACKNELL.- ¡Una casa de campo! ¿Cuántas alcobas? Bueno, ese punto puede aclararse después. ¿Supongo que tiene casa en la ciudad? Una muchacha con un carácter tan sencillo y bueno, como Gwendolen, ni pensar por un momento, en que viva en el campo.
JACK.- Sí, tengo una casa en la plaza de Belgravia, pero está alquilada por todo el año a lady Bloxham. Claro es que puedo disponer de ella siempre que le avise con seis meses de anticipación.
LADY BRACKNELL.- ¿Lady Bloxham? No la conozco.
JACK.- ¡Oh! Sale poquísimo. Es una señora de avanzada edad.
LADY BRACKNELL.- ¡Ah! Pero hoy en día eso no es una garantía de respetabilidad. ¿Qué número de la plaza de Belgravia?
JACK.- Ciento cuarenta y nueve.
LADY BRACKNELL.-
(Moviendo la cabeza) El lado que no está de moda. Ya me figuraba yo que había algo. Sin embargo, eso se puede modificar fácilmenteJACK.- ¿La moda o el lado?
LADY BRACKNELL.-
(Con seriedad.) Si es preciso ambos. ¿Qué es usted en política?JACK.- Pues, temo realmente no ser nada. Soy liberal unionista.
LADY BRACKNELL.- ¡Oh! Eso le coloca entre los conservadores. Cenan con nosotros. O vienen por la noche a las reuniones. Y ahora, vamos a los asuntos secundarios. ¿Sus padres viven?
JACK.- He perdido a los dos.
LADY BRACKNELL.- Perder a uno, Mister Worthing, puede
considerarse una desgracia; pero perder a los dos es una negligencia. ¿Quién era su padre? Evidentemente, un hombre de alguna fortuna. ¿Nació entre lo que los periódicos radicales llaman la púrpura del comercio?, ¿o encumbrado en la aristocracia?
JACK.- Realmente no lo sé. El hecho es, lady Bracknell, que dije que había perdido a mis padres. Estaría más cerca de la verdad decir que mis padres parecen haberme perdido... Actualmente no sé quién soy por mi nacimiento. Fui... bueno, fui encontrado.
LADY BRACKNELL.- ¡Encontrado!
JACK.- El difunto Mister Thomas Cardew, anciano caballeroso, de carácter muy caritativo y benévolo, me encontró y me dio el nombre de Worthing, porque en aquel momento tenía en su bolsillo un billete de primera clase para Worthing. Worthing es un pueblo del condado de Sussex. Es una playa concurrida.
LADY BRACKNELL.- ¿Dónde le encontró a usted ese caballero caritativo que tenía un billete de primera clase para esa playa concurrida?
JACK.-
(Gravemente.) En un saco de mano.LADY BRACKNELL.- ¿En un saco de mano?
JACK.-
(Con mucha seriedad.) Sí, lady Bracknell. En un saco de mano -un saco de mano relativamente grande, de cuero negro, con asas-; en fin, un saco de mano corriente.LADY BRACKNELL.- ¿En qué punto tropezó ese Mister James, o Thomas Cardew, con ese saco de mano corriente?
JACK.- En el guardarropa de la estación Victoria. Se lo dieron por equivocación.
LADY BRACKNELL.- ¿En el guardarropa de la estación Victoria?
JACK.- Sí. Línea de Brighton.
LADY BRACKNELL.- La línea no tiene importancia. Mister Worthing,
confieso que me siento un poco turbada. Nacer, o por lo menos haber sido criado en un saco de mano, ya sea con asas o sin ellas, me parece un desprecio al decoro de la vida de familia, que recuerda los peores excesos de la Revolución Francesa. ¿Y supongo que sabrá usted cuál fue el resultado aquel desafortunado movimiento? En cuánto al sitio exacto en el cual fue encontrado el saco de mano, el guardarropa de una estación de ferrocarril podría servir para ocultar una indiscreción social -y realmente es muy probable que haya sido utilizado para ese fin antes que ahora-, pero, en modo alguno, no podría considerarse como una base segura para cimentar una posición reconocida en la buena sociedad.
JACK.- ¿Puedo preguntarle qué me aconsejaría usted hacer? No necesito decirle que lo haría cualquier cosa para asegurar la felicidad de Gwendolen.
LADY BRACKNELL.- Le aconsejaría, Mister Worthing, que intentase adquirir lo antes posible algunos parientes, y que hiciera un esfuerzo para presentar, antes de que termine la temporada, por lo menos a uno de sus progenitores, de cualquier sexo.
JACK.- No veo cómo me va a ser posible hacer eso. Puedo presentar el saco de mano en cualquier momento. Lo tengo en mi casa. Creo realmente que podría usted darse por satisfecha con eso, lady Bracknell.
LADY BRACKNELL.- ¡Yo, caballero! ¿Qué tengo yo que ver con eso? ¡No se imaginará usted que yo y lord Bracknell vamos a cometer la locura de casar a nuestra única hija -una muchacha educada con el mayor cuidado-, en un guardarropa y tome como parentesco a un bulto de viaje! ¡Buenos días, Mister Worthing!
(Lady Bracknell sale rápidamente con una majestuosa indignación)JACK.- ¡Buenos días!
(Algernon, desde el aposento contiguo, toca una marcha nupcial. Jack, con aire muy furioso, se dirige hacia la puerta.) ¡Por Dios, no toques esa pieza fúnebre, Algy! ¡Qué idiota eres! (Cesa la música y entra Algernon, con cara risueña.)ALGERNON.- ¿Salió todo bien? ¿No me dirás que Gwendolen te rechazó? Sé que tiene esa costumbre. Siempre rechaza a sus pretendientes. Es su mayor defecto.
JACK.- ¡Oh! Con Gwendolen la cosa marcha bien. Por lo que a ella se refiere, estamos comprometidos. Su madre es intolerable. Nunca he tropezado con una Gorgona semejante... En realidad, no sé a qué se parece una Gorgona, pero estoy seguro de que lady Bracknell lo es. Es un monstruo, y no mitológico, lo que resulta más bien injusto... Perdóname, Algy. Creo que no debía hablar así de tu tía, delante de ti.
ALGERNON.- ¡Hombre, a mí me gusta oír hablar mal de mis parientes! Es lo único que me permite soportarlos. Los parientes son sencillamente un montón de gente fastidiosa, que no tiene la más remota noción de cómo hay que vivir, ni el más leve instinto de cuándo debe morirse.
JACK.- ¡Oh, eso es un disparate!
ALGERNON.- ¡No lo es!
JACK.- Bueno, no quiero discutirlo. Tú siempre quieres discutirlo todo.
ALGERNON.- Precisamente, para eso están hechas las cosas.
JACK.- Te doy mi palabra de que si yo pensara eso me mataría...
(Una pausa.) ¿Tú crees, Algy, que hay alguna probabilidad de que Gwendolen llegue a parecerse a su madre dentro de ciento cincuenta años?ALGERNON.- Todas las mujeres llegan a parecerse a sus madres. Esa es su tragedia. A los hombres, no les pasa eso. Y ésa es la suya.
JACK.- ¿Es cierto eso?
ALGERNON.- ¡Está perfectamente expresado! Y es tan cierto como puede serlo cualquier observación en la vida civilizada.
JACK.- Estoy harto de tanta inteligencia. Hoy todo el mundo es inteligente. No puedes ir a ninguna parte sin encontrarte con personas inteligentes. La cosa ha llegado a ser una verdadera calamidad pública. Le pido al cielo que deje unos cuantos tontos.
ALGERNON.- Los hay.
JACK.- Me gustaría mucho encontrarlos. ¿De qué hablan?
ALGERNON.- ¿Los tontos? ¡Oh! De los inteligentes, como es natural.
JACK.- ¡Qué tontos!
ALGERNON.- A propósito. ¿Le has dicho a Gwendolen la verdad, que eras Ernesto en Londres y Jack en el campo?
JACK.-
(Con aire de superioridad) Mi querido amigo, la verdad no es en absoluto lo que se dice a una muchacha bonita, agradable e inteligente. ¡Qué ideas más extraordinarias tienes sobre la manera de tratar a una mujer!ALGERNON.- La única manera de tratar a una mujer es hacerle el amor, si es bonita o hacérselo a otra, si es fea.
JACK.- ¡Oh! ¡Eso es una tontería!
ALGERNON.- ¿Y qué le has dicho de tu hermano, del perdido de Ernesto?
JACK.- ¡Oh! Antes de fin de semana me habré deshecho de él. Diré que ha muerto de apoplejía en París. Muchísima gente muere de apoplejía repentinamente, ¿verdad?
ALGERNON.- Sí, pero es una enfermedad hereditaria, chico. Es una cosa que viene de familia. Sería mejor decir que fue de un fuerte enfriamiento.
JACK.- ¿Estás seguro de que un fuerte enfriamiento no es hereditario, de que no es nada familiar?
ALGERNON.- Claro que no lo es.
JACK.- Entonces, muy bien. Mi pobre hermano Ernesto ha muerto repentinamente, en París, de un fuerte enfriamiento. Ya me he deshecho de él.
ALGERNON.- ¿Pero creo que dijiste que... miss Cardew mostraba demasiado interés por tu pobre hermano Ernesto? ¿No sufrirá ella mucho con su muerte?
JACK.- ¡Oh! La cosa irá bien. Cecily, no es una tonta y romántica muchacha. Tiene un apetito excelente, da largos paseos y no presta ninguna atención a sus lecciones.
ALGERNON.- Me gustaría realmente conocer a Cecily.
JACK.- Tendré mucho cuidado en impedirlo. Es muy bonita y sólo tiene dieciocho años recién cumplidos.
ALGERNON.- ¿Y le has dicho a Gwendolen que tienes una pupila, excesivamente bonita, de dieciocho años recién cumplidos?
JACK.- ¡Oh! No hay que hablar con la gente de estas cosas. Además seguro que Cecily y Gwendolen acabarán por ser íntimas amigas. Te apuesto lo que quieras a que a la media hora de conocerse se llamaran mutuamente hermanas.
ALGERNON.- Las mujeres sólo hacen eso después de que se han llamdo otra porción de cosas. Ahora, mi querido amigo, si queremos tener una buena mesa en Willis, necesitamos ir a vestirnos en seguida. ¿Sabes que son cerca de las siete?
JACK.-
(En tono irritado.) ¡Oh! Siempre son cerca de las siete.ALGERNON.- Bueno, pero yo tengo hambre.
JACK.- Sería la primera vez que supiese que no la tienes.
ALGERNON.- ¿Qué haremos después de cenar? ¿Ir al teatro?
JACK.- ¡Oh, no! Me aburre escuchar.
ALGERNON.- Bueno, iremos al Club.
JACK.- ¡Oh, no! Odio hablar.
ALGERNON.- Bueno, podemos dar una vuelta por el Empire a las diez.
JACK.- ¡Oh, no! Me resulta insoportable ver cosas. ¡Es tan tonto!
ALGERNON.- Entonces, ¿qué haremos?
JACK.- ¡Nada!
ALGERNON.- Es muy duro no hacer nada. Y yo no estoy dispuesto a hacer ese terrible trabajo, cuando no tiene alguna finalidad...
(Entra Lane.)LANE.- Miss Fairfax.
(Entra Gwendolen
. Sale Lane.)ALGERNON.- ¡Gwendolen!
GWENDOLEN.- Algy, ten la bondad de volverte de espaldas. Tengo que decir algo muy particular a Mister Worthing.
ALGERNON.- Realmente, Gwendolen, no creo que deba permitir eso de ninguna manera.
GWENDOLEN.- Algy, tú siempre adoptas una actitud perfectamente inmoral frente a la vida. No eres aún lo suficientemente viejo para eso.
(Algernon se retira hacia la chimenea.)JACK.- ¡Vida mía!
GWENDOLEN.- Ernesto, puede que nunca nos casemos. Por la expresión de mamá, temo que jamás lo estemos. Hoy día son pocos los padres que hacen caso de lo que dicen sus hijos. El antiguo respeto hacia los jóvenes desaparece rápidamente. Si alguna vez tuve cierta influencia sobre mamá, la perdí a los tres años. Pero aunque ella pueda impedirnos llegar a ser marido y mujer, aunque yo pueda casarme con otro y casarme muchas veces, nada de lo que haga podrá alterar mi eterno amor hacia usted.
JACK.- ¡Querida Gwendolen!
GWENDOLEN.- La historia de su romántico origen, tal como me la ha contado mamá, con comentarios desagradables, ha conmovido las fibras más profundas de mi ser. Su nombre de pila tiene un encanto irresistible. La sencillez de su carácter le hace a usted exquisitamente incomprensible para mí. Tengo sus señas de la ciudad. ¿Cuáles son en el campo?
JACK.- Manor House, Woolton, condado de Hertford.
(Algernon, que ha estado escuchando atentamente, se sonríe para sí mismo y escribe las señas en un puño de la camisa. Luego toma la Guía de Ferrocarriles.)GWENDOLEN.- ¿Supongo que habrá un buen servicio de Correos? Puede ser necesario hacer alguna cosa desesperada. Claro es que eso requeriría de una seria reflexión. Me comunicaré con usted a diario.
JACK.- ¡Vida mía!
GWENDOLEN.- ¿Cuánto tiempo permanecerá en la ciudad?
