Z A H I R A
de Bartolomé Gómez
ACTO I
(Omar Al Zalami, se encuentra solo ante el árbol de Sara)
OMAR AL ZALAMI:
¡Oh mi Dios!, verdadera luz de luz. Me das a beber del racimo de vid y sin embargo me ocultas en el silencio, y te olvidas de mí, y no por ello intento desobedecerte.El edicto de los reyes cristianos ha separado lo que por tradición me ha sido legado. Amo a María, a mis padres y te adoro a ti porque he sentido tu llamada. No obstante, es igualmente fuerte el hechizo que siento por María. Siento la amargura cómo corroe mis entrañas, extinguiendo mi alma, sabiendo cual debe ser la decisión a tomar: O dejar partir a su suerte a la que tanto amo, o servir a la tradición que Tú legaste a mis padres. Sentí tu llamada, ¡Oh Señor!, pero supe de la grandeza de amar, de la fuente de la vida que es engendrar al que hoy es mi hijo. Mi felicidad ya consumada y dispuesto a que toda mi existencia prosiguiera con la guía de tu Mandato, sucede que esa felicidad junto a María se rompe con la expulsión del pueblo judío.
Ella pertenece a ese pueblo errante al que le fue profetizado tal condición. Pero, ¡¿Por qué, mi Señor, hemos de sufrir el peso del error ajeno?! ¡¿Por qué motivo, pagar nosotros, los hijos, los errores de nuestros padres?! ¡¿Qué razón provoca que generaciones judaicas eximes de toda culpa acerca de la desobediencia de sus antepasados, deban seguir siendo despreciados por los demás pueblos de la tierra?!
Ya no me restan fuerzas para seguir llorando este silencio que es la única respuesta a las mismas preguntas que se suceden incesantes...
Sé que todo lo perfecto es bello y esto tiene un precio e imploro que perdones a éste, tu siervo, por todo cuanto voy a hacer. Dejaré estas amadas tierras, conocedor de tu designio. Ningún miembro que tuviese que proseguir con Tú revelación osaría hacerlo.
Pero ¿y mi dulce María? El zumo que contiene su presencia es más fuerte que la promesa que debo a mis antepasados. ¡Tú me la diste! Tan hermosa... tan dulce... Acaso ¿no es pura la paloma porque nació para dar testimonio del símbolo de la paz? Ella mi Señor, es, toda dulzura, todo cuanto respiro. Junto a ella todo es vida...
¡¿Habrán crecido lirios en este valle?! ¡Ninguno, ninguno puede romper con su florecimiento la belleza del amor que su alma exhala! He tenido la dicha de beber en sus preciosos labios y depositar en los suyos las palabras ardientes que de nuestros cuerpos emanan. Solo silencio. Y el frágil balanceo de nuestros cuerpos atrapados en una ensoñación oculta hasta entonces... y ahora... nada. Todo castigo. Dolor. Y parte de esto también incluso para aquel que ahora es mi hijo, heredero de esta condena de un padre a su vez condenado por la ejecución de falta alguna.
¡Valor! La fuerza y el desafío retan al silencio y lo destruyen puesto que me dispongo a seguir a mi amada, aunque suponga una dilatación breve del resto de tiempo que me resta por vivir junto a ella. Con mi decisión, asumo cuando Tú dispongas. Si esto es un desafío, ya ahora, imploro tu misericordia. Comprenderé todo cuando acontezca a partir de este mismo instante y así aceptaré lo que ahora decidas hacer de mí. Es la determinación que tomo ante ti, mi manifestación asimismo, de todo el amor que anhelo. De toda devoción que aún ante la desobediencia, es patente. Que todo fluya como mi Señor desee, siempre por encima del ingrato hacer de este siervo.
(Escribe en pergamino, mientras lee en voz alta)
OMAR AL ZALAMI:
Ante el árbol de Sara empiezo a construir cuanto se me ha legado. Han transcurrido 500 años desde que empezó esta epopeya y es el testimonio de todos los que me precedieron. Han contribuido para que hoy formen el gran árbol revelado, transmitidos oralmente y repetido a través de generaciones.Mi dulce y amado hijo: el que jamás alzará los ojos para mirar a su padre. Te cedo mi conocimiento, y ruego prosigas sin mi mirada, el relato que bajo este frondoso árbol de generaciones, la encina de Sara, la otra noche me fue revelado. De este modo y ante la premonición de nunca contemplarte, procederé a contar la conocida historia de Zahira, el libro primero de mis Crónicas Zahiristas...
(La oscuridad invade la escena al mismo tiempo que la voz de Omar Al Zalami, se pierde entre el silencio, mientras surge una voz en off que narra lo que sigue:)
VOZ EN OFF: Quince días después, embarcó Omar Al Zalami, junto con María en el puerto de Valencia, rumbo a Estambul. Encontrándose en alta mar fueron asaltados por piratas tunecinos. De este modo, a golpe de espada, sucumbió aquel que había desobedecido a Dios.
ACTO II
(Aparecen Sara y Hamet en el mismo escenario en el que acaba de relatar su historia Omar Al Zalami. El escenario queda de nuevo iluminado con plena luz)
SARA:
Hijo mío, contempla esta encina: ella es testimonio de la promesa que un día hice porque los acontecimientos revelados así me lo indicaron. Por ello, en cada hoja crecida hay marcada una esperanza y de este modo todo cuanto ha vivido ha de ser transmitido a través de nuestra descendencia. Así se me ordenó y así deberás tú dar cuenta de todo cuanto aconteció... todo cuanto he silenciado.HAMET: ¿Qué queréis revelarme que tan ceremoniosamente os habéis vestido como asistiendo a los ritos de nuestras creencias?
SARA: Hamet, antes de escucharme, oremos con la primera Sura del Corán para que de este modo nuestros espíritus puedan estar unidos y podamos con ello agradar a Alá.
¡En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso!
Alabado sea Dios, Señor del Universo,
El Compasivo, el Misericordioso,
Soberano del Día del Juicio.
A Ti sólo servimos y a Ti sólo imploramos ayuda
Dirígenos por la vía recta,
La vía de los que Tú has agraciado,
No de los que han incurrido en la ira,
Ni de los extraviados
Hijo mío, durante años has visto que he orado al pie de esa mole de piedra que se asemeja a las tablas de la ley de Dios. Solía arrodillarme y mecer mis cabellos en las aguas saladas del riachuelo de la "Saraella". Éstas son el testimonio del pacto de pureza que junto con la oración sellan la promesa que un día realicé a Zahira cuando se presentó en carne y hueso después de haber sido inmolada Virgen.
HAMET: Zahira, ¿quién es Zahira?
SARA: Zahira... me preguntas quién es ella, puesto que jamás me has oído nombrarla y esto es porque mi silencio era guardián de las puertas de los sacro recintos del juramento hecho para que todo permanezca oculto hasta que llegue el día de la revelación. Deberás guardar este secreto en lo más profundo de tu corazón.
HAMET: Madre, sabéis cuánto os adoro y os respeto, pero antes de prometer debo conocer todo cuanto guardáis de vuestro pasado para de este modo comprender mejor la trascendencia de aquello que vos señaláis como oculto y a lo cual lo dotáis de tan formidable misterio.
SARA: Que tus labios queden sellados una vez tus oídos hayan escuchado. Que tú espíritu no acuse temor alguno ante mis palabras, todo es cierto y deberás ser fuerte para engrandecer aquel juramento.
HAMET: Prometo, que de cuanto me digáis no saldrá de mis labios secreto alguno.
SARA: Ello es cierto porque tienes semblanza a mí.
HAMET:
Madre, ello me enorgullece.
SARA:
Antes de contarte la historia de Zahira debes conocer mi procedencia y saber el linaje de tu sangre.
HAMET:
Nunca me habéis contado vuestra procedencia. Conozco la de mi padre pero no la vuestra.
SARA:
Hoy vas a conocerla, y verás que todo cuanto te voy a relatar no ha sido fruto de la casualidad. Todo está construido para que algún día se complete esta historia.HAMET: ¡Cuánto misterio hay en vuestras palabras!
SARA:
No hay misterio cuando se conoce. Todo forma parte de las profecías que nuestro profeta reveló. Yo, tampoco lo comprendía y hay hechos que me desconciertan pues desconozco su final. Pero mi fe, no necesita comprenderlo.Como te decía, yo nací en el gineceo de los Reales Alcázares de la Ciudad de Córdoba. Fui amamantada por una mujer que hizo de madre y se llamaba Nizami. Era una de las trescientas mujeres que componía el gineceo o harén del último Abderramán. Nizami era una mujer de gran belleza pero su corazón aún era más bello. Ella se preocupó de mí como si fuera hija propia.
HAMET: ¿Queréis decir que no conocisteis a vuestra madre)
SARA:
Nunca conocí a mi madre pero no por ello carecí de amor de madre. Nizami se preocupó de que me diesen todas las enseñanzas coránicas por verdaderos y rectos teólogos, los cuales me hicieron aprender a recitar de memoria las suras y los hadich. Eran verdaderas enseñanzas completas que se alternaban con matemáticas, filosofía de los antiguos griegos y romanos, junto a una perfecta educación de los protocolos de la Corte. Con esta educación una mujer llegaba a ser bien apreciada como mujer de compañía o institutriz de las altas magistraturas de palacio de o de los grandes señores de Córdoba y de las marcas de Al-Andalus.HAMET: Verdaderamente Nizami se comportó como una madre pero ¿nunca supisteis quién era vuestra madre?
SARA:
Durante mucho tiempo cuando tuve uso de razón me hacía esa pregunta a mí misma. Algo me dejaba entrever que mi procedencia era oscura pero al mismo tiempo Nizami nunca pronunció nada que me obligara a sospechar algo distinto.Siempre que yo le preguntaba respondía lo mismo: -tu madre murió en el parto. A veces yo insistía diciéndole: -bien, pero ¿quién fue mi padre? Y a esto respondía: -no se sabe.