JACK.- Hasta el lunes.
GWENDOLEN.- ¡Bien! Algy, ya puedes volverte.
ALGERNON.- Gracias; ya me he vuelto.
GWENDOLEN.- Puedes también llamar al timbre.
JACK.- ¿Me permite usted que la acompañe hasta su coche, encanto mío?
GWENDOLEN.- Claro que sí.
JACK.-
(A Lane, que acaba de entrar.) Yo acompañaré a miss Fairfax.LANE.- Bien, señor.
(Salen Jack y Gwendolen. Lane presenta a Algernon varias cartas en una bandeja. Puede suponerse que son facturas, pues Algernon, después de mirar los sobres, las rompe.)ALGERNON.- Una copa de Jerez, Lane.
LANE.- Sí, señor.
ALGERNON.- Mañana, Lane, voy a Bunburyzar.
LANE.- Bien, señor.
ALGERNON.- Probablemente no volveré hasta el lunes. Puede usted prepararme el frac, el smoking y el vestuario completo de Bunbury...
LANE.- Bien, señor,
(Deja el Jerez sobre la mesa.)ALGERNON.- Espero que hará buen día mañana, Lane.
LANE.- Nunca hace buen día, señor.
ALGERNON.- Lane, es usted un perfecto pesimista.
LANE.- Hago lo que puedo para agradar, señor.
(Entra
Jack. Sale Lane.)JACK.- ¡Qué muchacha sensata y tan inteligente! La única muchacha que me ha gustado en mi vida.
(Algernon se ríe a carcajadas.) ¿Qué es lo que te divierte tanto?ALGERNON.- ¡Oh! Estoy preocupado por el pobre Bunbury, eso es todo.
JACK.- Si no tienes cuidado, tu amigo Bunbury te meterá en un lío serio algún día.
ALGERNON.- Me gustan los líos. Son las únicas cosas que no han sido nunca serias.
JACK.- ¡Oh! Esas son tonterías, Algy. No dices nunca más que tonterías.
ALGERNON.- Nadie hace otra cosa.
(Jack le mira con indignación y sale del cuarto. Algernon enciende un cigarrillo, lee lo que ha escrito en el puño de su camisa y sonríe.)
CAE EL TELÓN
Acto Segundo
Decoración
Jardín en la residencia solariega, en Woolton. Una escalinata de piedra gris conduce a la casa. El jardín, un jardín a la antigua, está lleno de rosas. Época, el mes de julio. Unos sillones de mimbre y una mesa cubierta de libros están colocados bajo un corpulento tejo. Miss Prism aparece sentada ante la mesa. Al fondo, Cecily regando las flores.
MISS PRISM.-
(Llamando.) ¡Cecily! ¡Cecily! Indudablemente una ocupación tan utilitaria como la de regar flores es más bien una obligación de Moulton y no suya. Sobre todo en los momentos en que están esperándola los placeres intelectuales. Su gramática alemana está sobre la mesa. Tenga usted la bondad de abrirla por la página 15. Repetiremos la lección de ayer.CECILY.-
(Acercándose muy despacio.) ¡Pero a mí no me gusta el alemán! Es una lengua que no sienta absolutamente nada bien. Sé perfectamente que parezco feísima después de mi lección de alemán.MISS PRISM.- Hija mía, ya sabe usted el afán que tiene su tutor porque adelante usted en todo. Ayer, al marchar a la ciudad, insistió especialmente sobre el alemán. En realidad, insiste siempre sobre el alemán cuando va a la ciudad.
CECILY.- ¡Es tan serio mi querido tío! A veces lo es tanto, que llego a creer si no se encuentra del todo bien.
MISS PRISM.-
(Con firmeza.) Su tutor goza de una salud inmejorable, y la gravedad de su carácter es particularmente encomiable en un hombre joven como él. No conozco a nadie que tenga un sentido tan alto del deber y de la responsabilidad.CECILY.- Supongo que por eso parece muchas veces aburrido, cuando estamos los tres juntos.
MISS PRISM.- ¡Cecily! Me sorprende usted. Mister Worthing tiene muchas preocupaciones en su vida. La alegría sin motivo y la frivolidad resultarían fuera de lugar en su conversación. Debe usted recordar la inquietud constante por su hermano, ese desgraciado joven.
CECILY.- Yo quisiera que el tío Jack permitiese a su hermano, venir por aquí de cuando en cuando. Podríamos ejercer una influencia benéfica sobre él, Miss Prism. Estoy segura de que usted la ejercería realmente. Usted sabe alemán y geología, y esa clase de cosas influyen muchísimo sobre un hombre.
(Cecily empieza a escribir en su diario.)MISS PRISM.-
(Moviendo la cabeza.) No creo que yo produjese el menor efecto en un carácter que, según confiesa su mismo hermano, es irremediablemente débil y vacilante. A decir verdad, no estoy muy segura de que quisiera yo reformarle. No soy partidaria de esa manía moderna de convertir a las personas malas en buenas, en un santiamén. Que cada cual recoja lo que sembró. Debe usted dejar su diario, Cecily. Realmente, no comprendo en absoluto por qué lleva usted un diario.CECILY.- Para anotar los secretos maravillosos de mi vida. Si no los escribiese, probablemente los olvidaría por completo.
MISS PRISM.- La memoria, mi querida Cecily, es el diario que todos llevamos con nosotros.
CECILY.- Sí, pero generalmente registra sólo las cosas que no han sucedido nunca, ni podrán suceder. Yo creo que la memoria es responsable de casi todas las novelas en tres tomos que Mudie nos remite.
MISS PRISM.- No hable usted con desprecio de las novelas en tres tomos, Cecily. Yo también escribí una en mi juventud.
CECILY.- ¿De verdad, miss Prism? ¡Qué prodigiosamente inteligente es usted! Me imagino que tenía un final feliz. No me gustan las novelas que acaban bien. Me deprimen muchísimo.
MISS PRISM.- Los buenos acaban bien y los malos acaban mal. Es decir, eso propone la Ficción.
CECILY.- Supongo. Pero me parece injusto. ¿Y se publicó su
novela?
MISS PRISM.- ¡Oh, no! Desgraciadamente el manuscrito fue abandonado.
(Cecily se estremece.) Uso la palabra en el sentido de perdido o traspapelado. Estas consideraciones no son necesarias para sus trabajos.CECILY.-
(Sonriendo) Veo a nuestro querido doctor Chasuble, que viene por el jardín.MISS PRISM.-
(Levantándose y yendo hacia él.) ¡El doctor Chasuble! Es para mí una verdadera satisfacción. (Entra el canónigo Chasuble.)CHASUBLE.- ¿Cómo están esta mañana? ¿Supongo que estará usted bien, miss Prism?
CECILY.- Miss Prism se quejaba hace un momento de un poco de jaqueca. Yo creo que la sentaría muy bien dar una vueltita con usted por el parque, doctor Chasuble.
MISS PRISM.- Cecily, yo no he hablado para nada de jaqueca.
CECILY.- No, mi querida miss Prism, ya lo sé, pero yo he sentido instintivamente que usted tenía jaqueca. Realmente en eso estaba yo pensando y no en mi lección de alemán, cuando ha llegado el rector.
CHASUBLE.- Espero, Cecily, que no será usted una distraída.
CECILY.- ¡Oh! Temo que sí.
CHASUBLE.- Es raro. Si yo tuviera la suerte de ser discípulo de miss Prism, estaría pendiente de sus labios.
(Miss Prism abre mucho los ojos.) Hablo metafóricamente... Mi metáfora estaba tomada de las abejas. ¡Ejem! ¿Supongo que Mister Worthing no ha regresado todavía de Londres?MISS PRISM.- No le esperamos hasta el lunes por la tarde.
CHASUBLE.- ¡Ah, sí! Generalmente le gusta pasar el domingo en Londres. No es de los que piensan únicamente en divertirse, como parece ser el caso de ese desdichado joven, hermano suyo. Pero no debo distraer más a Egeria y su discípula.
MISS PRISM.- ¿Egeria? Me llamo Leticia, doctor.
CHASUBLE.-
(Inclinándose.) Es sólo una alusión clásica, tomada de los autores paganos. ¿Las veré a las dos en el oficio de Vísperas de esta tarde?MISS PRISM.- Me parece, querido doctor, que voy a dar una vueltecita con usted. Realmente noto que tengo jaqueca y un paseo puede sentarme bien.
CHASUBLE.- Con mucho gusto, miss Prism; encantado. Podemos ir hasta las escuelas y volver.
MISS PRISM.- Eso resultará delicioso. Cecily, estudie usted su lección de Economía política, durante mi ausencia. El capítulo sobre el descenso de la rupia puede saltarlo. Es demasiado sensacional. Hasta esos problemas monetarios tienen su lado melodramático.
(Se va por el jardín con el doctor Chasuble.)CECILY.-
(Recogiendo los libros y tirándolos sobre la mesa) ¡Fuera la horrible Economía política! ¡Fuera la horrible Geografía! ¡Fuera, fuera, el horrible alemán! (Entra Merriman con una tarjeta sobre una bandeja.)MERRIMAN.- Mister Ernesto Worthing acaba de llegar de la estación. Ha traído su equipaje.
CECILY.-
(Tomando la tarjeta y leyéndola.) «Mister Ernesto Worthing, B. 4, The Albany, W.» ¡El hermano del tío Jack! ¿Le ha dicho usted que Mister Worthing está en la ciudad?MERRIMAN.- Sí, señorita. Y me ha parecido muy contrariado. Le he dicho que usted y miss Prism estaban en el jardín. Dijo que tenía mucho interés en hablar con usted un momento a solas.
CECILY.- Dígale a Mister Ernesto Worthing que venga aquí. Y creo que haría usted bien en indicar al ama de llaves que le prepare una habitación.
MERRIMAN.- Bien, señorita.
(Sale, Merriman.)CECILY.- Nunca he conocido a alguien verdaderamente malo.
Me siento un poco asustada. Espero que se parezca a todos los demás. ¡Y se parece!
(Entra Algernon muy alegre y desenvuelto.)ALGERNON.-
(Quitándose el sombrero.) Seguramente usted es mi pequeña prima Cecily.CECILY.- Está usted en un gran error. No soy pequeña. En realidad creo que soy más alta que personas de mi edad.
(Algernon la contempla un poco asombrado.) Pero soy la prima Cecily. Ya veo por su tarjeta que es usted el hermano del tío Jack, mi primo Ernesto, el bribón de mi primo Ernesto.ALGERNON.- ¡Oh! Yo no soy un bribón ni mucho menos, prima Cecily. No vaya usted a creer que soy un bribón.
CECILY.- Si no lo es, usted nos ha estado engañando a todos, indudablemente de la manera más imperdonable. Espero que no haya llevado usted una doble vida, fingiéndose un bribón y siendo en realidad un hombre bueno siempre. Eso sería una hipocresía.
ALGERNON.-
(Mirándola con estupefacción.) ¡Oh! Claro que he sido un poco atolondrado.CECILY.- Me alegra saberlo.
ALGERNON.- Verdaderamente, puesto que usted habla de eso, he sido todo lo malo que he podido en mi breve vida.
CECILY.- No creo que deba usted envanecerse de ello, aunque seguramente ha sido muy agradable.
ALGERNON.- Mucho más agradable es estar aquí con usted.
CECILY.- Lo que no puedo comprender es cómo está usted aquí. El tío Jack volverá el lunes por la tarde.
ALGERNON.- Es una gran contrariedad. Debo marcharme el lunes por la mañana, en el primer tren. Tengo una cita de negocios a la que me interesa muchísimo... faltar.
CECILY.- ¿Y no podría usted faltar en cualquier sitio que no fuese en Londres?
ALGERNON.- No; la cita es en Londres.
CECILY.- Naturalmente ya sé, lo importante que es, no acudir a una cita de negocios, cuando se quiere conservar cierto sentido de la belleza de la vida, pero, sin embargo, creo que haría usted mejor en esperar el regreso del tío Jack. Sé que desea hablar con usted de su emigración.
ALGERNON.- ¿De mi qué?
CECILY.- De su emigración. Ha ido a comprarle todo lo necesario.
ALGERNON.- No permitiré de ninguna manera que Jack me compre nada. No tiene gusto en absoluto para las corbatas.
CECILY.- No creo que necesite corbatas. El tío Jack piensa enviarle a usted a Australia.
ALGERNON.- ¡A Australia! Antes la muerte.
CECILY.- Pues el miércoles por la noche, durante la cena, dijo que tendría usted que elegir entre este mundo, el otro mundo y Australia.
ALGERNON.- ¡Ah! Las noticias que he recibido de Australia y del otro mundo no son particularmente alentadoras. Este mundo es bastante bueno para mí, prima Cecily.
CECILY.- Sí, ¿pero es usted bastante bueno para él?
ALGERNON.- Temo no serlo. Por eso quiero que me reforme usted. Ésa puede ser su misión, si no le parece mal.
CECILY.- Temo que esta tarde no tendré tiempo.
ALGERNON.- Bueno, ¿le parece a usted que me reforme a mí mismo esta tarde?
CECILY.- Sería un poco quijotesco de su parte. Pero creo que debería intentarlo.
ALGERNON.- Lo intentaré. Ya me siento mejor.
CECILY.- Pues parece que está usted peor.