HAMET: Pero vuestra madre tendría una procedencia…
SARA:
No tenía respuesta. Así tuve que aceptarlo durante años… y creerlo. Pasaron los años hasta que un día hallándome como institutriz de Zahira en el Palacio del Príncipe Mujira, vino a verme la amiga más íntima que nunca tuve.Ella era como una hermana. Era la hija de Nizami. Ambas nacimos por la misma época. Juntas crecimos y juntas soñábamos en nuestras luces de juventud. Aquella visita fue para comunicarme que su madre estaba muy enferma y deseaba verme. Pedí permiso al Príncipe y marché a la Ciudad-Palacio de Medina Al-Azahara.
Allí en los aposentos reservados a las antiguas favoritas de los Califas se hallaba Nizami. Cuando me vio su rostro se iluminó. Aún recuerdo como me incliné sobre su camastro e incorporándose me cogió de las manos y apretándolas me dijo: -Por fin, has venido. Creía que no podría revelarte lo que tú siempre quisiste saber, quiénes eran tus padres.
Temblé al escuchar aquellas palabras. No lo esperaba.
HAMET: Por tanto, conocéis quiénes son vuestros padres…
SARA:
Sí pero le prometí en aquel lecho de muerte que guardaría el secreto. Desde entonces de mis labios nada ha salido y es ahora, porque ha llegado el momento de pronunciarlo para que así lo transmitas a tus hijos.
HAMET:
Estoy impaciente. Habladme madre pues me tenéis intrigado y deseo conocer quiénes fueron vuestros padres.
SARA:
Nizami me dijo que yo era hija del Señor de Palacio.
HAMET:
¿Vos? ¿Sois hija de Abderramán III?
SARA:
Sí, así me lo comunicó aquella amada mujer mientras aún sujetaba con sus manos trémulas, las mías.
HAMET:
Pero ¿por qué se os había ocultado? ¿Qué sentido tenía?
SARA:
La venganza.
HAMET:
No lo entiendo. ¿La venganza en vos? ¿En una criatura recién nacida?SARA: No, la venganza no era contra mí ni contra mi madre.
HAMET:
Si no era contra vos ni contra vuestra madre ¿contra quién?
SARA:
Contra mi abuelo, el padre de mi madre.
HAMET:
¿Quién era y cuál era su nombre?
SARA: Omar Ben Hafsun.
HAMET: ¿El rebelde? ¿El proscrito? ¿Aquel del que los juglares hablan como un héroe que cometió apostasía a nuestra creencia?
SARA: El mismo.
HAMET: Pero ¿por qué la venganza hacia vuestra madre?
SARA: El delito de mi madre fue ser considerada por el que resultó ser mi progenitor, un botín de guerra. Fui creada según Nizamí no por placer, sino para poseerla y vengarse de Omar Ben Hafsun. Para él era la joya más preciada. Ésa se convirtió en la mejor venganza que Abderramán III pudo concebir contra Omar Ben Hafsun.
Una vez poseída y a sabiendas de que estaba encinta la apartó del Harén principal.
HAMET: Decidme el nombre de vuestra madre para así en mis pensamientos poder orar por ella y tenerla presente.
SARA: Se llamaba Argentea. Su único delito, ser hija de aquel que tuvo en vilo al Califato. Sólo por una decisión en sus creencias hizo que no se tambalease y cayese el poder de los Omeyas. Al renegar de los preceptos islámicos, al tiempo que abrazaba la cruz de los cristianos con esta decisión, él mismo se precipitó hacia el abismo. Fueron más poderosas sus creencias que las ambiciones que los hombres padecemos. Omar Ben Hafsun jamás conoció su derrota en vida pero mi madre pagó por ello. El odio que el Señor de Palacio le tenía fue colmado, encontrando la desdicha para mi madre.
HAMET: ¡Qué horror, madre! Pero pienso y desde mis profundidades sé que no puedo renegar pues en mi sangre confluyen el odio, la venganza y el amor. Sólo me resta orar y acepto humildemente mi origen. Proseguid madre, ¿qué pasó luego?
SARA: Aún sigue más horror.
HAMET: ¿Es posible que podáis sorprenderme más.
SARA: Prosigo pues. Al parecer, Nizami, durante el embarazo, se encargó de consolarla desviviéndose por procurarle cierta dicha. Me explicó con arrepentimiento y vergüenza cómo en el momento de dar a luz, llevó a término una trama concebida por mi padre, con la cual conseguiría hacerle creer a mi madre que yo había nacido muerta. Y para justificar mi muerto le fue presentada una niña muerta, hija de una de las esclavas que también había dado a luz.
Durante días lloró mi madre amargamente y no había consuelo para ella a pesar de que había sido violada ella deseaba poder tenerme en sus brazos pues ya desde cuando me encontraba en su vientre, empezó a amarme. No tuve la dicha de sentir ninguna caricia, ningún abrazo…
Cuando Nizami me contó aquello, rompí en llanto pues nunca, por mucho que pueda ser imaginado lo que es sentir el abrazo de una madre, jamás será posible sentirlo. Como madre que soy, comprendo el sufrimiento de la mía, al creerme muerta.
HAMET: Madre, deseo abrazaros. Cerremos los ojos y que la vista no ciegue el tacto de vuestro abrazo.
SARA:
Hamet, Hamet. Madre, madre. Sé que pronto te conoceré y aquellos abrazos que nunca tuvimos serán eternos. Todo cuanto nos fue robado en vida y que nunca sentimos porque no nos conocíamos, lo compartiremos en los profundos páramos de la eternidad.HAMET: Madre, ¿qué sucedió luego?
SARA: Luego se consumó la tragedia. Mi madre ingresó en una de las casas piadosas de la ciudad, pero su conducta cristiana, su religiosidad mística, comprometía el orden del Estado y con ello los principios de la legitimidad del Gobierno de los Omeyas porque el Estado era Culto y Orden al mismo tiempo. Por ello fue condenada a muerte y en una mañana fría de noviembre fue decapitada junto con una tal Ulfura en los Reales Alcázares de Córdoba.
HAMET: Entonces vuestra madre fue cristiana y ejecutada por su creencia.
SARA: Sí Hamet. Esto aún da más fuerza a todo cuanto te voy a contar. Que tu mente sea lúcida y nunca testifique lo contrario cuando relates esta historia. No la interpretes de otro modo. Relátalo tal como yo te relato. Si así lo cumple habrás servido a la causa de Dios. Que los hombres de buena voluntad, pronuncien y alaben estas manifestaciones y que así se transmita de generación en generación.
ACTO III
(Jardín del Palacio del Príncipe Mujira. Sara y Zahira)
SARA: ¡Qué precioso es este rosal! No hay otro en toda Córdoba.
ZAHIRA: Este rosal forma parte del testimonio revelado que Dios me ha ofrecido.
SARA: Sus rosas dejan entrever la misma belleza que irradia vuestro rostro y la serenidad de vuestro interior.
ZAHIRA: Mirándolas me hacen recordar el día que se me apareció aquel hombre santo cristiano.
SARA: Extraña revelación a una musulmana…
ZAHIRA: Sara, sé cuanto me quieres y para mí más que una institutriz eres como una madre porque desde la cuna has sido tú quien me ha ofrecido el calor de mi madre que nunca tuve.
SARA: Recuerdo a vuestra madre como si estuviera viéndoos a vos. Era cristiana y se llamaba María Isabel. Ella había sido botín de guerra traída a Córdoba. Vuestro padre se enamoró perdidamente de ella tomándola como esposa. Murió en el parto. Desde entonces, vos, Zahira, habéis sido para mí, la ilusión de mi vida. Por tal motivo, sufría vuestra desconocida enfermedad que los médicos no pudieron diagnosticar.
ZAHIRA: Pues no era ninguna enfermedad física. Pertenecía a los signos que Dios me reserva.
SARA: ¡Cuánto me hicisteis sufrir!
ZAHIRA: Cierto, Sara. Toda la enfermedad desapareció cuando me fue revelado el sueño que me acompañará hasta la muerte.
SARA: Que sea vuestro acompañante en un futuro lejano…
ZAHIRA: Los designios de Dios están escritos.
SARA: Cierto es, pero qué sueño más bello, pero qué misterio entraña… no me canso de escucharlo de vuestros labios.
ZAHIRA: Sí, todos los días al amanecer, cuando se instala la luz en estos bellos paisajes aparece en mi mente su vivencia.
SARA: Qué preocupada me teníais hasta que una noche encontrasteis por fin el desenlace de ese constante sueño.
ZAHIRA: Cuando aquella noche desaparecieron las nubes y contemplé por vez primera un cielo vacío rellenado únicamente por un vigoroso azul y un bello paisaje que desconocía. Un angosto valle y en un rincón de aquellas montañas, se erigía un peñón por cuyos lados discurrían dos barrancos, guardando a sus pies una enorme mole de piedra. Vi entonces sobre esta peña a un hombre que tensaba su arco. Se disponía a disparar una flecha a una inocente paloma blanca, la cual iba a reunirse con su pareja. Disparada aquella flecha llegó a su destino fatal, alcanzando mortalmente tan infeliz criatura. Viéndose herida de muerte pronunció una exhalación rogando al viento que transmitiera los últimos hálitos de vida a su amado. Contemplé el viento embravecer y transportar ese último aliento. Se desataron las tormentas, rugieron los ríos, zozobraban las montañas, lloraron las piedras y así con la violencia de un trueno le fue entregado su último suspiro al amado. Sin poder a penas mover una de sus alas quedó prendido de un éxtasis de amargura. Poco a poco unas lágrimas se asomaban y con ellas pidió una vez más al viento, que fuera trasladado donde se encontraba su amada.
Ciego por el dolor se aproximó conducido por los elementos de la naturaleza y al querer descender pasó junto a un rosal y una espina atravesó su corazón brotando un surtidor de sangre. El blanco de las rosas quedó teñido de rojo y simbolizó el sacrificio del amor eterno.
Contemplé como sus últimas fuerzas lo conducían junto a su amada, uniéndose ambos al soplo de la muerte. Entonces vi en el cielo miles de palomas que acudían portando en sus picos ramas de laurel. Los llevaron a los dos desapareciendo en el infinito. Así quedaron como testimonio aquellos rosales, fundido en sus pétalos el rojo de la muerte.
SARA: ¡Qué trágico pero qué hermoso sueño Zahira! ¡Qué misterio se oculta en él!