ALGERNON.- Es porque tengo hambre.
CECILY.- ¡Qué descuido! Debía recordar que cuando uno va a empezar una vida completamente nueva hay que hacer comidas metódicas y sanas. ¿Quiere usted entrar?
ALGERNON.- Gracias. ¿Podría llevarme una flor para el ojal? Nunca tengo apetito si no llevo una flor en el ojal.
CECILY.- ¿Una Mariscal Niel?
(Coge unas tijeras.)ALGERNON.- Prefiero una rosa.
CECILY.- ¿Por qué?
(Corta una flor.)ALGERNON.- Porque usted es como una rosa, prima Cecily.
CECILY.- No creo que deba hablar usted como me habla. Miss Prism no me dice nunca esas cosas.
ALGERNON.- Entonces Miss Prim es miope.
(Cecily le pone la rosa en el ojal.) Es usted la muchacha más bonita que he visto en mi vida.CECILY.- Miss Prism, dice que los encantos físicos son una trampa.
ALGERNON.- Una trampa en la que todo hombre sensato querría dejarse atrapar.
CECILY.- ¡Oh! A mí no me gustaría atrapar a un hombre sensato. No sabría de qué hablar con él.
(Entran en la casa. Miss Prism y el doctor Chasuble vuelven.)MISS PRISM.- Está usted muy solo, mi querido doctor Chasuble, Debería casarse. Puedo entender que hayan misántropos, ¡pero un mujerántropo jamás!
CHASUBLE.-
(Con un escalofrío de hombre docto.) Créame, no merezco un vocablo de tan marcado neologismo. El precepto, así como la práctica de la Iglesia primitiva, eran claramente opuestos al matrimonio.MISS PRISM.-
(Sentenciosamente.) Sin duda alguna esa es la razón de que la Iglesia primitiva no haya durado hasta nuestros días. Y usted parece no darse cuenta, mi querido doctor, de que un hombre que se empeña en permanecer soltero se convierte en una perpetua tentación pública. Los hombres deberían ser más prudentes; su celibato mismo es el que pierde a las naturalezas frágiles.CHASUBLE.- ¿Pero es que un hombre no tiene el mismo atractivo cuando está casado?
MISS PRISM.- Un hombre casado sólo tiene atractivo para su mujer.
CHASUBLE.- Y según me han dicho, muchas veces ni siquiera para ella.
MISS PRISM.- Eso depende de las simpatías intelectuales de la mujer. Se puede siempre confiar en la madurez. Las mujeres jóvenes están verdes.
(El doctor Chasuble se estremece.) Hablo en lenguaje de horticultura. Mi metáfora está tomada de las frutas. ¿Pero dónde está Cecily?CHASUBLE.- Tal vez nos ha seguido a las escuelas.
(Entra Jack muy despacio por el fondo del jardín. Viene vestido de luto riguroso, con una gasa negra sobre la cinta del sombrero y guantes negros.)MISS PRISM.- ¡Mister Worthing!
CHASUBLE.- ¿Mister Worthing?
MISS PRISM.- ¡Qué sorpresa! No le esperábamos hasta el lunes por la tarde.
JACK.-
(Estrechando la mano de Miss Prism con ademán trágico.) Regresé antes de lo que esperaba. ¿Supongo que estará usted bien, doctor Chasuble?CHASUBLE.- Mi querido Mister Worthing, ¿espero que ese traje de luto no signifique que ha ocurrido alguna desgracia?
JACK.- Mi hermano.
MISS PRISM.- ¿Más deudas vergonzosas, más locuras?
CHASUBLE.- ¿Sigue llevando esa vida de placer?
JACK.-
(Inclinando la cabeza.) ¡Muerto!CHASUBLE.- ¿Su hermano Ernesto ha muerto?
JACK.- Del todo.
MISS PRISM.- ¡Qué lección para él! Espero que le sirva.
CHASUBLE.- Mister Worthing, le doy mi sincero pésame. Al menos tiene el consuelo de saber que ha sido siempre el más generoso e indulgente de los hermanos.
JACK.- ¡Pobre Ernesto! Tenía muchos defectos, pero es un golpe doloroso, muy doloroso.
CHASUBLE.- Ciertamente. ¿Estuvo usted con él en sus últimos momentos?
JACK.- No. Murió en el extranjero; en París. Recibí anoche un telegrama del gerente del Gran Hotel.
CHASUBLE.- ¿Cuál fue la causa de la muerte?
JACK.- Un fuerte enfriamiento, según parece.
MISS PRISM.- Cada hombre recoge lo que siembra.
CHASUBLE.-
(Levantando la mano.) ¡Caridad, mi querida miss Prism; caridad! Ninguno de nosotros es perfecto. Yo mismo tengo una debilidad especial por el juego de las damas. ¿Y el entierro, tendrá lugar aquí?JACK.- No. Parece que expresó el deseo de ser enterrado en París.
CHASUBLE.- ¡En París!
(Moviendo la cabeza.) Temo que ese detalle demuestra su poca sensatez aún en los últimos momentos. Deseará usted, sin duda, que haga yo alguna ligera alusión a esta desgracia doméstica el próximo domingo. (Jack le aprieta la mano convulsivamente.) Mi sermón sobre el significado del maná en el desierto puede adaptarse a casi todas las situaciones alegres o, como en este caso, luctuosas. (Todos suspiran.) Lo he predicado en fiestas de segadores, en bautizos, confirmaciones, días de penitencia y días solemnes. La última vez que lo pronuncié fue en la Catedral, como sermón de caridad a beneficio de la sociedad para prevenir el descontento entre las clases altas. Al obispo, que estaba presente, le causaron mucha impresión algunas de las comparaciones que hice.JACK.- ¡Ah! Ahora que mencionó los bautizos, doctor Chasuble me recuerda que tengo que pedirle algo. ¿Supongo que sabrá usted bautizar muy bien?
(El doctor Chasuble se queda estupefacto.) Quiero decir como es natural, que estará usted bautizando continuamente, ¿verdad?MISS PRISM.- Siento decir que ése es uno de los deberes más constantes del rector en esta parroquia. Yo he hablado más de una vez a las clases menesterosas sobre ese asunto. Pero parecen ignorar lo que es el ahorro.
CHASUBLE.- Pero, ¿hay algún niño determinado por quien se interesa usted, Mister Worthing? Su hermano creo que era soltero, ¿verdad?
JACK.- ¡Oh, sí!
MISS PRISM.-
(Con amargura.) La gente que vive sólo para el placer nunca suele casarse.JACK.- No es para ningún niño, mi querido doctor. Me gustan mucho los niños. ¡No! El caso es que yo quisiera ser bautizado esta tarde, sí no tiene usted nada mejor que hacer.
CHASUBLE.- ¿Pero seguramente, Mister Worthing, estará usted ya bautizado?
JACK.- No recuerdo absolutamente nada.
CHASUBLE.- ¿Tiene usted alguna duda grave sobre eso?
JACK.- Creo tenerla. No sé si le parecerá a usted que soy un poco viejo.
CHASUBLE.- No, por cierto. La aspersión y hasta la inmersión de los adultos son prácticas, perfectamente canónicas.
JACK.- ¡La inmersión!
CHASUBLE.- No se preocupe. Basta con la aspersión, y es lo que aconsejo. ¡Está el tiempo tan variable! ¿A qué hora desea usted que se efectúe la ceremonia?
JACK.- ¡Oh! A las cinco, si a usted no le parece mal.
CHASUBLE.- ¡Perfectamente, perfectamente! Tengo dos ceremonias similares a esa hora. Han nacido recientemente dos gemelos en una de las quintas alejadas esta casa. Son del pobre Jenkins, el carretero, un hombre muy trabajador.
JACK.- ¡Oh! Me parece chistoso ser bautizado en compañía de unos bebés. Sería infantil. ¿Le parece a las cinco y media?
CHASUBLE.- ¡Admirablemente! ¡Admirablemente!
(Saca el reloj.) Y ahora, mi querido Mister Worthing, no quiero molestar más en su casa, sumida en la pesadumbre. Le aconsejaría tan solo que no se deje abatir demasiado por el dolor. Lo que nos parece pruebas amargas, son muchas veces beneficios disfrazados.MISS PRISM.- Esto me parece un beneficio evidente.
(Entra Cecily, que viene de la casa.)CECILY.- ¡Tío Jack! ¡Oh! Me alegra muchísimo que estés ya de vuelta. ¡Pero qué traje tan horrible llevas! Ve a cambiarte pronto.
MISS PRISM.- ¡Cecily!
CHASUBLE.- ¡Hija mía! ¡Hija mía!
(Cecily se dirige hacia Jack; éste la besa en la frente con aire melancólico.)CECILY.- ¿Qué ocurre, tío Jack? ¡Pónte alegre! Parece que tienes dolor de muelas. ¡Tengo una sorpresa! ¿Quién crees que está en el comedor? ¡Tu hermano!
JACK.- ¿Quién?
CECILY.- Tu hermano Ernesto. Ha llegado hace media hora.
JACK.- ¡Qué disparate! Ya no tengo hermano.
CECILY.- ¡Oh, no digas eso! Aunque se haya portado mal, no por eso deja de ser tu hermano. No puedes tener tan poco corazón como para renegar de él. Voy a decirle que salga. Y se estrecharán las manos, ¿verdad, tío Jack?
(Corriendo, vuelve a entrar en la casa.)CHASUBLE.- Estas sí que son noticias alegres.
MISS PRISM.- Después de estar todos resignados a su pérdida, ese retorno inesperado me parece singularmente calamitoso.
JACK.- ¿Que mi hermano está en el comedor? No sé qué querrá decir todo esto. Lo encuentro completamente absurdo.
(Entran Algernon y Cecily, cogidos de la mano. Se dirigen muy despacio hacia Jack.)
JACK.- ¡Santo Dios!
(Con un gesto ordena a Algernon que se marche.)ALGERNON.- Hermano, he venido para decirte que siento muchísimo todos los disgustos que te he dado y que intentaré desde ahora llevar una vida mejor.
(Jack le mira con ojos furibundos y no le tiende la mano.)CECILY.- Tío Jack, ¿te negarás a estrechar la mano de tu propio hermano?
JACK.- Nada en el mundo me moverá a estrechar su mano. Su venida aquí me parece ignominiosa. Él sabe muy bien por qué.
CECILY.- Tío Jack, siempre hay algo bueno en todo el mundo. Ernesto me hablaba precisamente de su pobre amigo paralítico, Mister Bunbury, al que visita con mucha frecuencia. Y seguramente tiene que haber mucha bondad en quien la tiene con un enfermo, y renuncia a los placeres de Londres para sentarse junto a un lecho de dolor.
JACK.- ¡Oh! Te ha estado hablando de Bunbury, ¿verdad?
CECILY.- Sí, me ha contado todo sobre ese pobre Mister Bunbury, y su terrible estado de salud.
JACK.- ¡Bunbury! Bueno, pues no quiero que vuelva a hablarte
de Bunbury ni de nada. ¡Es para volverse completamente loco!
ALGERNON.- Naturalmente reconozco que es mía toda la culpa. Pero debo decir que la frialdad de mi hermano me es particularmente dolorosa. Esperaba una acogida más calurosa, sobre todo porque es la primera vez que vengo aquí.
CECILY.- Tío Jack, si no le das la mano a Ernesto, no te lo perdonaré nunca.
JACK.- ¿No me perdonarás nunca?
CECILY.- ¡Nunca, nunca, nunca!
JACK.- Bueno, es la última vez que lo hago.
(Le da la mano a Algernon, furioso.)CHASUBLE.- ¿Es muy agradable presenciar una reconciliación tan perfecta? Creo, que debíamos dejar solos a los dos hermanos.
MISS PRISM.- Cecily, ¿tendrá usted la bondad de venirle con nosotros?
CECILY.- Claro que sí, miss Prism. Mi pequeña tarea de reconciliación ha terminado.
CHASUBLE.- Ha hecho usted una acción muy hermosa, hija mía.
MISS PRISM.- No debemos ser prematuros en nuestros juicios.
CECILY.- Me siento muy feliz.
(Salen todos; menos Jack y Algernon.)
JACK.- Y tú, Algy, eres un sinvergüenza, tienes que irte de aquí lo antes posible. ¡No te permito Bunburysar aquí!
(Entra Merriman.)
MERRIMAN.- He puesto las cosas de Mister Ernesto en la habitación contigua a la del señor. ¿Supongo que estará bien?
JACK.- ¿Qué?
MERRIMAN.- El equipaje de Mister Ernesto. Lo he puesto en la habitación contigua a la del señor.
JACK.- ¿Su equipaje?
MERRIMAN.- Sí, señor. Tres maletas, un neceser de viaje, dos sombrereras y una cesta grande.
ALGERNON.- Temo no poder quedarme más de una semana.
JACK.- Merriman, haga preparar el coche en seguida. Mister Ernesto tiene que regresar repentinamente a Londres.
MERRIMAN.- Bien, señor.
(Vuelve a la casa.)ALGERNON.- ¡Qué embustero eres, Jack! Yo no tengo que regresar a la ciudad en absoluto.
JACK.- Ya lo creo que tienes que regresar.
ALGERNON.- No sabía que me llamaba nadie.
JACK.- Tu deber de caballero te llama allí.