ZAHIRA: Desde aquella noche todo cambió en mí. Nadie supo darme respuesta alguna. Ni a mi enfermedad, ni a mis sueños.
SARA: Siento temor y al mismo tiempo intuyo una paz que sólo puede proceder de Dios.
ZAHIRA: Mira, Sara, contempla este rosal. Es el pacto entre mis sueños y la presencia del santo cristiano, testigo real de todo cuanto está ocurriendo. Él forma parte del misterio del bien y del mal del ser humano, sea hombre o mujer.
SARA: Recuerdo aquel día cuando me preguntaste aquí en este mismo jardín si había visto a un hombre vestido con una túnica blanca.
ZAHIRA: Sí, tú venías en dirección contraria, por este mismo pasillo y por ese mismo camino se había marchado ese mismo cristiano. Según él, su nombre Agustín de Hipona, para los cristianos, San Agustín.
Recuerdo que te pregunté si lo habías visto y tú aseguraste no haber visto a nadie.
SARA: Juro por Alá el Misericordioso que yo no vi anciano alguno.
ZAHIRA: Desde aquel día él pertenece al amplio mundo de mi creencia. Me descubrió a mi amado Jesús de Nazaret y su reino. No por ello renuncio a ninguna de las dos creencias, a las cuales me debo. Esto hace que florezcan en mí los dos reinos del Misericordioso.
SARA: Es peligroso cuanto decís. Vos pertenecéis a la familia Omeya, gobernantes hoy en Al-Andalus y parte de la antigua Hispania y comprometéis con ello a vuestro padre, hermano de Al-Hakem II.
ZAHIRA: Llevo en mi sangre aquello a lo que no puedo renunciar. Para mí Alá es lo mismo que el Padre de Jesús y mi alma pertenece a Jesús. Todo proviene del mismo La diversidad extiende su reino hasta el infinito. ¿Quién es el hombre para dividir y separar la oscuridad de la luz? ¿No será que cada jerarquía quiere legitimarse para predominar los unos sobre los otros? Entiendo que nadie tiene la magia de la verdad absoluta para alejar el mal del hombre. Sólo los preceptos y leyes los tiene Dios, el Misericordioso.
SARA: Por cuanto decís los teólogos os condenarían puesto que es peligroso para ellos. Dejarían de ser útiles. En vuestras palabras decís que sus interpretaciones no son para servir al hombre sino para convertirse ellos mismos en dioses. Zahira, os lo recuerdo una vez más, es peligroso.
ZAHIRA: ¿Sabes lo que significa mi nombre?
SARA: Lo ignoro, mi señora.
ZAHIRA: "Resurgimiento" y quizás tenga que ver mucho con mis sueños.
SARA: A veces el silencio te transporta hacia pensamientos profundos que te obligan a intuir la belleza del alma y en ella se esconde el destino.
ZAHIRA: Lo primero es el silencio, luego viene el murmullo con el cual aparece la revelación. Dejemos, pues, que ocurra.
SARA: Dios os ha elegido pero desconozco cuanto va a ocurrir. Tened la completa seguridad de que os seré fiel mientras viva.
ZAHIRA: Gracias, Sara, de ello estoy convencida. Presiento que tú también participarás de este proyecto de Dios.
SARA: Silencio, Zahira. Veo que se acerca vuestro padre.
MUJIRA: Zahira, te he estado buscando.
SARA: Buenos días tengáis mi Señor.
ZAHIRA: ¿Qué deseáis de mí, padre.
MUJIRA: Desearía Sara que nos dejaras a solas.
ZAHIRA: Sara, ve y espérame en la Sala de Compañía pues deseo tras hablar con mi padre, preparar la salida para esta tarde. Como sabes es viernes y tenemos que visitar la tumba de mi madre y luego ir a los zocos y mercados de la ciudad.
SARA: Así lo haré, mi Señora.
ZAHIRA: Padre, ¿qué deseáis de mí?
MUJIRA: Zahira, estoy realmente enojado y muy disgustado contigo.
ZAHIRA: ¿Por qué? ¿Qué hecho?
MUJIRA: Has estado visitando a mis espaldas a un religioso cristiano y así me comprometes dando coartada a mis enemigos, que no son pocos.
ZAHIRA: Padre, nunca he querido haceros daño. Perdonadme, padre.
MUJIRA: Debo hacerme cargo porque te amo pero deduzco que tú sola no pudiste llegar hasta ese religioso. ¿Quién te ha llevado hasta él?
ZAHIRA: No penséis en nadie, sólo yo soy responsable. No creáis que Sara ha sido la que me ha influido.
MUJIRA: Entonces, dime quién ha sido.
ZAHIRA: Si os lo digo, no me vais a creer.
MUJIRA: No me ocultes nada, por el bien tuyo y el mío. Dime cómo ha sucedido todo.
ZAHIRA: Os lo diré padre. Os lo oculté porque creía que nunca os enteraríais.
MUJIRA: ¡Qué inocente eres! Tu edad la puedes ocultar, pero dime, ¿cómo lograste conocer al asceta y quién te dijo dónde se hallaba?
ZAHIRA: ¿Recordáis que caí enferma y tuve aquellos sueños que os relaté?
MUJIRA: Extraños sueños que nadie supo descifrar.
ZAHIRA: ¿Veis este rosal?
MUJIRA: Es bellísimo, no existe otro igual en toda Córdoba. El rojo intenso, el rosáceo y el blanco tiñen sus pétalos, pero ¿qué tiene que ver este rosal con lo que pregunto?
ZAHIRA: Mucho, más de lo que imagináis.
MUJIRA: Me intrigas y estás dando vueltas en torno a mis preguntas. Dime quién te envió al religioso cristiano.
ZAHIRA: Después de restablecida de aquella extraña enfermedad, paseaba yo por este jardín con Sara para cortar unas flores y llevarlas al cementerio. Se nos habían olvidado las tijeras y mandé a Sara a por ellas quedándome sola. Empecé a pasear entre los pasillos de estos setos. Cuando salí de uno de los recodos vi a un anciano inclinado plantando una especie de báculo. Me acerqué a él y le pregunté lo que estaba haciendo respondiendo a su vez que plantaba un rosal. Yo le dije que eso no podía ser y él contestó que sí. Seguí insistiendo que era imposible que de aquel cayado apareciesen flores y entonces me dijo: -Es más fácil que de este báculo brote un rosal que ningún hombre mortal sepa interpretar tus sueños.
Padre, ante estas palabras quedé confusa y le pregunté: -¿quién sois vos que así me habláis?
-Soy Agustín de Hipona y vengo del Reino de Jesús de Nazaret y al tiempo enviado por el mismo Padre para decirte que has sido designada para dar testimonio en su nombre en una montaña porque vendrá el día que los reinos de Abraham, de Jesús y de Mahoma serán olvidados y quebradas sus leyes y el espíritu del revelado se habrá enseñoreado de la faz de la tierra. Entonces, tu semilla resurgirá en una nueva unión del espíritu y la palabra del padre volverá a reinar.
Yo sólo pude responder que se hiciera la voluntad del Misericordioso. Prosiguió diciéndome que fuera testimonio del mismo porque la pureza no es dual y ella está creada por el Único. A continuación me dirigió a las mazmorras del Alcázar donde encontraría a un fraile cristiano que me mostraría el testimonio de Jesús de Nazaret.
A continuación aquel hombre, posó el báculo en el suelo, se irguió y a continuación salió del jardín por uno de los pasillos.
No pude reaccionar, en cuanto pude fui tras él. Seguí sus pasos y no pude más que ver regresar a Sara por donde había desaparecido el anciano. Yo le pregunté si ella había visto salir al anciano pero no vio nada. Cuando volví vi que el báculo se había convertido en el que ahora es el rosal más preciado de la ciudad.
MUJIRA: Lo que me cuentas me hace creer que tú sueñas y aún no has despertado.
ZAHIRA: No sueño. ¿Acaso no existe este rosal?
MUJIRA: Sí, pues lo veo.
ZAHIRA: Entonces ¿por qué no creéis cuanto os digo?
MUJIRA: Sé que hoy has visitado al fraile pero habrás podido comprobar que ya no estaba y yo te voy a explicar la razón. Esta mañana al alba ha sido ejecutado.
ZAHIRA: ¡Es imposible! ¡Aún llevo los cabellos mojados y el perfume del agua porque hoy mismo él me ha bautizado con los ritos con los que el mismo Jesús fue bautizado!
MUJIRA: ¿Me estás diciendo que has sido bautizada por el rito cristiano?
ZAHIRA: Sí, padre… Y por el mismo hombre que vos aseguráis que ha sido ajusticiado.
MUJIRA: Eso es imposible.
ZAHIRA: Padre, es cierto.
MUJIRA: No me importa nada de lo que cuentas. Sólo te advierto que si continúas con esas obsesiones y esos sueños, traerás mi ruina y la tuya propia. No estoy dispuesto a consentir por más tiempo tus caprichos. Desde ahora mismo, te impondré castigos severos y esta tarde no podré consentir que franquees los muros de este Palacio, ni siquiera para visitar la tumba de tu madre. También Sara será castigada con dureza.
ZAHIRA: Padre, castigadme a mí, pues Sara no tiene nada que ver con esto. Haré lo que me pidáis.
MUJIRA: Voy a hacer un trato contigo. Si lo cumples prometo olvidar todo cuanto has dicho pero si no alejaré de ti a Sara y te llevaré a una de las Casas Piadosas que existen en Córdoba.
ZAHIRA: Padre, haré cuanto digáis.
MUJIRA: Ya sabes lo que a partir de ahora procede. Todo depende de ti. Ya he soportado bastante tus ensoñaciones.
ZAHIRA: Padre, sólo soy yo responsable. No hagáis nada contra Sara y cumpliré cuanto me habéis dicho aunque por ello tenga que llorar en la soledad.
ACTO IV
(Palacio de Mujira. Estancia privada del príncipe Mujira.
Zahira y Mujira se encuentran a solas)
MUJIRA: Quiero estar contigo esta noche tan triste para ti.
ZAHIRA: Padre, lo que hoy ha ocurrido tristemente debía suceder. La ejecución del fraile cristiano se veía venir. Él desafiaba con sus blasfemias hacia Mahoma y con ello las creencias islámicas, todo el orden y las leyes del Califato.
MUJIRA: Por fin comprendes en qué compromiso me tenías a mí.
ZAHIRA: Desde el primer momento fui consciente de ello padre. Pero tenía que entender y descifrar aquel sueño que aún hoy no acierto a comprender. Aquella curiosidad, no obstante, me llevó a conocer el testimonio del dios de mi madre.
MUJIRA: Yo no te impediré que lo ames pero en el silencio de tu corazón. Nunca lo hagas públicamente porque ello haría que mis enemigos golpeasen lo más valioso que tengo y ello eres tú.
ZAHIRA: No temáis. Mi sacrificio no puede ser suicida.
MUJIRA: Qué feliz me haces al oír eso.
ZAHIRA: Abrazadme padre. Hacedme sentir protegida.
MUJIRA: ¿No escuchas en el silencio de la noche el ruido de cascos de caballos?
ZAHIRA: ¡Padre, se acercan soldados y vienen directos hacia aquí!
MUJIRA: ¿Qué habrá ocurrido?
(Soldado desde fuera)
SOLDADO: ¡Abrid las puertas del palacio!
(Penetran en la Sala Ben-Amir y soldados)
MUJIRA: ¡¿Quién sois vos que a estas horas de la noche penetráis en mi palacio, rodeado de soldados?! ¡¿Qué sucede?!
BEN-AMIR: Soy enviado por el Primer Ministro Chafar para que os comunique la muerte de vuestro hermano el Califa Al-Hakan y el advenimiento de vuestro sobrino Hixam pero los visires temen que vos no acatéis el nombramiento del nuevo regente y desean saber cuál es vuestra posición.
MUJIRA: Decidle a los visires que estoy dispuesto a obedecer y rendir juramento a Hixam. A dar toda clase de garantías de obediencia en el nombre de Alá. ¡En el nombre de Alá empeño mi palabra!
BEN-AMIR: Los visires y el Primer Ministro Chafar han conjurado vuestra muerte porque vos formáis parte de aquellos que controlan hoy el poder y ellos son los eunucos de palacio.
MUJIRA: ¡Por Alá que ello no es cierto! ¡Prometo obediencia!
BEN-AMIR: Los eunucos, como bien sabéis, simpatizan con vos y ellos desean que vos seáis el nuevo regente. Sin embargo han sido tan inocentes... que ellos mismos comunicaron cuanto habían decidido al Primer Ministro Chafar. Él los ha engañado manifestando su conformidad para con vuestro nombramiento manifestando que mientras ellos preparaban las exequias del difunto Califa, procedería a dar las órdenes para cerrar las puertas de palacio y hacer efectivo todo el plan de éstos.
Con todo, silenciosamente, ha reunido a la reina y a los visires y les ha transmitido la conspiración de los eunucos. Reunidos todos se pronunciaron unánimemente en mataros.
MUJIRA: ¡Por Alá! ¡Lo reitero! ¡Prometo ser fiel a la regencia de mi sobrino Hixam!
BEN-AMIR: Me habéis convencido. Escribid de vuestro puño y letra todo lo que habéis dicho y haré mandar a un soldado para que la Junta decida y espero con ello que accedan a perdonaros la vida.
MUJIRA: ¡Gracias! ¡Escribid vos cuanto hemos hablado!
(Ben-Amir escribiendo la solicitud y el estado de calma y confianza en que había encontrado al Príncipe).
BEN-AMIR: ¡Soldado, ve a Palacio y entrega este mensaje al Primer Ministro Chafar!
(Silencio)
BEN-AMIR: ¿Quién es esta bella joven?
MUJIRA: Es mi hija Zahira.
BEN-AMIR: ¿Vuestra hija?
MUJIRA: Sí, es mi hija pero por vuestra exclamación diría que la conocéis...
BEN-AMIR: No, no la conozco. Pero es el rostro que un día contemplé regresando de la ciudad de Niebla cuando la luna clareaba en el puente romano que cruza el Guadalquivir. Desde entonces la he buscado por toda Córdoba. De esto hace un tiempo ya. He sido esclavo de su belleza. Vi su rostro celestial al quitarse el velo y desde entonces ha sido manantial del deseo que se debatía dentro de mi alma.
ZAHIRA: Señor, no os conozco pero agradezco y os doy las gracias por no haber cumplido con la orden que trajiste. Por un momento me horroricé. Espero que mi padre no padezca de un destino cruel por los intereses y ambiciones de los eslavos de palacio.
BEN-AMIR: Zahira. ¡Qué bello nombre! ¡Resurgimiento! Espero que la Junta determine no matar a vuestro padre puesto que no sería justo, aunque de otro lado... sí político.
ZAHIRA: ¡Qué Dios no lo permita!
BEN-AMIR: ¿Crees que para mí no sería cruel?
SOLDADO: Señor, el mensajero que mandaste a palacio está aquí.
BEN-AMIR: ¡Que pase inmediatamente!
MENSAJERO: Señor, tomad la carta que la Junta ha escrito.
(Silencio mientras Ben-Amir lee)
BEN-AMIR: Mujira, el destino es luctuoso. ¿Sabéis lo que me comunican en la carta? Los eunucos enterados de los movimientos de la reina, del Primer Ministro Chafar y los visires ante todos ellos se han arrepentido de la conspiración y ellos mismos para salvar sus propias vidas han aprobado vuestra sentencia de muerte.
ZAHIRA: ¡Padre! ¡Qué horror! ¡Abrazadme! ¡Dejadme besaros y llorar con vos! ¡No, a mi padre, no! ¡No matéis a mi padre! ¡Por Dios! ¡No lo matéis!
MUJIRA: Hija mía, mi cuerpo está trémulo. Tiemblo de miedo. Me veo inerme e inocente ante este torbellino de ambiciones. Ven a mí... Deja por unos instantes tu sentencia por última vez a mi hija.
ZAHIRA: Padre, padre...
MUJIRA: Zahira, Zahira, sé fuerte... sobrevive y no busques nunca sentido a esta muerte. Es el precio que paga un hombre por creer en nuevos frutos y nuevas bellezas que sean justas.
ZAHIRA: Padre, padre...
MUJIRA: Un Omeya tiene miedo y horror porque es hombre pero el orgullo de nuestra familia me impide contemplar el rostro vidrioso de la muerte con miedo, de pedir clemencia a lo inevitable. ¡Malditos aquellos que por sus ansias de poder no dudan canallescamente en suprimir la vida de aquellos que sueñan en la libertad de sus pueblos!
Zahira, yo deseaba para mi Córdoba lo mejor. Las juventudes me apoyaban pero la ortodoxia maliquí fiel a sus principios de sus estados de privilegio no podían permitir que energías regeneradoras pudiesen cubrir las nuevas primaveras de los jóvenes de mi amada Córdoba. Ben-Amir, cumple con tu misión. Eso sí, deseo que respetes a mi hija y cuantas vidas habiten mi casa.
BEN-AMIR: Mi joven príncipe. Nadie osará tocar a vuestra hija ni a ninguno de vuestros parientes que moran este palacio. Yo os digo y os prometo que los protegeré. Y a vuestra hija, no temáis por ella, será el tesoro más preciado que yo guardaré.
MUJIRA: ¡Que mi hija no contemple mi muerte!
BEN-AMIR:¡Soldados! ¡Sacad de esta estancia a la joven!
ZAHIRA: Padre, padre...
BEN-AMIR: ¡Ejecutad la orden!
(Unos soldados lo asfixian con las almohadas. Luego lo ahorcan.)
VOZ EN OFF: Al día siguiente dijeron a la ciudad de Córdoba que el príncipe Mujira no había podido soportar el advenimiento de su sobrino Hixam ni acatar con ello la resolución de la Junta Regente.
ACTO V
(Palacio de Al-Madinat-Hazara en la Sala de los Visires)
CARCELERO: Ve andando miserable. Hoy es un día feliz para mí, pues llegó el día de ver cumplido aquello que tanto deseaba.
CHAFAR: Despacio hijo mío, pronto llegarás a ver lo que deseas. Quisiera comprar la muerte pero Alá le ha fijado un precio muy alto.
BEN-AMIR: Comparecéis ante los Visires para responder por todos los actos fraudulentos cometidos.
CHAFAR: ¡¿Vos me acusáis a mí?! ¡¿Cuándo yo he sido vuestro valedor?! Tu necedad me arroja un haz de luz. Hallo por fin en vuestra alma la cobardía, y esa terrible ambición que la corroe hasta lograr todos vuestros fines. ¿Cuándo cesaréis de humillarme? Vuestro corazón es duro. No veis que mis fuerzas flaquean porque la edad ya es avanzada. Os ruego, por ello, misericordia para este andrajoso viejo.
GALIB: ¡¿Acaso habéis tenido vos misericordia con vuestros propios enemigos?! ¿No habéis manejado a vuestro antojo, falseando con ello y enriqueciéndote, ¡vos!, y no conformándoos aún ofrecíais prebendas a vuestros más allegados?
CHAFAR: Galib, me juzgáis así porque siempre habéis envidiado mi posición como Primer Ministro y fui el valido de Al-Hakan II, al cual le fui siempre fiel. Pero vuestra ceguera os impide ver lo que está sucediendo a vuestro alrededor.
GALIB: Los miserables siempre siembran dudas para conseguir ventajas. Percibo que aún no habéis perdido vuestra habilidad para confundir y salir victorioso de vuestras intrigas y abrazar vuestros logros. Pero esta vez no van a serviros ni argucias ni juegos de palabras alguno.
CHAFAR: ¡Qué ciego estáis...! Al igual que la reina regente... ¡Abrid los ojos! ¡¿No veis que Ben-Amir es el responsable de esta confabulación?! Pero todo está claro en mi mente y comprendo en qué redes la reina ha caído víctima del influjo de las adulaciones procuradas. ¿Creéis Galib que aquel que se ha casado con vuestra hija es porque la ama? Yo os lo diré: fue una decisión de la reina para estar cerca de él. Sin embargo la misma reina no es consciente de que forma parte de la trama urdida por Ben-Amir.