ALGERNON.- Mi deber de caballero nunca se ha interpuesto en mis diversiones.
JACK.- Lo comprendo perfectamente.
ALGERNON.- Además, Cecily es encantadora.
JACK.- No hables de miss Cardew. Me desagrada muchísimo.
ALGERNON.- Bueno, y a mí no me gusta nada tu traje. Te da un aspecto muy ridículo. ¿Por qué demonios no vas a cambiarte de ropa? Resulta una completa niñería ponerse de luto riguroso por un hombre que va a pasarse de hecho una semana entera contigo, en tu casa, en calidad de huésped. Yo lo califico de grotesco.
JACK.- Ten la seguridad de que no te quedas conmigo una semana entera ni como huésped ni como nada. Vas a marcharte... en el tren de las cuatro y cinco.
ALGERNON.- No me marcharé de tu casa mientras estés de luto. Sería una falta de amistad. Supongo que si yo estuviera de luto te quedarías acompañándome, y si no lo hicieras sería muy poco cariñoso.
JACK.- Bueno; ¿si me cambio de traje te marcharás?
ALGERNON.- Sí, si no tardas demasiado. Nunca he visto a nadie que tarde tanto en vestirse y con tan pobre resultado.
JACK.- Es mejor es eso que ir siempre tan excesivamente elegante como tú.
ALGERNON.- Si algunas veces voy excesivamente elegante, lo compenso siendo siempre excesivamente educado.
JACK.- Tu vanidad es ridícula, tu conducta un ultraje y tu presencia en mi jardín completamente absurda. Sea como fuere, tendrás que tomar el tren de las cuatro y cinco y te desearé buen viaje de vuelta. Este Bunburysmo, como tú lo llamas, no ha sido un gran éxito para ti.
(Se interna en la casa.)ALGERNON.- Yo creo que ha sido un gran éxito. ¡Estoy enamorado de Cecily!
(Entra Cecily por el fondo del jardín. Coge la regadera y se pone a regar las flores.) Pero debo verla antes de irme, y arreglar todo para otro Bunburismo. ¡Ah, está aquí!CECILY.- ¡Oh! No he vuelto más que a regar las rosas. Creí que estaba usted con el tío Jack.
ALGERNON.- Ha ido pedir que enganchen el coche para mí.
CECILY.- ¡Ah! ¿Va a llevarle a dar un buen paseo?
ALGERNON.- Va a echarme.
CECILY.- Entonces, ¿tenemos que separarnos?
ALGERNON.- Temo que sí. Es una despedida muy dolorosa.
CECILY.- Siempre es doloroso separarse de las personas que ha conocido uno recientemente. La ausencia de los antiguos amigos puede sobrellevarse con serenidad. Pero separarse, aun siendo momentáneamente, de alguien que acaban de presentarnos, es casi intolerable.
ALGERNON.- Gracias.
(Entra Merriman.)
MERRIMAN.- El coche está en la puerta, señor.
(Algernon mira suplicante a Cecily.)CECILY.- Diga que espere... cinco minutos, Merriman.
MERRIMAN.- Bien, señorita.
(Sale
Merriman.)ALGERNON.- Espero, Cecily, que no la ofenderé si le digo con toda franqueza, que me parece que usted es la personificación visible de la perfección absoluta.
CECILY.- Creo que su franqueza le honra, Ernesto. Si usted me lo permite, copiaré sus observaciones en mi diario.
(Va hacia la mesa y se pone a escribir en el diario.)ALGERNON.- ¿Lleva usted un diario? Daría cualquier cosa por verlo. ¿Me permite?
CECILY.- ¡Oh, no!
(Coloca su mano sobre el diario.) Esto es, simplemente, la relación de los pensamientos e impresiones de una muchacha muy joven, y está hecho, por consiguiente, con la intención de publicarlo. Cuando aparezca en volumen, espero adquiera usted un ejemplar. Pero continúe usted, Ernesto; se lo ruego. Me encanta escribir al dictado. Me he quedado en «perfección absoluta». Puede continuar. Estoy dispuesta a seguir escribiendo.ALGERNON.-
(Algo cortado.) ¡Ejem! ¡Ejem!CECILY.- ¡Oh, no tosa, Ernesto! Cuando se dicta hay que hablar con soltura y sin toser. Además, no sé cómo se escribe tos.
(Va escribiendo a medida que habla Algernon.)ALGERNON.-
(Hablando muy rápido) Cecily, desde que contemplé por primera vez su maravillosa e incomparable belleza, me he atrevido a amarla locamente, apasionadamente, fervorosamente, desesperadamente.CECILY.- Yo creo que no debía decir que me ama locamente, apasionadamente, fervorosamente, desesperadamente. Desesperadamente parece no tener mucho sentido, ¿verdad?
ALGERNON.- ¡Cecily!
(Entra Merriman.)MERRIMAN.- Señor, el coche está esperando.
ALGERNON.- Dígale que vuelva la semana próxima, a la misma hora.
MERRIMAN.-
(Mirando a Cecily, que no le hace ningún caso.) Bien, señor. (Vase Merriman.)CECILY.- El tío Jack se disgustará mucho si supiera que iba a quedarse hasta la semana próxima, a la misma hora.
ALGERNON.- ¡Oh! No me importa Jack en absoluto. No me preocupa nadie en el mundo excepto usted. La amo, Cecily. ¿Quiere casarse conmigo?
CECILY.- ¡Tontín! Claro que sí. ¡Como que somos novios hace ya tres meses!
ALGERNON.- ¿Hace tres meses?
CECILY.- Sí, el jueves hará tres meses justos.
ALGERNON.- Pero, ¿y cómo nos hemos hecho novios?
CECILY.- Desde que el querido tío Jack nos confesó que tenía un hermano menor que era muy malo y muy perdido, se convirtió usted, naturalmente, en el tema principal de las conversaciones entre miss Prism y yo. Y, un hombre del se habla mucho resulta siempre muy atrayente. Siente una que debe haber algo especial en él. Confieso que fue una necedad mía, pero me enamoré de usted, Ernesto.
ALGERNON.- ¡Vida mía! ¿Y cuándo exactamente empezó el noviazgo?
CECILY.- El jueves 14 de febrero. Cansada de que usted ignorase por completo mi existencia, decidí acabar de un modo o de otro, y después de una larga lucha conmigo misma, le dije que sí, debajo de ese viejo y amado árbol. Al día siguiente compré este anillo en su nombre y esta es la pulsera con el verdadero lazo de amor que le he prometido a usted llevar siempre.
ALGERNON.- ¿Y yo se la regalé? Es muy bonita, ¿verdad?
CECILY.- Sí, usted tiene un gusto admirable, Ernesto. Esa es la disculpa que yo he dado siempre a la mala vida que llevaba. Y esta es la cajita en donde guardo todas sus amadas cartas.
(Se arrodilla ante la mesa, abre la caja y enseña unas cartas atadas con una cinta azul.)ALGERNON.- ¡Mis cartas! ¡Pero mi encantadora Cecily, yo no le he escrito a usted jamás ninguna carta!
CECILY.- No necesita recordármelo, Ernesto. Sé demasiado bien que me vi obligada a escribirlas por usted. Escribía siempre tres veces por semana y algunas veces más.
ALGERNON.- ¡Oh! ¿Me deja leerlas?
CECILY.- ¡Imposible! Se pondría usted demasiado engreído.
(Vuelve a colocarlas en la caja.) Las tres que me escribió después que reñimos son tan hermosas y con tan mala ortografía, que aun ahora mismo no puedo leerlas sin llorar un poco.ALGERNON.- ¿Pero es que hemos reñido alguna vez?
CECILY.- Claro. El día 22 de marzo. Puede usted verlo aquí anotado, si quiere.
(Enseñándole el diario.) «Hoy he roto con Ernesto. Comprendo que es preferible esto. El tiempo, hasta ahora, continúa encantador.»ALGERNON.- Pero, ¿por qué demonios rompió usted conmigo? ¿Qué había hecho yo? Absolutamente nada. Cecily, me duele muchísimo saber que hemos reñido. Sobre todo, cuando el tiempo era tan encantador.
CECILY.- Hubiera sido un noviazgo poco serio si no hubiéramos reñido por lo menos una vez. Pero le perdoné antes de terminar la semana.
ALGERNON.-
(Yendo hacia ella y arrodillándose a sus pies.) ¡Es usted un ángel, Cecily!CECILY.- ¡Ah, usted qué romántico!
(Él la besa y ella le acaricia los cabellos.) Supongo que el ondulado de su cabello es natural,¿verdad?
ALGERNON.- Sí, alma mía; con una pequeña ayuda.
CECILY.- Me alegro.
ALGERNON.- ¿No volverá usted a romper conmigo, Cecily?
CECILY.- No creo que pueda hacerlo ahora que le he conocido realmente. Además, naturalmente, hay la cuestión del nombre.
ALGERNON.-
(Nerviosamente.) Sí, sí, naturalmente.CECILY.- No se ría usted de mí, amor mío, pero siempre soñé en amar a un hombre que se llame Ernesto.
(Algernon se levanta y Cecily también.) Hay algo en ese nombre que parece inspirar absoluta confianza. Compadezco a las pobres mujeres casadas cuyos maridos no se llamen Ernesto.ALGERNON.- Pero, mi niña adorada, ¿no querrá decir que no podría amarme si tuviera otro nombre?
CECILY.- ¿Pero qué nombre?
ALGERNON.- ¡Oh! El que quiera... Algernon... por ejemplo...
CECILY.- No me gusta el nombre de Algernon.
ALGERNON.- Pero, qué tiene usted que objetar al nombre de Algernon. No es un nombre feo. En realidad, al contrario, es un nombre aristocrático. La mitad de quienes comparecen ante el Tribunal de Quiebras se llamen Algernon. Pero en serio, Cecily...
(Acercándose a ella.) Si me llamase Algy, ¿no podría usted amarme?CECILY.-
(Levantándose.) Podría respetarle, Ernesto; podría admirar su carácter, pero temo que no sería capaz de concederle mi atención íntegra.ALGERNON.- ¡Ejem! ¡Cecily!
(Tomando su sombrero.) ¿Supongo que el párroco de aquí tendrá mucha práctica en todos los ritos y ceremonias de la Iglesia?CECILY.- ¡Oh, sí! El doctor Chasuble es un hombre doctísimo. No ha escrito jamás un solo libro, así es que puede imaginar lo
mucho que sabe.
ALGERNON.- Necesito verle en seguida para un bautizo importantísimo..., digo para un asunto importantísimo.
CECILY.- ¡Oh!
ALGERNON.- Estaré ausente sólo media hora.
CECILY.- Teniendo en cuenta que somos novios desde el jueves 14 de febrero, y que hoy le he conocido a usted por primera vez, creo que sería muy molesto que me deje usted sola por un tiempo tan largo como media hora. ¿No podrían ser veinte minutos?
ALGERNON.- Vuelvo al instante.
(La besa y sale corriendo por el jardín.)CECILY.- ¡Qué impetuoso es! ¡Me gusta tanto su cabello! Tengo que apuntar su declaración en mi diario.
(Entra Merriman.)MERRIMAN.- Miss Fairfax acaba de llegar y quiere ver a Mister Worthing. Dice que es para un asunto importantísimo.
CECILY.- ¿No está en su biblioteca?
MERRIMAN.- Mister Worthing salió en dirección a la parroquia, hace un rato.
CECILY.- Dígale usted a esa señora que tenga la bondad de venir aquí. Mister Worthing seguramente volverá en seguida. Y puede usted traer el té.
MERRIMAN.- Bien, señorita.
(Sale.)CECILY.- ¡Miss Fairfax! Supongo que será una de esas infinitas buenas señoras de edad madura que colaboran con el tío Jack en alguna de sus obras filantrópicas. No me gustan las mujeres que toman parte en obras filantrópicas. Las encuentro muy atrevidas.
(Entra Merriman.)MERRIMAN.- Miss Fairfax.
(Entra Gwendolen. Sale Merriman.)CECILY.-
(Yendo a su encuentro.) Permítame que me presente yo misma. Me llamo Cecily Cardew.GWENDOLEN.- ¿Cecily Cardew?
(Dirigiéndose a ella y estrechándole la mano.) ¡Qué nombre tan dulce! Algo me dice que vamos a ser grandes amigas. Siento por usted un afecto indecible. Mi primera impresión de la gente no me engaña nunca.CECILY.- ¡Es amable de su parte, dado el poco tiempo que nos conocemos! Siéntese usted, se lo ruego.
GWENDOLEN.-
(Sigue de pie.) ¿Puedo llamarla Cecily, verdad?CECILY.- ¡Con mucho gusto!
GWENDOLEN.- Y usted puede llamarme Gwendolen.
CECILY.- Si usted lo desea.
GWENDOLEN.- Entonces convenido, ¿no es eso?
CECILY.- Eso creo.
(Una pausa. Se sientan las dos juntas.)GWENDOLEN.- Quizá sea ésta la ocasión de decirle quién soy. Mi padre es lord Bracknell. ¿Supongo que no habrá usted oído nunca hablar de papá?
CECILY.- No creo.
GWENDOLEN.- Fuera del círculo familiar, papá, me complace decirlo, es completamente desconocido. Creo que así debe ser. El hogar es la esfera natural del hombre. Y realmente, en cuanto el hombre empieza a descuidar sus deberes domésticos se vuelve dolorosamente afeminado, ¿verdad? Y eso a mí no me gusta. ¡Hace a los hombres tan atractivos! Cecily, mamá, tiene unas ideas muy rígidas sobre la educación, me ha enseñado a ser de una miopía extraordinaria, ¡es una de las partes de su sistema! ¿No la molestará a usted, por lo tanto, que la mire con mis impertinentes?
CECILY.- ¡Oh! Nada absolutamente, Gwendolen. Me gusta muchísimo que me miren.
GWENDOLEN.-
(Después de examinar minuciosamente a Cecily con sus impertinentes.) ¿Supongo que estará usted aquí de visita?CECILY.- ¡Oh, no! Vivo aquí.
GWENDOLEN.-
(Con severidad.) ¿Sin duda su madre o alguna parienta de edad avanzada reside también aquí?CECILY.- ¡Oh, no! No tengo madre, ni en realidad, ningún pariente.
GWENDOLEN.- ¿Es posible?
CECILY.- Mi querido tutor, con ayuda de miss Prism, asume la ardua tarea de velar por mí.
GWENDOLEN.- ¿Su tutor?
CECILY.- Sí, soy la pupila de Mister Worthing.
GWENDOLEN.- ¡Oh! Es extraño que nunca me haya dicho que tenía una pupila. ¡Qué reservado es! Cada hora que pasa me resulta más interesante. Sin embargo, no creo que la noticia me inspire alegría.
(Levantándose y yendo hacia ella.) La estimo a usted mucho, Cecily; ¡la estimé desde el primer momento en que la vi! Pero me veo en la obligación de decirle que ahora que sé que es usted la pupila de Mister Worthing, no puedo dejar de expresar el deseo de que fuese usted... un poco más vieja de lo que parece... y no tan seductora. En resumen, y si puedo hablar con entera franqueza...CECILY.- ¡Hable usted, se lo ruego! Yo creo que cuando tiene uno algo desagradable que decir, hay que ser siempre franco.
GWENDOLEN.- Bueno, hablando con entera franqueza, Cecily, hubiera querido que tuviese usted cuarenta y dos años y que fuera más fea de lo que se suele ser a esa edad. Ernesto tiene un carácter enérgico y recto. Es la personificación de la verdad y el honor. La deslealtad sería tan imposible en él como el engaño. Pero hasta los hombres que tienen el espíritu más noble, son extremadamente susceptibles a la influencia de los encantos físicos de los demás. La Historia moderna, lo mismo que la antigua, nos proporciona un gran número de ejemplos lamentables del caso a que me refiero. Si no fuera así, realmente, la Historia sería completamente ilegible.
CECILY.- Perdone, Gwendolen. ¿Ha dicho usted Ernesto?
GWENDOLEN.- Sí.
CECILY.- Pero mi tutor no es Mister Ernesto Worthing. Es su hermano..., su hermano mayor.
GWENDOLEN.-
(Sentándose de nuevo.) Ernesto no me dijo nunca que tenía un hermano.CECILY.- Siento decir que durante mucho tiempo no han estado en buenas relaciones.
GWENDOLEN.- ¡Ah! Eso lo explica todo. Y ahora que pienso, no he oído nunca a nadie hablar de su hermano. El tema parecía desagradable por lo visto a la mayoría de la gente. Cecily, me ha quitado usted un gran peso de encima. Empezaba a sentirme inquieta. Hubiera sido terrible que alguna nube empañase una amistad como la nuestra, ¿no le parece? Dígame: ¿está segura, completamente segura, de que Mister Ernesto Worthing no es su tutor?
CECILY.- Completamente segura.
(Una pausa.) En realidad yo voy a ser su tutora.GWENDOLEN.-
(Con tono interrogador.) ¿Me hace usted el favor de repetirlo?CECILY.-
(Con cierta timidez y confidencialmente.) Mi querida Gwendolen, no hay razón alguna para que le guarde a usted un secreto. Seguramente nuestro periodiquito local publicará la noticia la semana próxima. Mister Ernesto Worthing y yo somos novios y nos casaremos.GWENDOLEN.-
(Levantándose, muy cortésmente.) Mi querida Cecily, creo que debe haber en eso algún pequeño error. Mister Ernesto Worthing es mi prometido. La noticia aparecerá en el Morning Post del sábado, lo más tarde.CECILY.-
(Muy cortésmente, levantándose.) Temo que esté usted ligeramente equivocada. Ernesto se me ha declarado hace diez minutos justos. (Enseña su diario.)GWENDOLEN.-
(Examinando el diario con los impertinentes puestos)Es realmente curioso, pues él me rogó que fuese su esposa ayer, a las cinco y media de la tarde. Si quiere comprobar el hecho, hágalo, se lo ruego.
(Saca su propio diario.) No viajo jamás sin mi diario. Siempre se debe una llevar algo sensacional para leer en el tren. Siento mucho, querida Cecily, que esto pueda causarle alguna decepción, pero creo que mi derecho es preeminente.CECILY.- Lamento mucho, mi querida Gwendolen, tener que causarle algún dolor moral o físico, pero me creo en la obligación de hacerle notar que desde que Ernesto se declaró a usted ha cambiado de opinión evidentemente.
GWENDOLEN.-
(Con aire meditabundo.) Si ese pobre muchacho se dejó atrapar por alguna promesa disparatada, consideraré mi deber librarlo de ella sin tardanza y con mano firme.CECILY.-
(Con aire pensativo y melancólico.) Sea cual sea el desdichado enredo en que pueda haberse metido mi novio, no se lo reprocharé nunca después de casados.GWENDOLEN.- ¿Alude a mí, miss Cardew, al hablar de enredo? Es usted muy atrevida. En una ocasión como ésta es más que un deber moral decir lo que se piensa. Se convierte en un placer.
CECILY.- ¿Quiere usted insinuar, miss Fairfax, que yo hice caer en una trampa a Ernesto para que se me declarase? ¿Cómo se atreve? No es éste el momento de andar con fingidos miramientos. Cuando veo un azadón, lo llamo azadón.
GWENDOLEN.-
(Con ironía.) Me alegra decir que yo nunca he visto un azadón. Claro es que nuestras esferas sociales son completamente diferentes.(Entra Merriman, seguido de un lacayo. Trae una bandeja, un mantel y una mesita con el servicio. Cecily está a punto de replicar. La presencia de los criados ejerce una influencia moderadora, bajo la cual ambas muchachas se revuelven rabiosas.)
MERRIMAN.- ¿Hay que servir el té como de costumbre, miss?
CECILY.-
(En tono severo, pero tranquilo.) Sí, como de costumbre.(Merriman empieza
a desocupar la mesa y a colocar el mantel. Pausa larga. Cecily y Gwendolen se miran furiosas.)GWENDOLEN.- ¿Hay excursiones interesantes por las cercanías, miss Cardew?
CECILY.- ¡Oh, sí! Muchísimas. Desde lo alto de una de las colinas cercanas se pueden ver cinco provincias.
GWENDOLEN.- ¡Cinco provincias! No creo que eso me guste nada; detesto las aglomeraciones.
CECILY.-
(Con dulzura.) Supongo que por eso vive usted en Londres. (Gwendolen se muerde los labios y se golpea nerviosamente el pie con su sombrilla.)GWENDOLEN.-
(Mirando en torno.) ¡Qué jardín tan bien cuidado, miss Cardew!CECILY.- Me alegro que le guste, miss Fairfax.
GWENDOLEN.- Yo no tenía idea de que hubiese flores en el campo.
CECILY.- ¡Oh! Aquí las flores son tan vulgares como la gente en Londres, miss Fairfax.
GWENDOLEN.- Personalmente, no puedo comprender cómo la gente se las arregla para vivir en el campo, si es que hay alguien que haga semejante cosa. El campo me aburre siempre mortalmente.
CECILY.- ¡Ah! Eso es lo que los periódicos llaman depresión agrícola, ¿verdad? Creo que la aristocracia la padece mucho ahora, precisamente. Es casi una epidemia entre ellos, según me han dicho. ¿Quiere usted una taza de té, miss Fairfax?
GWENDOLEN.-
(Con refinada cortesía.) Gracias. (Aparte.) ¡Odiosa muchacha! ¡Pero necesito el té!CECILY.-
(Con dulzura.) ¿Azúcar?GWENDOLEN.-
(Con altivez.) No, gracias. El azúcar ya no está de moda. (Cecily la mira con indignación, coge las pinzas y echacuatro terrones de azúcar en la taza.)
CECILY.-
(Secamente.) ¿Torta o pan con mantequilla?GWENDOLEN.-
(Con aire displicente.) Pan con mantequilla, por favor. La torta raramente se ve hoy día en las casas buenas.CECILY.-
(Cortando una gran rebanada de tarta y poniéndola en el plato.) Pase usted esto a miss Fairfax. (Merriman obedece y sale con el lacayo. Gwendolen bebe el té y hace una mueca. Deja enseguida la taza, alarga la mano hacia el pan con manteca, lo mira y se encuentra con que es tarta. Se levanta indignada.)GWENDOLEN.- Me ha llenado usted el té de terrones de azúcar, y aunque he pedido con toda claridad pan con manteca, me ha dado usted torta. Todo el mundo conoce la dulzura de mi carácter y la extraordinaria bondad de mi genio, pero le advierto, miss Cardew, que usted va demasiado lejos.
CECILY.-
(Levantándose.) Por salvar a mi pobre, inocente y fiel Ernesto de las maquinaciones de cualquier otra muchacha, iría yo todo lo lejos que fuese necesario.GWENDOLEN.- Desde el momento en que la vi desconfié de usted y sentí que era falsa y solapada. No me equivoco nunca en estas cosas. Mi primera impresión de la gente es siempre cierta.
CECILY.- Me parece, miss Fairfax, que estoy abusando de su precioso tiempo. Tendrá usted, sin duda, que hacer otras visitas del mismo género en la vecindad.
(Entra Jack.)
GWENDOLEN.-
(Al verle.) ¡Ernesto! ¡Mi Ernesto!JACK.- ¡Gwendolen! ¡Encanto mío!
(Va a besarla.)GWENDOLEN.-
(Retrocediendo) ¡Un momento! ¿Puedo preguntarle si es el prometido de esta señorita? (Señalando a Cecily.)JACK.-
(Riendo.) ¡De mi pequeña y querida Cecily! ¡Claro que no lo soy! ¿Quién pudo meter semejante idea en su linda cabecita?GWENDOLEN.- Gracias. ¡Ahora ya puede usted!...
(Ofreciéndole su mejilla.)CECILY.-
(Con mucha dulzura.) Ya sabía yo que debía haber algun mal entendido. El caballero cuyo brazo rodea en este momento su talle es mi querido tutor, Mister John Worthing.GWENDOLEN.- ¿Me hace el favor de repetirlo?
CECILY.- Es el tío Jack.
GWENDOLEN.-
(Retrocediendo.) ¡Jack! ¡Oh!(Entra Algernon.)
CECILY.- Aquí está Ernesto.
ALGERNON.-
(Yendo directamente hacia Cecily, sin reparar en los demás.) ¡Amor mío! (Queriendo besarla.)CECILY.-
(Retrocediendo.) ¡Un momento, Ernesto! ¿Puedo preguntarle si es usted el prometido de esta señorita?ALGERNON.-
(Mirando a su alrededor.) ¿Qué señorita? ¡Dios mío! ¡Gwendolen!CECILY.- ¡Sí! ¡Dios mío! ¡Gwendolen! Hablo de Gwendolen.
ALGERNON.-
(Riendo.) ¡Claro que no lo soy! ¿Quién pudo haber metido semejante idea en su linda cabecita?CECILY.- Gracias.
(Ofreciéndole su mejilla para que la bese.) Ya puede usted. (Algernon la besa.)GWENDOLEN.- Ya sabía yo que debía haber algún error, miss Cardew. El caballero que la acaba de besar es mi primo, Mister Algernon Moncrieff.
CECILY.-
(Separándose de Algernon.) ¡Algernon Moncrieff! ¡Oh! (Las dos muchachas se dirigen la una hacia la otra y se cogen mutuamente del talle, como para protegerse.)CECILY.- ¿Se llama usted Algernon?
ALGERNON.- No puedo negarlo.
CECILY.- ¡Oh!
GWENDOLEN.- ¿Se llama usted realmente John?
JACK.-
(Irguiéndose; con orgullo.) Podría negarlo si quisiera. Podría negarlo todo. Pero he sido John durante muchos años.CECILY.-
(A Gwendolen.) ¡Las dos hemos sido engañadas groseramente!GWENDOLEN.- ¡Mi pobre Cecily, ofendida!
CECILY.- ¡Mi querida Gwendolen, ultrajada!
GWENDOLEN.-
(Pausadamente y con gravedad.) Me llamará usted hermana, ¿verdad? (Se abrazan. Jack y Algernon murmuran por lo bajo, paseándose de arriba abajo.)CECILY.-
(Con cierta viveza) Hay una pregunta que quisiera hacer a mi tutor.GWENDOLEN.- ¡Admirable idea! Mister Worthing, hay una pregunta que desearía hacerle. ¿Dónde está su hermano Ernesto? Ambas estamos prometidas a su hermano Ernesto; así es que tiene cierta importancia para nosotras saber dónde está en la actualidad su hermano Ernesto.