BEN-AMIR: ¡Qué ser más vil sois! Queréis, aludiendo a los argumentos de mi suegro, Galib, romper el equilibrio del consejo regente para así vos vengaros pero no lo conseguiréis porque vais a ser juzgado y sentenciado.
CHAFAR: Por mucha clemencia que os pida nunca vais a permitir mi inocencia. A vos Galib, os digo que yo seré el primero en caer en desgracia. Luego ¡vos! Seréis la próxima víctima. Comprendedlo. ¡Abrid vuestros ojos! ¡¿Quién ha intrigado contra mí y ha hecho ver que he vaciado las arcas reales?!
BEN-AMIR: No os esforcéis. Nadie os va a creer. Vuestra lengua se deshace en el veneno que guardáis a pesar de no ser más que un cadáver enterrado por todos aquellos que un día os respetaron. No obstante, yo sé de ese veneno y no me dejaré emponzoñar por él.
Dicho esto, la junta regente os acusa de malversación de fondos del Estado en la campaña de guerra en el Magreb, sur de Al-Andalus. Y por ello, todas vuestras propiedades os serán confiscadas y todos los miembros de vuestra familia, expulsados de la Administración para así el Estado resarcirse del flagrante hurto. ¡Que así los jueces lo decreten y se cumpla la voluntad política que la junta regente por unanimidad ha aprobado!
CHAFAR: A pesar de rogar clemencia esperaba esto. Pero ¿qué culpa tienen mis hijos de mi caída? Una vez más, pido clemencia, esta vez por ello pues no deben nada.
GALIB: Todo cuánto se ha decidido deberá acatarse.
(Todo el séquito de visires junto con Galib y Ben-Amir se retira)
CARCELERO: ¡Por fin se ha cumplido la plegaria de mi hermano!
CHAFAR: No tengo constancia ni recuerdo algo por lo que haya podido ofenderos
CARCELERO: ¿Sí? Yo os lo diré. ¿Recordáis aquel que injustamente encarcelasteis y al que le arrebatasteis cuanto poseía?
CHAFAR: Sí... Intento recordar... Sí, reconozco que fui injusto una vez. Ahora recuerdo... Durante años he vivido con angustia aquellos hechos a pesar de que restituí a vuestro hermano de cuanto era poseedor. No obstante esa plegaria que vos referisteis nunca fue retirada. Por ello, siempre la he tenido presente de lo que un día gritó a los cielos.
CARCELERO: Destruisteis una familia y mi hermano no siendo capaz de superar el trance acabó ahorcado por su propia mano.
CHAFAR: La maldición de vuestro hermano siempre me ha perseguido. Por ello pago con su misma moneda tal como se presenta, como humildemente lo acepta este alma. Con esos mismos suspiros de dolor... He opuesto la paciencia a la adversa fortuna y mi espíritu forzado a la constancia la practica en adelante. ¡Qué maravilla! ¡Ven a mi corazón paciente y a mi alma, antes tan vanidosa y ahora humillada!
CARCELERO: Os consumís con todo lo que un día poseísteis. Yo que os he visto ir en hombros en un palco real, y a la muchedumbre aclamaros por todas las plazoletas de Córdoba, os tengo por un lado odio pero por el otro no comprendo en este momento hombre que merezca mayor ofrenda de misericordia. Aún así, bebed de aquello que exprimisteis en vuestra existencia repleta de prodigalidades.
CHAFAR: No os fiéis jamás de la fortuna porque nos procura muchos cambios. Antes me hice temer de los leones, hoy me hace temblar delante de un zorro. ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación para un hombre que se sentía valeroso! Verme implorar el perdón a aquellos que han sido mi padecimiento. Porque temo por mi vida. ¡Qué agonía! ¡Qué dolor! Aunque... ahora reconozco con estruendoso pavor los tiempos en que yo también he sentenciado a muerte. Grito y como respuesta sólo obtengo por respuesta el desprecio y el silencio. ¡Qué larga se me hace esta agonía al contemplar en la cúspide a aquel que yo amamanté, sus ambiciones, para convertirse en mi verdugo! ¡Qué ser más vil es Ben-Amir!
CARCELERO: ¡Callaos! ¡Y morid con dignidad y si no como un perro!
CHAFAR: ¡Alá! ¡Ten piedad de mí y acorta mi agonía!
VOZ EN OFF: Tiempo después era entregado el cuerpo sin vida a los familiares de Chafar y enterrado en una fosa humilde sin que la ciudad de Córdoba lamentase su muerte.
ACTO VI
(En una alquería cerca de la ciudad de Córdoba, junto al Guadalquivir.
Sara y Zahira).
SARA:
¡Qué primavera más esplendorosa! La naturaleza hace revivir cada año su resurgimiento y el campo son sus ropajes. Las amapolas silvestres junto con el verdor de la hierba y el aroma de las flores enriquecen nuestras pupilas.ZAHIRA:
Es verdad cuanto dices. Todo tiene su esplendor pero... también su decadencia. Así Dios sabe mostrar que naturaleza es belleza. Y la belleza es caduca... Aún así, nuevas bellezas y misterios entierra el devenir de nuestras vidas. Un ciclo intenso de vida y muerte, a los cuales somos llamados por ese Dios a quien tan fielmente me debo. Acatar y cumplir con su voluntad, como simples observadores del resurgimiento tras la decadencia. Hoy todo me parece bello. La muerte es bella pues tras ella se esconde un nuevo renacimiento.SARA: Bien habéis hablado Zahira.
ZAHIRA: ¡Oh Sara! ¡La muerte! ¡La muerte y sus miedos ! Nos arrojan a una constante lucha entre las sombras de nuestras almas. Mas a mi parecer no debiera ser de este modo. El hombre sería libre amando la muerte tanto como su propia vida. Con todo, no es este el pensamiento general que inunda nuestros corazones de esperanza sino un brutal terror que atenaza nuestras voluntades y ciega la causa justa de la razón de existir y pertenecer nada más que a una sucesión de interminables regeneraciones.
SARA: Temor y temblor. Vida, muerte, plenitud. ¡Cuánto placer y serenidad hallo al escucharos porque vuestras palabras dejan entrever milagrosamente el rostro de Dios!
(Entra Ben-Amir)
BEN-AMIR:
Ruego perdonéis la irreverencia que pueda pareceros mi presencia repentina. Sin duda he osado penetrar en la intimidad de vuestras conversaciones. No obstante no puedo abandonar a la obviedad el hecho de que lamentablemente en pocas ocasiones, el alma de una dama supere la belleza de su figura. He sido ahora testigo de tal privilegio.SARA: Señor, no nos habíamos percatado de su presencia.
BEN-AMIR: Mi llegada a la alquería es porque vengo a deciros que debéis marchar lejos de Córdoba porque la vida de Zahira peligra.
ZAHIRA: ¿Por qué? ¿Qué daño he hecho y a quién he ofendido?
BEN-AMIR: Vos, mi joven y bella amada, nada habéis hecho. El único mal ha sido que yo me he enamorado de vos como un zagal y mi alma suspira constantemente. Ése es vuestro delito.
ZAHIRA: ¿Mi delito? Decidme quién me teme tanto para desear arrancarme la vida.
BEN-AMIR: Os lo diré, pero antes quiero que Sara nos deje solos.
SARA: Mi señor, si ese es vuestro deseo...
(A solas Zahira y Ben-Amir)
BEN-AMIR: Zahira, vos sabéis que siempre he temido perderos. Motivos para tal creencia provienen de que yo mismo mandé ejecutar la orden de los visires contribuyendo así a un crimen inicuo exime de absolución. Prometí a vuestro padre antes de su muerte protección para vos y cuantas mujeres y criados servían en palacio. La mejor protección era enviaros a esta alquería. Jamás deseé que nadie supiera de mi interés hacia vos más allá de mi promesa.
ZAHIRA: ¿Pero quién desea mi muerte si me siento inocente?
BEN-AMIR:
No os lo voy a ocultar. Es la propia reina.ZAHIRA:
¡La reina! Pero ¿por qué?BEN-AMIR: Siente celos...
ZAHIRA: ¿Celos?
BEN-AMIR: Es mi deber confesaros que durante largos años me he debido a mi señora también como amante y no concibe que ninguna otra mujer usurpe aquello que ella tanto ama.
ZAHIRA: ¿Pero vos la amáis?
BEN-AMIR: Sólo he sido su amante para lograr mis fines.
ZAHIRA: ¿Cómo es conocedora de vuestro amor hacia mí?
BEN-AMIR: Interceptó una de mis cartas dirigidas a vos y me descubrió. Sus celos la han desvariado de tal modo que sólo desea veros muerta.
ZAHIRA: ¿Y cómo os habéis enterado vos?
BEN-AMIR: Quien posee poder para mantenerlo está obligado a saber cuanto ocurre a su alrededor.
ZAHIRA: ¿A cambio de qué? ¿Y a qué precio?
BEN-AMIR: Una vez escogido el camino no hay retorno, cualquier titubeo sólo consigue conducirte al abismo. Un hombre como yo ha tenido que forjarse entre traiciones, muertes injustas, y siendo el propulsor de guerras infames dentro del mismo reino. He tenido que valerme de las argucias de las que cualquier vieja alcahueta hace uso y de intrigas cuyo fin escapa al entendimiento de cualquier miserable que feliz y sin osadía alguna acepta agradecido lo que Alá dispone. Sin embargo, hay que mantenerse en alerta y jamás cerrar los ojos. Ser beneficiado no sólo por la fortuna sino por habilidades como la intriga y la seducción, no garantiza en modo alguno un estado de paz, alcanzada la cima del poder. Tales armas deben ser renovadas una y otra vez frente a los enemigos que se dejan atrás a lo largo de años de constante lucha. Un solo instante en que flaqueen mis fuerzas y puedo ser engullido ya no por la irreverencia, la falta de respeto o el temor que inspiro. Incluso ahora rodeado de tanta ostentación y creyéndome dueño del mundo, se cierne sobre mi cabeza, la muerte, y precisamente proporcionada por aquellos que ahora me besan y alardean de ser mis más insobornables acólitos
ZAHIRA: Os comprendo. Duras son vuestras palabras pero puedo reconocer mucho de aquello que habéis descrito y deseo que aceptéis mi agradecimiento por vuestra sinceridad.
Desde que vos me mandasteis a este retiro, lejos de las servidumbres de los palacios, he convivido con la gente sencilla y me admira la dicha en la que viven. Cuando contemplo con regocijo a los hijos de Ibrahim, el casero, nunca dejo de sorprenderme, cómo se enredan divertidos en sus juegos, y ¡oh! esa felicidad con la que la esposa amamanta al último de sus hijos. ¡Yo no deseo más! ¡Sólo aspiro a una vida sencilla!
BEN-AMIR: No, no, Zahira. Vos no nacisteis para vivir en el campo sino para estar en el palacio que construiré cuando haya alcanzado el poder absoluto. Vos seréis el rubí y la joya más valiosa.
ZAHIRA: Ben-Amir, dos mundos hay en mí. Uno es el recogimiento donde la sencillez habita junto a la belleza de ser mujer de un solo hombre y ofrecerle la virtud fértil de unos hijos. Por otro lado no considero que sea para vos y no por los muchos años que nos separan. Yo desearía que vos fuerais ese hombre, esposo fiel al que me debo también fiel. En cambio contra ese amor que me inspiráis lucho, porque sé que jamás podré arrancaros de vuestra propia masa y de aquella materia que en ocasiones envilece vuestros actos.
BEN-AMIR: Zahira, Zahira... Cuando mi mirada contempla vuestro rostro llego hasta lo más hondo de mi corazón a través de vos y como un halo sagrado embebecido de un extraño licor enardecéis mis sentidos. Esto, jamás fue posible de la mano de una mujer.
ZAHIRA: No aduléis a mi alma porque ello me hace estremecer de deseo y no puedo contener mi razón.
BEN-AMIR: ¡Oh Zahira! Nacida como la flor más preciada de la naturaleza la cual me hace sentir las pasiones con toda la vigorosidad de mi cuerpo. Donde los sentimientos anidan en las profundidades de vuestras pupilas. Que como lánguida hechicera embruja los lamentos, sentidos y al mismo tiempo los arcanos y misteriosos movimientos de amor que penetran en lo más profundo de mi ser.
ZAHIRA: Tenéis en vuestras palabras esencias que adormecen mi voluntad y por ello empiezo a flaquear y a desear que me toméis. Sagrados juglares del dulce vino escarciado que ofrecido en copa de oro puedan mis labios poderos transportar a los fértiles jardines del Edén.
BEN-AMIR: Zahira, Zahira. ¿cómo no voy a derramar en un beso profundo cuánto me estáis ofreciendo? ¿Acaso no es verdad, amada mía, cuánto os ofrezco? Dejadme probar del cáliz de vuestro cuerpo y os ofreceré todos los reinos de la tierra.
ZAHIRA: Cerrad los ojos, soñad siempre y recordad estos momentos que quedarán grabados en los surcos de la eternidad.
BEN-AMIR: ¡Cómo olvidarme, amada mía!
ZAHIRA: ¡¿Qué me ha ocurrido?! ¡Perder el sentido del tiempo y la razón! ¡Apartaos de mí! Ben-Amir, dejad que mi virginidad se mantenga imperecedera.
BEN-AMIR: No me dejéis así... ¡porque deseo tomaros! Sabéis bien que no osaría jamás traspasar más allá de vuestra voluntad, ni ceder a vuestra deshonra.
ZAHIRA: No es el momento y debo olvidar cuanto os he dicho y vos también deberíais olvidarlo.
BEN-AMIR: No quiero forzar aquello que un día llegaré a poseer pues rompería ahora cualquier hálito de algo que puedo contemplar como realmente bello. Sois la única mujer que puede resistirse y ello me otorga mayor complacencia para amaros intensamente.
ZAHIRA: Dejadme... no tentéis y no rompáis el cántaro lleno de agua fresca y virgen... pues ahora reconozco y me horrorizo ante la realidad de que mi corazón pertenece a otro.
BEN-AMIR: ¡¿Y quién es?!
ZAHIRA: Mi pensamiento y mi corazón pertenecerán a aquel que sepa comprender las virtudes de un amor que para vos es desconocido.
BEN-AMIR: En verdad que personificáis la imagen descrita por los sabios griegos. Nunca creí que pudiese alma alguna engendrar tal belleza.
ZAHIRA: No halaguéis aquello que por sentido común se aprecia.
BEN-AMIR: Me habéis hecho feliz y me he olvidado por breve instante de todas mis preocupaciones.
¡Ah! Quisiera cerrar mis ojos y ser como vos deseáis que sea mi Zahira, pero la realidad me impide descansar y permanecer vigilante ahora que tengo cercano el dominio de Córdoba. Esta misma noche partiréis con Sara lejos. Nadie sabe el destino excepto un capitán de máxima confianza. Todo está previsto y cuando no haya peligro regresaréis a Córdoba. Será entonces cuando llegará una vida repleta de plenitud tal y como hemos soñado.
ZAHIRA: ¿Adónde me enviáis?
BEN-AMIR: A la ciudad de Játiva, emplazada en una vega fértil. Allí reside un allegado mío que está a cargo de aquella marca. Es el alcaide de aquella plaza.
ZAHIRA: ¿Y ha de ser esta noche? No tengo nada preparado para partir.
BEN-AMIR: Sí, pues en cualquier momento pueden cumplirse las órdenes de la reina y es difícil para mí confiar en alguien.
ZAHIRA: Señor, haré vuestra voluntad y partiré enseguida.
BEN-AMIR: ¡Soldado! ¡Llama a la institutriz Sara!
SARA: Señor, ¿qué deseáis?
BEN-AMIR: Zahira te dirá.
(Se quedan solas Zahira y Sara)
ZAHIRA: Sara, dispón de las mínimas ropas y coge todo aquello que pudiera sernos de utilidad.
SARA: Mi ama, ¿tan urgente es?.
ZAHIRA: Sí porque así lo ha dispuesto Muhamat y tengo el presentimiento de que no regresaré a mi amada Córdoba. Ya nunca podré visitar las tumbas de mis padres. Mi destino me envía al lugar que desde que nací tenía predestinado. La paloma surca hacía su destino donde Dios ha dispuesto que el amante la encuentre. Vayamos pues hacia el sueño de nuestro destino que me conducirá a la eternidad
ACTO VII
(Sala capitular del Castillo de Játiva. Ben-Amir, Sara, Alcaide del Castillo y soldados)
SARA: Señor, la desgracia se ha abatido sobre nosotros y no sé cómo decíroslo.
BEN-AMIR: Sara, ¿qué debes decirme y por qué no está aquí Zahira?.
SARA: Señor, Zahira ya nunca estará entre nosotros.
BEN-AMIR: ¿Qué quieres decir? ¿Qué hecho tan horrendo temes hacerme conocer?
SARA: Mi señor, Zahira ha muerto.
BEN-AMIR: ¿Zahira? ¿muerta?
SARA: Es cierto. Fue vilmente asesinada.
BEN-AMIR: ¡Mi corazón sólo contempla el odio! La reina es la culpable de esta muerte. ¡Por Alá! ¡Que aquellos que fueron responsables de su muerte pagarán por ello!
SARA: Mi señor, de todo cuanto pensáis y por vuestra mente pueda pasar, nada es cierto pues lo que tenía que ocurrir estaba escrito en las estrellas.
BEN-AMIR: Me desconciertas Sara. ¿Qué fue lo que ocurrió?
SARA: La reina fue culpable en parte pero nada tuvo que ver. Todo cuanto planeasteis para poder defender la vida de Zahira se cumplió pero su destino, como antes dije, estaba ya decidido. Después de que los asaltantes que vos pagasteis nos condujeran a su refugio para esperar vuestras órdenes, sin nadie esperarlo, llevaron consigo a Zahira a una de sus guaridas. Dentro de aquel grupo de mercenarios, uno de ellos se enamoró de su imagen y en su mente se desencadenó el deseo de poseerla. Éste esperó a que todos nos hallásemos dormidos para convencer a uno de sus secuaces para que entretuviera la vigilancia del campamento mientras él se encargaba del rapto de nuestra Zahira. Logró imbuir tan estúpido plan con la promesa de que de este modo ambos podrían compartir el botín.
BEN-AMIR: La raptó... ¿y lo que sucedió después?
ALCAIDE: Vos mismo podéis interrogar al asesino de Zahira y conocer los detalles de cuanto aconteció.
BEN-AMIR: ¡Traed a aquel que ha sesgado mis sueños!
(Entran los soldados llevando al prisionero)
BEN-AMIR:
¿Cómo os llamáis?PRISIONERO:
Muhamat, hijo de Ben-hira.BEN-AMIR: ¡Decidme qué hicisteis con aquella joven!
PRISIONERO: Señor, tened piedad de este hombre aunque sólo ya Alá, el misericordioso y compasivo, puede concederme la virtud de la eternidad porque yo me siento culpable de haber roto la flor más preciada del jardín. No existe perdón para ello.
BEN-AMIR: ¡Qué cruel es el destino porque mi cólera no puede ser saciada al ver arrepentido al hombre al que arrebataría la vida! Sólo la muerte me librará del peso de mi alma. ¿De qué me sirve vuestro arrepentimiento y vuestra muerte si con ello no regresará mi amada? Pero decidme: ¿cómo ocurrió todo?
PRISIONERO: Señor, desde el mismo momento en que vi a aquella joven en mis pensamientos no había otra obsesión que poseerla. Veía en ella a una antigua prometida que me despreció por otro hombre. Estaba tan enamorado de ella, la amaba tanto que no pude soportar que dejara de ser mía. Los maté a los dos y desde entonces la justicia me perseguía. Tuve que huir a las montañas. De repente al contemplarla, creí reconocer de nuevo todo cuanto había soñado. Me sentía enamorado una vez más de la imagen de tan inocente paloma. Tras raptarla y tras una larga jornada llegamos al nacimiento de un pequeño riachuelo. Ella me pidió refrescarse porque hacía calor. Yo se lo permití. Para que mis ojos indiscretos no la viesen me solicitó que me dirigiera a un lugar donde habían unas cañas. No obstante, no me fue posible detener la tentación de ver qué es lo que hacía. Se lavó la cara y bebió un poco. Levantándose los vestidos contemplé sus piernas. Esto embraveció los sentidos de mi virilidad y me abalancé sobre ella. Ella se defendió y yo empecé a desgarrar sus vestiduras perdiendo cualquier noción de mis actos. No recuerdo qué ocurrió después. Sé que cuando quise reaccionar estaba muerta.