JACK.-
(Lentamente y con vacilación) Gwendolen... Cecily... Es muy doloroso para mí verme obligado a decir la verdad. Es la primera vez que me veo en una situación tan penosa, y no tengo experiencia en la materia. Sin embargo, les diré con toda franqueza que yo no tengo ningún hermano que se llamé Ernesto. En verdad no tengo ningún hermano. Nunca he tenido un hermano y no tengo la intención de tenerlo en lo futuro.CECILY.-
(Sorprendida.) ¿No tiene ningún hermano?JACK.-
(Alegremente) ¡Ninguno!GWENDOLEN.-
(Con severidad.) ¿Nunca ha tenido usted hermano de ninguna clase?JACK.-
(Con jovialidad.) Nunca, de ninguna clase.GWENDOLEN.- Me parece, Cecily, que ninguna de las dos estamos prometidas a nadie.
CECILY.- No es muy agradable para una muchacha encontrarse de repente así, ¿verdad?
GWENDOLEN.- Entremos. No creo que tengan el atrevimiento de seguirnos.
CECILY.- No; ¡Los hombres son tan cobardes!
(Los miran despreciativamente y entran en la casa.)JACK.- ¿A este horroroso lío es a lo que tú llamas Bunburysmo, no es eso?
ALGERNON.- Sí, y Bunburysmo del mejor. El más admirable que he visto en mi vida.
JACK.- Bueno, pues no tienes el menor derecho a Bunburyzar aquí.
ALGERNON.- Eso es absurdo. Uno tiene derecho de Bunburyzar donde se le antoje. Todo Bunburysta serio lo sabe.
JACK.- ¡Bunburysta serio! ¡Dios mío!
ALGERNON.- ¡Sí! Hay que ser serio para unas cosas cuando uno desea divertirse algo en la vida. A mí se me ocurre ser serio con lo del Bunburysmo. No tengo ni la menor idea de lo que tú haces en serio. Me imagino que todo. ¡Tienes un carácter tan absolutamente trivial!
JACK.- Bueno, la única pequeña satisfacción que tengo en todo este desdichado asunto, es que tu amigo Bunbury se ha ido a paseo. ¡Ya no podrás escaparte al campo tan a menudo como solías hacerlo, mi querido Algy!
ALGERNON.- Tu hermano está también un poco acabado, ¿verdad, querido Jack? No podrás ir a Londres con tanta frecuencia como acostumbrabas. Y eso no está mal tampoco.
JACK.- En cuanto a tu conducta con miss Cardew, debo decirte que portarse así con una muchacha encantadora, sencilla e inocente, me parece completamente inexcusable. Sin mencionar el hecho de que es mi pupila.
ALGERNON.- No veo justificación posible para ti después de engañar a una muchacha excepcional, tan inteligente, de tanto mundo, como miss Fairfax. Y sin tener en cuenta para nada que es mi prima.
JACK.- Yo quería casarme con Gwendolen, eso es todo. La amo.
ALGERNON.- Yo sólo deseaba casarme con Cecily. La adoro.
JACK.- Tienes pocas probabilidades de casarte con miss Cardew.
ALGERNON.- No creo que pueda realizarse tu enlace con miss Fairfax.
JACK.- Bueno, eso a ti no te importa.
ALGERNON.- Si me importara, no hablaría de ello.
(Se pone a comer pastas.) Es muy vulgar hablar de los propios asuntos. Sólo lo hacen los agentes de Bolsa, y eso únicamente en banquetes oficiales.JACK.- Cómo puedes estar comiendo ahí tan tranquilo, cuando nos encontramos en un apuro tan terrible como éste. Me pareces completamente inhumano.
ALGERNON.- No puedo comer pasteles cuando estoy nervioso. Me mancharía los puños con toda seguridad. Hay que estar siempre muy tranquilo para comer pasteles. Es la única manera de comerlos.
JACK.- Es inhumano comer pasteles de cualquier manera en las circunstancias actuales.
ALGERNON.- Cuando tengo una preocupación, lo único que me consuela es comer. Todos los que me conocen íntimamente podrán decirte que me niego a todo, menos a comer y a beber. En este momento estoy comiendo pasteles porque soy desgraciado. Y además que me gustan los pasteles.
(Se levanta.)JACK.-
(Levantándose también.) Bueno, pero esa no es razón para que comas todo de esa manera voraz. (Le quita los pasteles)ALGERNON.-
(Ofreciéndole la torta) Quisiera que te comieses latorta en lugar de los pasteles. No me gusta.
JACK.- ¡Pero Dios mío! ¿Supongo que uno podrá comerse sus pasteless en su jardín?
ALGERNON.- ¿No acabas de decir que era inhumano comer pasteles?
JACK.- He dicho que era completamente inhumano en ti comerlos en las actuales circunstancias. Es muy distinto.
ALGERNON.- Puede ser. Pero los pasteles son siempre lo mismo.
(Le arrebata a Jack el plato de pasteles.)JACK.- Algy, ¿cuándo vas a tener la bondad de largarte?
ALGERNON.- No es posible que quieras que me vaya sin haber comido. Es absurdo. Nunca me voy sin comer. Nadie lo hace, excepto los vegetarianos y sus congéneres. Además acabo de ponerme de acuerdo con el doctor Chasuble para que me bautice a las seis y cuarto con el nombre de Ernesto.
JACK.- Mi querido amigo, cuanto antes desistas de ese disparate, mejor. Me he puesto de acuerdo esta mañana con el doctor Chasuble para que me bautice a las cinco y media, y como es natural, me será con el nombre de Ernesto. Gwendolen lo quería así. No podemos ser bautizados los dos con el nombre de Ernesto. Sería absurdo. Además tengo perfecto derecho a que me bauticen si se me antoja. No hay la menor prueba de que me haya bautizado nadie. Creo muy posible que no me hayan bautizado nunca, y lo mismo opina el doctor Chasuble. Tu caso es completamente distinto. A ti ya te han bautizado.
ALGERNON.- Sí; pero eso hace muchos años.
JACK.- Sí; pero te han bautizado. Eso es lo importante.
ALGERNON.- Así es. Por eso sé que podré resistirlo. Si tú no estás completamente seguro de haber sido bautizado alguna vez, debo decirte que me parece algo peligroso para ti arriesgarte a hacerlo ahora. Podría hacerte daño. No debes olvidar que alguien íntimamente relacionada a tí ha estado a punto de morirse en París, a causa de un fuerte enfriamiento.
JACK.- Sí; pero tú mismo dijiste que no era hereditario.
ALGERNON.- Generalmente, no, ya lo sé... Pero ahora me atrevo a asegurar que sí lo es. La ciencia está siempre haciendo maravillosos adelantos.
JACK.-
(Tomando el plato de los pasteles.) ¡Oh, eso es un disparate! Estás siempre diciendo disparates.ALGERNON.- ¡Jack, otra vez con los pasteles! Ten la bondad de dejarlos en paz. No quedan más que dos. (Los toma.) Ya te he dicho que me gustaban especialmente.
JACK.- Y yo no puedo ver la torta.
ALGERNON.- Entonces, ¿por qué diablos permites que sirvan torta a tus invitados? ¡Qué idea tienes de la hospitalidad!
JACK.- ¡Algernon! Ya te he dicho que te vayas. No quiero que estés aquí. ¿Por qué no te vas?
ALGERNON.- ¡No he terminado de tomar el té! ¡Y queda todavía un pastel!
(Jack lanza un gemido y se desploma sobre un sillón. Algernon continúa comiendo.)
BAJA EL TELÓN
Acto Tercero
Decoración
Saloncito íntimo en la residencia solariega de Woolton. Gwendolen y Cecily están asomadas a la ventana, mirando hacia el jardín.
GWENDOLEN.- El hecho de no habernos seguido aquí inmediatamente, como hubiese hecho cualquiera, demuestra, que todavía les queda algún sentimiento de vergüenza.
CECILY.- Han estado comiendo pasteles. Eso parece indicar arrepentimiento.
GWENDOLEN.-
(Después de una pausa.) Lo que parece es que no se preocupan de nosotras. ¿No podría usted toser?CECILY.- ¡Pero si no estoy acatarrada!
GWENDOLEN.- Nos miran. ¡Qué descaro!
CECILY.- Se acercan. ¡Eso sí que es atrevimiento!
GWENDOLEN.- Guardemos un silencio digno.
CECILY.- Muy bien. Es lo único que podemos hacer por ahora.
(Entra Jack seguido de Algernon. Vienen silbando un aire terriblemente popular de opereta inglesa.)
GWENDOLEN.- Este silencio digno parece producir un resultado deplorable.
CECILY.- De lo más deplorable.
GWENDOLEN.- Pero no seremos las primeras en hablar.
CECILY.- Eso no.
GWENDOLEN.- Mister Worthing, tengo que preguntarle algo muy particular. De su contestación dependen muchas cosas.
CECILY.- Gwendolen, es usted de una sensatez inapreciable. Mister Moncrieff, tenga la bondad de contestarme a la siguiente pregunta: ¿Por qué quiso usted hacerse pasar por el hermano de mi tutor?
ALGERNON.- Para tener la oportunidad de verla a usted.
CECILY.-
(A Gwendolen.) La explicación parece satisfactoria, ¿verdad?GWENDOLEN.- Sí, querida, si puede creerle.
CECILY.- No le creo. Pero eso no influye lo más mínimo en la admirable belleza de su respuesta.
GWENDOLEN.- Cierto. En cuestiones de gran importancia lo esencial es el estilo y no la sinceridad. Mister Worthing, ¿cómo va usted a explicarme su falsa afirmación de que tenía un hermano? ¿Lo hizo para tener ocasión de ir a Londres a verme lo más a menudo posible?
JACK.- ¿Puede dudarlo, miss Fairfax?
GWENDOLEN.- Tengo motivos para dudarlo. Pero pienso hacerlos desaparecer. No es este momento de escepticismos al estilo alemán.
(Dirigiéndose hacia Cecily.) Sus explicaciones parecen completamente satisfactorias, sobre todo la de Mister Worthing. Posee, a mi juicio, el sello de la verdad.CECILY.- Yo estoy más que satisfecha con lo que ha dicho Mister Moncrieff. Sólo su voz inspira una absoluta confianza.
GWENDOLEN.- Entonces, ¿cree que deberíamos perdonarles?
CECILY.- Sí, eso creo.
GWENDOLEN.- Yo ya le he perdonado. Están en juego principios, que no se pueden abandonar. ¿Cuál de nosotras deberá hablarles? No es una faena agradable.
CECILY.- ¿No podemos hablar las dos al mismo tiempo?
GWENDOLEN.- ¡Excelente idea! Yo casi siempre hablo al mismo tiempo que los demás. ¿Quiere usted que yo le marque el compás?
CECILY.- Naturalmente.
(Gwendolen lleva el compás levantando el dedo.)GWENDOLEN y CECILY.-
(Hablando a la vez.) Sus nombres depila siguen siendo una barrera infranqueable. ¡Esto es todo!
JACK y ALGERNON.-
(Hablando a la vez.) ¡Nuestros nombres de pila! ¿Y eso es todo? Pero si nos van a bautizar esta tarde.GWENDOLEN.-
(A Jack.) ¿Y está usted dispuesto a hacer esa terrible cosa por mí?JACK.- Lo estoy.
CECILY.-
(A Algernon.) ¿Y por complacerme está usted decidido a enfrentar esa tremenda prueba?ALGERNON.- ¡Lo estoy!
GWENDOLEN.- ¡Qué absurdo es hablar de la igualdad de los sexos! Cuando se trata de sacrificarse los hombres están infinitamente más adelantados que nosotras.
JACK.- Lo estamos.
(Estrecha la mano a Algernon.)CECILY.- Tienen ellos momentos de valor físico que nosotras, las mujeres, desconocernos en absoluto.
GWENDOLEN.-
(A Jack.) ¡Amor mío!ALGERNON.-
(A Cecily.) ¡Amor mío! (Caen unas en brazos de otros. Aparece Merriman. Al ver la situación, tose muy fuerte.)MERRIMAN.-
¡Ejem! ¡Ejem! ¡Lady Bracknell!JACK.- ¡Cielo santo!
(Entra lady Bracknell. Las parejas se separan asustadas. Sale Merriman.)LADY BRACKNELL.- ¡Gwendolen! ¿Qué significa esto?
GWENDOLEN.- Sencillamente, que Mister Worthing y yo somos novios, mamá.
LADY BRACKNELL.- Ven aquí. Siéntate. Siéntate inmediatamente. Una vacilación, de cualquier clase es señal de decadencia mental en los jóvenes y de debilidad física en los viejos.
(Volviéndose hacia Jack.) Caballero, habiendo sabido la fuga repentina de mi hija por su doncella de confianza, cuyas confidencias compré por medio de unas monedas, la seguí inmediatamente, tomando un tren de mercancías. Su infortunado padre cree, afortunadamente, de que asiste a una conferencia muy larga, organizada por la junta de Ampliación Universitaria, acerca de la influencia de una renta fija sobre el pensamiento. No quiero sacarle de su error. Realmente, no le he sacado de sus errores en ninguna ocasión. Lo considero una equivocación. Pero comprenderá usted, que toda comunicación entre usted y mi hija debe cesar inmediatamente. Sobre este punto, como sobre todos los puntos, soy inflexible.JACK.- ¡Me he comprometido a casarme con Gwendolen, lady Bracknell!