BEN-AMIR: Vuestras palabras y vuestros actos os condenan. Que los verdugos se preparen y que vuestro cuerpo sea colgado en las puertas de la entrada de la ciudadela.
PRISIONERO: He esperado este momento pues me librará del tormento. Temo menos a la muerte que al suplicio que se vierte sobre mi conciencia. Que Alá el misericordioso tenga compasión y perdone cuanto he hecho.
BEN-AMIR: ¡Qué se cumpla inmediatamente la condena!
ALCAIDE: Señor, vuestras órdenes serán cumplidas al instante. Soldados, coged a Muhamat y colgadlo.
BEN-AMIR: Aunque el verdugo abata la vida de este asesino, no se me podrá devolver el sueño de amar que suponía Zahira.
SARA: Mi Señor, a mí me pertenecía Zahira pero estaba escrito en las estrellas y su muerte fue predecida por ella misma.
BEN-AMIR: ¡Contadme! ¡¿Cómo ocurrió?!.
ALCAIDE: Señor, un pastor fue testigo y lo que cuenta no es muy creíble.
BEN-AMIR: ¿Dónde está ese pastor?
ALCAIDE: Está en una de las dependencias del castillo.
BEN-AMIR: Quiero hablar con él.
ALCAIDE: ¡Llamad al pastor!
(Entra el pastor y Ben-Amir se dirige a él).
BEN-AMIR: Dime cómo te llamas.
PASTOR: Me llamo Ahmed.
BEN-AMIR: Ahmed, me han dicho que tú viste al asesino de Zahira cómo la mataba.
PASTOR: Así es, mi señor. Pero no penséis que yo tuve nada que ver en ello.
BEN-AMIR: No temas por tu vida. En tu semblante se reconoce tu inocencia. Pero cuéntame cómo ocurrió.
PASTOR: Me encontraba con mis ovejas que pacían, y escuché unos gritos cercanos a donde me hallaba y mi curiosidad me hizo recorrer unos metros hasta avistar el fondo del barranco. Entonces contemplé que un hombre violentamente rasgaba las vestiduras de una joven. Ambos forcejeaban y la joven se defendía con todas sus fuerzas, sin embargo no pudo desasirse de aquel bruto. Sucedió rápido, apenas pude reaccionar. De pronto, con una virulencia exacerbada sacó un cuchillo y le asestó varias puñaladas que hicieron desplomarse a la joven y yacer en el suelo sin vida. Cuando éste se disponía a violarla, hubo un temblor de tierra. El hombre gritaba: ¡Es mía! ¡Es mía! Y a continuación la cogió en sus brazos y corrió a resguardarse en una cueva cercana. Varios temblores se sucedieron de nuevo y pude ver finalmente cómo el hombre salía corriendo de la cueva sin la muchacha. De pronto, unas grandes piedras se deslizaron desde lo alto de la montaña sellando el acceso a la cueva.
BEN-AMIR: ¿Me estás diciendo que su cuerpo está dentro de una cueva?
PASTOR: No, mi señor, la joven no se halla en la cueva.
BEN-AMIR: Pero, ¿no está diciendo este hombre que vio cómo el asesino de Zahira penetraba en la gruta y después salía sin ella. Entonces ¿qué es de su cuerpo?
ALCAIDE: Tened paciencia y dejad que prosiga el pastor con su relato.
BEN-AMIR: Prosigue Ahmed, pues estoy intrigado por cuanto decís.
PASTOR: Lo que ví nunca lo hubiese podido imaginar. Fui testigo de las profecías de nuestras creencias. Alá me ha bendecido con ello. Lo que a continuación contemplé lo llevaré dentro de mí hasta el momento en que me presente ante el Misericordioso.
BEN-AMIR: Cuéntame, ¿qué viste?
PASTOR: Todo aquel que conoce aquel paraje sabe que dos barrancos confluyen y en medio de su unión se erige en la base una gran mole de piedra que sustenta un gigantesco peñón que es referencia de este valle. Pues bien, tras sucederse aquellos temblores aconteció que el agua que discurría plácidamente, bajó como un torrente de espuma deslizándose a lo largo del barranco con una ferocidad inaudita. No obstante, lo que más me sorprendió fue lo que más tarde pude ver. Miles de palomas coronaron el gran pico y con una ceremonia digna de la mejor danza, al acorde de unos cantos celestiales, junto con el batir de sus alas, mi alma se sintió arrastrada hasta los paraísos de Alá...
Bajaron las palomas hacia la gruta y lograron remover las piedras que obstruían la entrada de la cueva con el canto prolongado que instantes antes iniciaron en su vuelo. El acceso a la cueva quedó totalmente libre. Penetraron en ella y volvieron a salir portando el cuerpo inmaculado de aquella que llaman Zahira. Pero no todo finaliza aquí. Aquellas palomas se habían convertido en ángeles halados y elevando aquella virgen, desaparecieron en el horizonte. Se abrieron los cielos en forma de un gigantesco agujero por donde se desvanecieron finalmente, cerrándose de inmediato en cuanto el último de esos ángeles se perdía a mi vista dentro de aquellas profundidades surgidas de la nada.
BEN-AMIR: Este hombre debía estar ebrio pues sólo bajo esos efectos pueden verse tales cosas.
PASTOR: Mi señor, todo cuanto he relatado es cierto. Aquellas aguas espumosas eran de sal. Mi ganado ya no ha podido beber en aquellos manantiales y antes lo conducía hasta allí para que bebieran pues podía beberse de esas aguas. Para mí, las aguas señalan un pacto de pureza hasta que se cumplan las profecías.
ALCAIDE: Señor, yo no puedo afirmar cuanto cuenta pero sí puedo decir que aquella gruta está cerrada con grandes moles de piedra y que por orden mía se hizo un túnel por uno de los lados de la cavidad que permitiera penetrar hasta el fondo. Mis hombres no han hallado nada. ¿Dónde está entonces, el cuerpo de la muchacha? Si no está dentro ni fuera... ¿Dónde está? ¿Creemos la palabra del pastor o no? Esto forma parte de un misterio que mi entendimiento no puede dilucidar, sólo la fe puede dar razón de ello.
SARA: Señor, yo creo cuanto ha dicho este hombre. Cuando se me comunicó la muerte de Zahira quise ir al paraje donde se haya la gruta. Mi cuerpo se estremeció al contemplar aquella montaña. Era la misma que Zahira describía en sus sueños. Yo era testigo de un mensaje privilegiado del que nunca creí que fuera depositaria.
BEN-AMIR: ¿De qué sueños hablas?
SARA: Señor, privadamente le diré el sueño en el que describía su destino en estas montañas.
BEN-AMIR: Me desconciertas de nuevo. Sara, nada entiendo.
SARA: Ella... Zahira... es parte de la historia y de la leyenda que junto con nuestro profeta Mahoma escribirán en siglos postreros el nuevo advenimiento de Alá.
BEN-AMIR: Sara, qué murmullo presiento en mi alma que hace aún más larga mi soledad sin ella. Eso hace que la desee y la ame más, pero te vuelvo a insistir: dime su secreto porque en su rostro sentía que me amaba. Pero al mismo tiempo ese mismo presentimiento me insistía en que nunca me pertenecería.
SARA: Mi señor, no sólo eso he de deciros sino que yo ... no os asombréis con lo que vais a escuchar... he visto en carne y hueso a Zahira después de estos acontecimientos...
BEN-AMIR: ¿Acaso tú también estás ebria? ¿Qué me dices?
SARA: No estoy ebria, mi señor. La vi como lo veo a vos y me dio un mensaje que unido al secreto que mi corazón encierra...
BEN-AMIR: ¡Cuenta Sara! ¡Cuál es el mensaje!
SARA: Tened paciencia. Todo tiene un tiempo y un espacio pues parte de su relevación está concebido en recomendaciones y hechos que se sucederán y es por ello, por lo que debo servirle hasta que mi último aliento.
BEN-AMIR: Sara, eres lo único que tengo de Zahira. Vendrás conmigo a Córdoba y pondré a tu servicio los criados necesarios para que como una gran señora, vivas el resto de tus días.
SARA: Mi señor, no quiero desobedecer vuestra voluntad. No es mi deseo contrariaros pero ello es imposible porque hice votos y juré quedarme en este valle para así dar testimonio de Zahira. Me anunció que cada año hiciese en su recuerdo un acto dentro de los equinoccios y los solsticios. Una celebración sencilla: que meciera mis cabellos en la pureza de las nuevas aguas, las cuales purificaban el sello entre los hombres y el Misericordioso.
BEN-AMIR: Estoy viendo que tu fe forma parte de la ley del Divino. Hágase su voluntad. Alcaide, cederás una de tus propiedades cerca de donde ocurrieron estos hechos. Que así se cumpla.
SARA: Gracias, mi señor. Pues con ello podré cumplir la promesa que hice.
BEN-AMIR: Que Dios el Misericordioso, el Compasivo te colme con su bendición y con ello cumplas con tus promesas.
ACTO VIII
(Medinaceli, 11 de agosto de 1.202. Santuario cristiano semiderruido. Ben-Amir junto con su hijo Al-Malik, rodeado de soldados).
BEN-AMIR: Estoy como sumido en un sueño. ¿Qué ha sucedido hijo mío?
AL-MALIK: No os fatiguéis padre. Habéis estado inconsciente durante algunas horas.
BEN-AMIR: Sí, ahora recuerdo. Caí herido en el pleno fragor de la batalla. ¿Quién ha vencido?
AL-MALIK: Por primera vez en muchos años hemos sido derrotados por los infieles.