LADY BRACKNELL.- Eso no tiene la menor importancia, caballero. Y ahora, en cuanto a Algernon... ¡Algernon!
ALGERNON.- ¿Qué, tía Augusta?
LADY BRACKNELL.- ¿Puedo preguntarte si en esta casa vive tu achacoso amigo Mister Bunbury?
ALGERNON.-
(Tartamudeando.) ¡Oh, no! Bunbury no vive aquí. No sé... dónde... en este momento. En fin, Bunbury ha muerto.LADY BRACKNELL.- ¡Muerto! ¿Y cuándo ha muerto Mister Bunbury? Su muerte ha debido de ser repentina.
ALGERNON.-
(Alegremente.) Le he matado esta tarde. Digo, el pobre Bunbury murió esta tarde.LADY BRACKNELL.- ¿De qué ha muerto?
ALGERNON.- ¿Quién, Bunbury? ¡Oh, explotó por completo!
LADY BRACKNELL.- ¿Explotó? ¿Fue víctima de un atentado revolucionario? No sabía que Mister Bunbury se interesase por la legislación social. Si era así, bien castigado por su morbosidad.
ALGERNON.- ¡Querida tía Augusta, le descubrieron! Los médicos descubrieron que Bunbury no podía vivir, esto es lo que quería yo decir..., y Bunbury, por lo tanto, se murió.
LADY BRACKNELL.- Parece haber tenido confianza en la opinión
de los médicos. Sin embargo, me alegro mucho de que decidiera adoptar una regla de conducta decisiva, según prescripción facultativa. Y ahora que estamos libres de ese Mister Bunbury, ¿puedo preguntarle, Mister Worthing, quién es esa personita cuya mano tiene tomada mi sobrino Algernon, de una manera que me parece completamente impropia?
JACK.- Esa señorita es miss Cecily Cardew, mi pupila.
(Lady Bracknell saluda fríamente a Cecily.)ALGERNON.- Voy a casarme con Cecily, tía Augusta.
LADY BRACKNELL.- ¿Quieres hacer el favor de repetírmelo?
CECILY.- Mister Moncrieff y yo pensamos casarnos, lady Bracknell.
LADY BRACKNELL.-
(Se estremece, va hacia el sofá y se sienta.) No sé si es que el aire de esa región, tendrá algo especialmente excitante, pero el número de promesas matrimoniales me parece que supera considerablemente el término medio suministrado por las estadísticas. Creo que algunas preguntas preliminares por mi parte no estarían de más. Mister Worthing, ¿tiene algo que ver miss Cardew con cualquiera de las grandes estaciones de ferrocarril londinenses? Lo pregunto a título de información solamente. Hasta ayer yo no tenía idea de que hubiese familias o personas que descendiesen de una estación.(Jack parece furiosísimo, pero se contiene.)
JACK.-
(Con voz clara y fría.) Miss Cardew es nieta del difunto Mister Thomas Cardew, Belgravia Square, 149, Londres S. O.; propietario de la finca Gervase Park, en Dorking, condado de Surrey, y del Sporran, en el condado de Fife, al Norte.LADY BRACKNELL.- Eso es satisfactorio. Tres direcciones siempre inspiran confianza, hasta en los comerciantes. ¿Pero qué pruebas tengo yo de su autenticidad?
JACK.- He conservado cuidadosamente los Anuarios de aquella época. Están a su disposición, lady Bracknell.
LADY BRACKNELL.-
(Con aspereza.) Sé que hay errores en esas publicaciones.JACK.- Los abogados y procuradores, de la familia de miss Cardew son los señores Markby, Markby y Markby.
LADY BRACKNELL.- ¿Markby, Markby y Markby? Una razón social alta garantía en su profesión. Además, he oído decir que alguno de esos señores Markby figuraba a veces en los banquetes oficiales. Eso me satisface.
JACK.-
(Muy irritado.) ¡Qué amable es lady Bracknell! Tengo también en mi poder, y le encantará saberlo, la partida de nacimiento de miss Cardew, su fe de bautismo y certificados de tos ferina, empadronamiento, vacunación, confirmación y sarampión, documentos en alemán como en inglés.LADY BRACKNELL.- ¡Ah! Una vida llena de incidentes, por lo que veo; aunque tal vez demasiado excitante para una muchacha tan joven. Yo no soy partidaria de la experiencia prematura.
(Se levanta y mira la hora en su reloj.) ¡Gwendolen! Ha llegado la hora de marcharnos. No podemos perder ni un momento. Y por pura fórmula, Mister Worthing, ¿miss Cardew posee alguna fortuna?JACK.- ¡Oh! Unas ciento treinta mil libras esterlinas en papel del Estado. Eso es todo. Vaya usted con Dios, lady Bracknell. Encantado de haberla visto.
LADY BRACKNELL.-
(Sentándose de nuevo.) Un momento, Mister Worthing. ¡Ciento treinta mil libras! ¡Y en papel del Estado! Miss Cardew me parece una muchacha muy attractiva, ahora que la veo bien. Pocas muchachas hoy día tienen cualidades verdaderamente sólidas, de esas cualidades que duran y se mejoran con el tiempo. Vivimos, siento decirlo, en una época de cosas superficiales. (A Cecily.) Acérquese, querida. (Cecily se acerca.) ¡Preciosa muchachita! Su vestido es de una sencillez lastimosa y su cabello muy natural. Pero eso podemos arreglarlo. Una doncella francesa, conseguirá resultados maravillosos en poquísimo tiempo. Recuerdo que recomendé una a la joven lady Lancing y tres meses después, no la conocía ni su propio marido.JACK.- Y pasados seis meses no la conocía nadie.
LADY BRACKNELL.-
(Mira iracunda a Jack durante unos instantes. Luego dirige una sonrisa estudiada a Cecily.) Tenga usted la bondad de volverse, encantadora amiguita. (Cecily da una vuelta completa.) No, lo que quiero examinar es el perfil. (Cecily se pone de perfil.) Exactamente lo que yo esperaba. Hay varias posibilidades sociales en su perfil. Los dos puntos flacos de nuestra época son la falta de principios y de perfil. Levante usted un poco la barbilla, querida. El estilo depende en gran parte de la manera de llevar la barbilla. ¡Se lleva en este momento muy alta, Algernon!ALGERNON.- ¡Sí, tía Augusta!
LADY BRACKNELL.- Hay varias posibilidades sociales en el perfil de miss Cardew.
ALGERNON.- Cecily es la muchacha más dulce, más amable y más bonita que hay en el mundo entero. Y no doy dos céntimos por esas posibilidades sociales.
LADY BRACKNELL.- No hables irrespetuosamente de la sociedad, Algernon. Sólo la gente que no puede pertenecer a ella lo hace.
(A Cecily.) Sabrá usted, querida, que Algernon tiene sólo deudas. Y no apruebo los matrimonios interesados. Cuando me casé con lord Bracknell yo no tenía fortuna. Pero ni en sueños admití por un momento que eso pudiera ser un obstáculo en mi camino. Bueno, supongo que tendré que dar mi consentimiento.ALGERNON.- Gracias, tía Augusta.
LADY BRACKNELL.- ¡Cecily, puede usted besarme!
CECILY.-
(Besándola.) Gracias, lady Bracknell.LADY BRACKNELL.- Puede llamarme tía Augusta en lo sucesivo.
CECILY.- Gracias, tía Augusta.
LADY BRACKNELL.- Yo creo que lo mejor sería que la boda se celebrase pronto.
ALGERNON.- Gracias, tía Augusta.
CECILY.- Gracias, tía Augusta.
LADY BRACKNELL.- Hablando con franqueza, yo no soy partidaria de las relaciones largas. Dan ocasión a que los novios descubran sus mutuos caracteres antes de casarse, lo cual nunca es aconsejable.
JACK.- Perdone usted que la interrumpa, lady Bracknell, pero no hay que pensar en esa boda. Soy tutor de miss Cardew y ella no puede casarse sin mi consentimiento hasta que sea mayor de edad. Y ese consentimiento me niego a darlo en absoluto.
LADY BRACKNELL.- ¿Y puedo preguntarle por qué motivos? Algernon es un partido extraordinario, y hasta me atrevo a decir, que ostentosamente aceptable. No tiene nada, pero luce mucho. ¿Qué más se puede desear?
JACK.- Siento muchísimo tener que hablarle a usted con franqueza, lady Bracknell, acerca de su sobrino, pero el hecho es que a mí no me gusta nada su sentido moral. Sospecho que es un mentiroso.
(Algernon y Cecily le miran con indignado asombro.)LADY BRACKNELL.- ¡Mentiroso! ¿Mi sobrino? ¡Imposible! Es alumno de Oxford.
JACK.- Temo que no haya la menor duda sobre este punto. Esta tarde, durante mi ausencia temporal, y hallándome en Londres por un importante asunto personal, entró en mi casa con el pretexto de ser mi hermano. Y al amparo de un nombre falso se ha bebido, según acaba de comunicarme mi mayordomo, una botella entera mi Perrier-Jouet Brut, del 89; un vino que me reservaba especialmente. Continuando su vergonzosa impostura, ha conseguido durante la tarde enajenarme el afecto de mi única pupila. Posteriormente se ha quedado a tomar el té, engullendo hasta el último pastel. Y lo que hace su conducta más vergonzosa aún es que sabía perfectamente que yo no tengo ningún hermano, que no lo he tenido nunca y que no pienso tenerlo en absoluto. Así se lo dije
ayer mismo por la tarde.
LADY BRACKNELL.- ¡Ejem! Mister Worthing, después de una cuidadosa reflexión he decidido no hacer caso en absoluto de la conducta de mi sobrino con usted.
JACK.- Eso demuestra una gran generosidad en usted, lady Bracknell. Mi decisión es, sin embargo, irrevocable. Me niego a dar el consentimiento.
LADY BRACKNELL.-
(A Cecily) Acérquese querida. (Cecily se aproxima.) ¿Qué edad tiene usted?CECILY.- Realmente, no tengo más que dieciocho años, pero confieso siempre veinte cuando voy a alguna velada.
LADY BRACKNELL.- Hace usted perfectamente en efectuar esa leve alteración. Realmente una mujer no debe decir nunca exactamente su edad. Eso da un aspecto de calculadora...
(Como reflexionando.) Dieciocho años, pero confesando veinte en las veladas. Bueno, no falta mucho para que llegue usted a la mayoría de edad y se vea libre de las restricciones de la tutela. Así es que no creo que el consentimiento de su tutor sea, después de todo, una cuestión de gran importancia.JACK.- Perdone usted, lady Bracknell, que le interrumpa de nuevo, pero debo decirle que, según las cláusulas del testamento de su abuelo, miss Cardew no llegará a ser mayor de edad legalmente hasta los treinta y cinco años.
LADY BRACKNELL.- Eso no me parece una grave objeción. Treinta y cinco años, es una edad muy atractiva. La sociedad londinense está llena de damas de elevadísima alcurnia, que por su propia elección se han quedado en los treinta y cinco. Lady Dumbleton es ejemplo. Ha tenido treinta y cinco años desde que cumplió los cuarenta, hace ya muchos años. No veo razón para que nuestra querida Cecily no sea más atractiva aún a esa edad, que actualmente. Y mientras tanto sus bienes habrán aumentado considerablemente.
CECILY.- Algy, ¿podría usted esperarme hasta que cumpla yo
los treinta y cinco años?
ALGERNON.- Claro que puedo, Cecily. Ya sabe usted que sí.
CECILY.- Sí, lo sabía instintivamente; pero yo no puedo esperar todo ese tiempo. Detesto tener que esperar a cualquiera aunque sólo sean cinco minutos. Me pone siempre de muy mal humor. Yo no soy puntual, pero me gusta la puntualidad en los demás y, por lo tanto, no hay ni que pensar en que yo espere, aunque sea para casarme.
ALGERNON.- ¿Entonces, qué vamos a hacer, Cecily?
CECILY.- No lo sé, Mister Moncrieff.
LADY BRACKNELL.- Mi querido Mister Worthing, como miss Cardew declara categóricamente que no podría esperar hasta los treinta y cinco -advertencia que, lo confieso, me parece mostrar un carácter impaciente-, yo le rogaría a usted que meditase nuevamente su determinación.
JACK.- Pero, mi querida lady Bracknell, ¡el asunto está por completo entre sus manos! En el momento en que usted consienta en mi boda con Gwendolen, yo aprobaré gustoso el enlace de su sobrino con mi pupila.
LADY BRACKNELL.-
(Levantándose e irguiéndose con altivez.) Usted ya debía saber que no hay ni que pensar en su proposición.JACK.- Entonces, un celibato apasionado es lo que podemos esperar todos nosotros en el futuro.
LADY BRACKNELL.- No es ese el destino que le reservo a Gwendolen. Algernon, como es natural, puede escoger por sí mismo.
(Saca su reloj.) Vamos, querida. (Gwendolen se levanta.) Hemos perdido cinco o seis trenes. Si perdemos uno más, nos exponemos a toda clase de comentarios en el andén. (Entra el doctor Chasuble.)CHASUBLE.- Todo está preparado para los bautizos.
LADY BRACKNELL.- ¿Para los bautizos, caballero? ¿No es algo prematuro?
CHASUBLE.-
(Con aire ligeramente perplejo y señalando a Jack y a Algernon.) Estos dos señores han expresado el deseo de ser bautizados inmediatamente.LADY BRACKNELL.- ¿A su edad? ¡La idea es grotesca e impía! Algernon, te prohíbo que te bautices. No quiero oír hablar de semejantes excesos. Lord Bracknell se disgustaría mucho si supiera la forma en que malgastabas tu tiempo y tu dinero.
CHASUBLE.- ¿Eso quiere decir que no habrá ningún bautizo en toda la tarde?
JACK.- No creo que tenga mucha importancia práctica para nosotros, tal como están las cosas en este momento, doctor Chasuble.
CHASUBLE.- Me apena oírle semejantes conceptos, Mister Worthing. Huelen a las doctrinas heréticas de los anabaptistas, doctrinas que he refutado por completo en cuatro de mis sermones inéditos. No obstante, como la disposición de ánimo de ustedes en este momento me parece particularmente profana, volveré a la iglesia en seguida. Además, acaba de decirme el encargado del cepillo eclesiástico que hace hora y media que me está esperando miss Prism en la sacristía.
LADY BRACKNELL.- ¡Miss Prism! ¿Le he oído a usted, referirse a una miss Prism?
CHASUBLE.- Sí, lady Bracknell. Voy a reunirme con ella.
LADY BRACKNELL.- Permítame que le ruegue que se detenga un momento. Es un asunto que puede tener una importancia vital para lord Bracknell y para mí. Esa miss Prism, ¿no es una mujer de aspecto repulsivo, confusamente relacionada con la enseñanza?
CHASUBLE.-
(Con cierta indignación) Es una dama de las más cultas y la imagen misma de la respetabilidad.LADY BRACKNELL.- Evidentemente, es la misma persona. ¿Puedo preguntarle qué situación ocupa en su casa?
CHASUBLE.-
(Con severidad.) Soy soltero, señora.JACK.-
(Interviniendo.) Miss Prism, lady Bracknell, es, desde hace tres años, la reputada institutriz y la compañera inestimable de miss Cardew.LADY BRACKNELL.- A pesar de oír eso sobre ella, necesito verla inmediatamente. Mande usted a buscarla.
CHASUBLE.-
(Mirando hacia afuera) Aquí se acerca; ya llega.(Entra
Miss Prism apresuradamente.)MISS PRISM.- Me dijeron que me esperaba usted en la sacristía, mi querido canónigo. Le he aguardado allí por espacio de una hora y tres cuartos.
(Ve de pronto a Lady Bracknell, que fija en ella una mirada penetrante y petrificadora. Miss Prism se queda pálida y desfallece. Mira con ansiedad a su alrededor, como queriendo huir.)LADY BRACKNELL.-
(Con la voz severa de un juez.) ¡Prism! (Miss Prism baja la cabeza, avergonzada.) ¡Venga usted aquí, Prism! (Miss Prism se acerca con aire humilde.) ¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Consternación general. El canónigo retrocede horrorizado. Algernon y Jack fingen querer evitar con inquietud que Cecily y Gwendolen oigan los detalles de un terrible escándalo público.) Hace ya veintiocho años, Prism, que salió usted de casa de lord Bracknell, calle de Uper Grosvenor, número 104, al cuidado de un cochecillo que contenía una criatura recién nacida, del sexo masculino. No volvió usted nunca. Algunas semanas después, gracias a las minuciosas pesquisas de la Policía, fue descubierto el cochecito a medianoche, abandonado y sin defensa, en un rincón alejado de Bayswater. Contenía el manuscrito de una novela en tres tomos, de un sentimentalismo más irritante que el de costumbre. (Miss Prism se estremece con una indignación involuntaria.) ¡Pero el niño no estaba en él! (Todos miran a Miss Prism.) ¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Una pausa.)MISS PRISM.- Lady Bracknell, confieso avergonzada que no lo sé. ¡Qué más quisiera yo que saberlo! He aquí los hechos verdaderos, tal como sucedieron. La mañana del día que usted ha mencionado, día que está grabado con letras de fuego en mi memoria, me dispuse, como de costumbre, a sacar al niño de paseo en un cochecito. Llevaba también conmigo un saco de viaje un poco viejo, pero de gran capacidad, en el que me proponía colocar el manuscrito de una novela que había yo escrito durante mis escasas horas libres. En un momento de distracción mental, que no podré perdonarme nunca, coloqué el manuscrito en el cochecillo y metí al niño en el saco de viaje.
JACK.-
(Que ha estado escuchando con atención.) ¿Pero dónde llevó usted el saco de viaje?MISS PRISM.- No me lo pregunte usted, Mister Worthing.
JACK.-Miss Prism, es un asunto de gran importancia para mí. Insisto en saber adónde llevó usted el saco de viaje que contenía al bebé.
MISS PRISM.- Lo dejé en el guardarropa de una de las estaciones de Londres.
JACK.- ¿Qué estación?
MISS PRISM.-
(Completamente abrumada.) En la estación Victoria. Línea de Brighton. (Se deja caer en una silla.)JACK.- Tengo que retirarme un momento. Gwendolen, espérame aquí.
GWENDOLEN.- Si no tarda mucho le esperaré aquí toda mi vida.
(Sale Jack, muy excitado.)CHASUBLE.- ¿Qué cree usted que quiere decir todo esto, lady Bracknell?
LADY BRACKNELL.- No me atrevo a sospecharlo, doctor Chasuble. No necesito decir a usted que en las familias de elevada posición no se admite el que puedan darse coincidencias extrañas. Se consideran muy cursis.
(Óyense ruidos en el piso de encima, como si alguien fuese tirando baúles. Todos miran hacia arriba.)CECILY.- El tío Jack parece extraordinariamente agitado.
CHASUBLE.- Su tutor tiene un carácter muy impresionable.
LADY BRACKNELL.- Ese ruido es muy desagradable. Por el estrépito, parece como si hubiese encontrado un argumento. Odio los argumentos de cualquier clase que sean. Son siempre vulgares, y muchas veces convincentes.
CHASUBLE.-
(Mirando hacia arriba.) Ahora ha cesado. (Los ruidos aumentan.)LADY BRACKNELL.- Desearía que llegase a alguna conclusión.
GWENDOLEN.- Esta incertidumbre es terrible. Espero que termine.
(Entra
Jack con un saco de viaje, de cuero negro, en la mano.)JACK.-
(Abalanzándose hacia Miss Prism.) ¿Es este el saco de mano, miss Prism? Examínelo minuciosamente antes de hablar. La felicidad de más de una vida depende de su respuesta.MISS PRISM.-
(Sosegadamente) Creo que es el mío. Sí, aquí está la rozadura que sufrió cuando volcó el ómnibus en la calle de Gower, en días juveniles y dichosos. Aquí, en el forro, está la mancha causada por la explosión de un termo para bebidas, incidente ocurrido en Leamington. Y aquí, en la cerradura, están mis iniciales. No me acordaba ya que las había hecho grabar aquí, por capricho. Este saco es, indudablemente, el mío. Me alegro mucho de encontrarlo tan inesperadamente. Su falta me ha ocasionado grandes molestias durante todos estos años.JACK.-
(Con voz patética.) Miss Prism, ha encontrado usted algo más que este saco de viaje. Yo era el niño que colocó usted dentro.MISS PRISM.-
(Atónita.) ¿Usted?JACK.-
(Abrazándola.) ¡Sí..., madre!MISS PRISM.-
(Retrocediendo, con indignado asombro.) ¡Mister Worthing! ¡Yo soy soltera!JACK.- ¡Soltera! No niego que es un golpe muy serio. Pero,
después de todo, ¿quién tiene derecho a tirar la piedra al que ha sufrido? ¿No puede borrar el arrepentimiento un acto de locura? ¿Por qué ha de haber una ley para los hombres y otra para las mujeres? Madre, yo la perdono a usted.
(Intenta abrazarla otra vez.)MISS PRISM.-
(Más indignada aún) Mister Worthing, aquí hay algún error. (Señalando a Lady Bracknell.) Ahí está la señora, que puede decirle quién es usted realmente.JACK.-
(Después de una pausa.) Lady Bracknell, me molesta mucho parecer curioso; pero ¿querría usted tener la bondad de comunicarme quién soy yo?LADY BRACKNELL.- Temo que la noticia que voy a darle no le agrade a usted del todo. Usted es el hijo de mi pobre hermana mistress Moncrieff, y, por consiguiente, el hermano mayor de Algernon.
JACK.- ¡El hermano mayor de Algy! Entonces, después de todo, tengo un hermano. ¡Ya sabía yo que tenía un hermano! ¡Siempre dije que tenía un hermano! Cecily, ¿cómo pudiste dudar de que yo tenía un hermano?
(Cogiendo de la mano a Algernon.) Doctor Chasuble, mi desgraciado hermano. Miss Prism, mi desgraciado hermano. Gwendolen, mi desgraciado hermano. Algy, joven sinvergüenza, tendrás que tratarme con más respeto en lo futuro. No te has portado conmigo como un hermano en toda tu vida.ALGERNON.- Chico, hasta hoy, lo reconozco. Yo hice lo mejor que pude, aunque me faltaba práctica.
(Se estrechan la mano.)GWENDOLEN.-
(A Jack.) ¡Dueño mío! ¿Pero quién es usted? ¿Cuál es su nombre de pila, ahora que es usted otro?JACK.- ¡Dios mío!... Me había olvidado por completo de ese detalle. Su decisión respecto a mi nombre es irrevocable, ¿no?
GWENDOLEN.- Yo no cambio nunca, excepto en mis afectos.
CECILY.- ¡Qué noble es usted, Gwendolen!
JACK.- Entonces mejor será aclarar esta cuestión inmediatamente. Tía Augusta, un momento. En la época en que miss Prism me dejó en el saco de viaje, ¿había yo ya sido bautizado?
LADY BRACKNELL.- Todo el lujo que puede comprarse con dinero, incluyendo el bautismo, fue derrochado con usted por sus amantes padres, ciegos de cariño.
JACK.- ¡Entonces yo estaba bautizado! Eso está ya aclarado. Y ahora, ¿qué nombre me pusieron? Dígamelo, aunque sea la cosa peor para mí.
LADY BRACKNELL.- Siendo el primogénito, era natural que le bautizasen a usted con el nombre de su padre.
JACK.-
(Algo irritado.) Sí; ¿pero cuál era el nombre de pila de mi padre?LADY BRACKNELL.-
(Reflexionando.) En este momento no puedo recordar el nombre de pila del general. Pero es indudable que tenía uno. Era excéntrico, lo confieso. Pero sólo en sus últimos años. Y lo era a consecuencia del clima de la India, del matrimonio, de las indigestiones y de otras cosas parecidas.JACK.- ¡Algy! ¿No recuerdas el nombre de pila de nuestro padre?
ALGERNON.- Chico, no nos dirigimos nunca la palabra. El murió antes de cumplir yo un año.
JACK.- Su nombre aparecerá en los Anuarios militares de aquella época, ¿verdad, tía Augusta?
LADY BRACKNELL.- El general era un hombre de paz en todo menos en su vida doméstica. Pero estoy segura de que su nombre aparecerá en algún Anuario militar.
JACK.- Aquí están los Anuarios militares de los últimos cuarenta años. Estos encantadores cronicones debían haber sido mi estudio constante.
(Se precipita hacia el estante y arranca de él materialmente los libros.) M. Generales... Mallam, Maxbohm, Magley, ¡qué nombres más espantosos tienen!... ¡Markby, Migsby, Mobbs, Moncrieff! Teniente en 1840, capitán, teniente coronel, coronel, general en 1869; nombres de pila: Ernesto John. (Vuelve a colocar el libro con mucha tranquilidad y habla sosegadamente.) ¿No le dije a usted siempre, Gwendolen, que me llamaba, Ernesto? Bueno, pues Ernesto soy, después de todo. Quiero decir que soy, naturalmente, Ernesto.LADY BRACKNELL.- Sí, ahora recuerdo que el general se llamaba Ernesto. Ya sabía que por algún motivo particular me era antipático ese nombre.
GWENDOLEN.- ¡Ernesto! ¡Mi Ernesto! ¡Desde el principio sentí que no podías llamarte de otro modo!
JACK.- Gwendolen, es una cosa terrible para un hombre descubrir de pronto que durante toda su vida no ha dicho más que la verdad. ¿Puedes perdonarme?
GWENDOLEN.- Sí. Porque estoy segura de que cambiarás.
JACK.- ¡Vida mía!
CHASUBLE.-
(A miss Prism) ¡Leticia! (Lo abraza.)MISS PRISM.-
(Entusiasmada.) ¡Federico! ¡Al fin!ALGERNON.- ¡Cecily!
(La abraza.) ¡Al fin!JACK.- ¡Gwendolen!
(La abraza.) ¡Al fin!LADY BRACKNELL.- Sobrino mío, me parece que empiezas a dar señales de vulgaridad.
JACK.- Al contrario, tía Augusta, acabo de darme cuenta, por primera vez en mi vida, de la vital importancia de ser formal.
TELÓN FINAL