BEN-AMIR: ¿Cuántas bajas hemos tenido?
AL-MALIK: No hagáis esfuerzos pues habéis perdido mucha sangre. Necesitáis reponeros.
BEN-AMIR: Estoy herido de muerte y soy consciente de ello. Hijo mío, tendrás que ser tú quien ponga en cintura a los reyes cristianos. Esta victoria los envalentonará y serán por ello más peligrosos. Tendrás que tener puño de hierro. Que no te tiemble lo más mínimo.
AL-MALIK: No digáis eso padre. Pronto os recuperaréis y esta humillación la pagarán con creces pues sus doncellas vírgenes serán violadas y los hombres vendidos como esclavos en los mercados de Córdoba. De sus castillos no quedará piedra sobre piedra.
BEN-AMIR: Hijo mío, soy consciente que mi hora ha llegado. Esta herida es profunda y mortal. Que estos consejos y voluntades que voy a decirte te sirvan para cuanto vayas a hacer tras mi muerte.
AL-MALIK: No os esforcéis...
BEN-AMIR: Te he dejado todos los asuntos de estado allanados, abastecidos de trigo los graneros y llenos los depósitos de armas. Te dejo una hacienda por encima de lo que supone la paga de tus tropas y de tus gastos. Equilibra los impuestos de los súbditos del reino en los gastos del mismo. Que tu mano no se te vaya en derrochar pues ello justificaría la rebelión de los que nos odian. Sé austero por ello. Sé cauto cuando nombres a gentes fieles y obren con ello rectamente pues de lo contrario ello minaría tu poder y a los enemigos los fortalecerías.
AL-MALIK: Conozco todo cuanto me decís por haberme aleccionado durante años en vuestro próspero gobierno.
BEN-AMIR: No duermas tranquilo. Cada generación tiene sus depredadores y por ello uno tiene que estar alerta. Aquellos que aparentan ser diferentes esconden sus colmillos de lobo esperando su ocasión. Una vez más, te digo que estés alerta.
AL-MALIK: Así es padre. Son aduladores quienes cantan con las versatilidad de su lenguaje pero esconden en sus profundos pensamientos todas sus ambiciones. No creen en nada que no sea su triunfo personal.
BEN-AMIR: Cuánto me alegra cuanto dices. Todo ello es cierto. Nadie en política debe saber qué esconde uno mismo pues conocer tu interior precede a tu muerte, el suicidio de uno mismo. De esos elementos están construidos tus enemigos. Cualquier movimiento que les delate debe ser eliminado. Pero prosigo, conoces las forma de ser del Señor de Palacio y sabes que por su parte no has de temer daño alguno.
AL-MALIK: Reconozco que los dos os habéis sido fieles y ahí está el secreto del porqué Córdoba hoy es respetada, admirada y todos los reyes cristianos rinden vasallaje. Hoy Córdoba es la perla de Occidente.
BEN-AMIR: Sí pero el tiempo pasa y nuestros enemigos pueden ganárselo y pretender alzarse en su nombre. Conocemos su débil voluntad y ello es un suicido para nuestro familia y el mismo Califato.
No gustes hijo mío, ojo pues, en modo alguno, de todos los del partido que conoces. Vigila con sigilo a la familia de nuestro Señor, la familia de los Omeyas. Que tu mano no tiemble cuando vayas a eliminar a aquel al que veas peligroso. Si cumples tal como te lo estoy diciendo, nada temas, te respetarán y con ello el orden estará seguro y establecido.
En cuanto al dinero que tu madre guarda, es para el abastecimiento de tu poder. Ello te servirá para cualquier contingencia, bien en la compra de voluntades o apartando a aquellos que se rebelen.
En cuanto a Abderramán, tu hermano, dispuse para él en vida la parte de herencia a la que tiene derecho. Otro tanto te digo a los demás miembros de la familia. Protege como si fueses un padre a los varones, disciplínalos en tu propio servicio y sobre las mujeres extiende tu protección.
Hijo mío, cumple con esta recomendación y seguro que nuestra casa será respetada y admirada. Sólo el fuerte está destinado a gobernar. Si en algo flaqueases ten por seguro que tus días están contados. No te olvides nunca de cuanto te he dicho.
AL-MALIK: Padre, tened por seguro que os he escuchado atentamente y por ello juro ante vos que mi brazo no temblará ante aquellos que osen rebelarse contra el orden establecido.
BEN-AMIR: Que así sea, hijo mío. Ahora dejadme solo ante la pétrea agonía de la muerte.
(Al-Malik y los soldados salen del recinto. Silencio. Una sombra se desliza sobre el escenario).
BEN-AMIR: ¿Quién está ahí? ¡Responded! ¿Sois vos la muerte?
CHAFAR: Soy una de las sombras que existen en vos.
BEN-AMIR: Mi vista está turbia. No distingo quien sois.
CHAFAR: ¿Aún no me reconocéis?
BEN-AMIR: No, no sé quien sois ni qué buscáis en mí.
CHAFAR: Os diré que soy uno de aquellos que mandasteis para morir en la cárcel. ¿Me reconocéis ahora?
BEN-AMIR: ¡Chafar!
CHAFAR: El mismo.
BEN-AMIR: ¡Por Alá! ¡No puede ser! Los fantasmas se adueñan de mi mente. Cerraré los ojos porque esto forma parte del delirio que produce la fiebre.
CHAFAR: No, Ben-Amir, soy real y he venido desde aquel lugar hacia el que os dirigís también ahora vos.
BEN-AMIR: ¿De qué mundo habláis?
CHAFAR: De un mundo que los hombres desconocen y que viven la mayoría de espaldas a él.
BEN-AMIR: ¿Qué deseáis de mí?
CHAFAR: Quiero que vuestro alma pueda ser salvada en estos últimos instantes de vuestra existencia. Y para ello tenéis que ser humilde y reconocer los males que habéis provocado por vuestras ambiciones.
BEN-AMIR: ¿Vos? ¿El hombre que fue maestro de maestros en las falsedades y las mentiras?, ¿me pedís que me arrepienta? ¿Vos? ¿Adulador de aduladores? ¿A quién servís ahora? ¿Acaso no recordáis que fuisteis vos el principal culpable de la muerte del joven príncipe Mujira entre los muchos que sentenciasteis?
CHAFAR: ¿Acaso mi alma no está pagando por ello y vaga errante a pesar de mis arrepentimientos?
BEN-AMIR: ¿Qué tengo que ver yo con vuestra conciencia y la desgracia de vuestro alma? ¿Acaso soy yo quien va a juzgaros?
CHAFAR: No, vos no sois mi juez pero formáis parte del restablecimiento de mi conciencia y mi alma. Y de ello depende el poder presentarme ante el Misericordioso.
BEN-AMIR: No entiendo nada de cuanto me estáis diciendo.
CHAFAR: Tengo un tiempo y un espacio en los cuales puedo
restablecer mi conciencia y con ello mi alma. Si logro reestablecer cada acto y
cada movimiento que por voluntad o inconsciencia haya provocado mal, me habré
perpetuado en el reino del
Misericordioso.
En todos los hombres tras su muerte, existe un espacio que el Misericordioso concede como estancia última para que cada uno pueda reestablecer el equilibrio de su propia creación. Si lo consigue puede entrar, como antes dije, en los paraísos de Alá.
BEN-AMIR: ¿Queréis decir que vuestra presencia ante mí forma parte del reestablecimiento del alma y si lo conseguís y cumplís con esa ley recibís la vida eterna?
CHAFAR: Así es Ben-Amir.
BEN-AMIR: Todo cuanto os hice también forma parte de la creación. No fui yo quien creó las leyes de las especies ni el predominio del más fuerte sobre el débil, ni la dualidad... ¿Acaso la creación no se basa físicamente en la fuerza del péndulo?
CHAFAR: Verdad decís Ben-Amir pero recordad que la vida nace por un equilibrio de las dos fuerzas. Y ello no justifica ciertas formas de entender la vida. Por ello, sólo el Misericordioso puede juzgar al hombre.
BEN-AMIR: ¿Este es el sentido por el cual está justificada vuestra presencia en estos momentos de agonía?
CHAFAR: Os voy a responder. Antes de penetrar en el túnel de luz, yo formo parte de las múltiples secuencias de vuestra vida. Veréis una proyección de secuencias en breves instantes. Toda vuestra existencia vivida en un lapso de tiempo minúsculo. Se trata de un pequeño juicio seguido entre imágenes compensadas en el tiempo. Yo formo parte de ese juicio junto con todos aquellos que convivieron con vos. Es por ello, por lo que estoy ante vuestra presencia. Tengo que salvar mi alma, de lo contrario, vagaré por los espacios infinitos, sin paz.
BEN-AMIR: ¿Queréis decir que desde que nací, pasando por mi infancia, hasta estos momentos, voy a vivirlos de nuevo?
CHAFAR: Sí. Al igual que yo los viví y desde entonces por no haber reestablecido el daño que a mis semejantes hice cargo con mis culpas hasta que desaparezcan todos aquellos con los que conviví. Por eso os dije que en ultratumba hay un espacio y un tiempo. Si cumplís, la gloria, si fracasáis, el castigo y la perdición del alma.
BEN-AMIR: ¡Esperad! Se me cierran los ojos... ¿Dónde estáis Chafar? Deseo preguntaros más...
(Silencio)
BEN-AMIR: ¡Qué angustia! ¡Qué dolor! ¡Qué soledad hay en mi alma! Me siento desnudo... ¡No! ¡Aunque sienta la frialdad de la muerte, no tengo miedo! ¡¿Acaso toda mi existencia, no ha estado sumida en la frialdad de la soledad que produce la altura del poder?! ¡¿No disfruté de la plenitud de los goces del cuerpo?! Debo asumir todo cuanto me sucede, pero esto me hace recordar no sólo el dolor sino la imagen en mis pensamientos de aquel precioso canto de Zahira, la dulce y ansiada amada mía. Aquel canto que en estos momentos es recordado y sentidos por mí.
¿Qué amor es más profundo? ¿el que el cuerpo siente, o el que el alma suspira? Yo, que he sentido el placer de la vanidad, el orgullo, el odio, la lujuria, en estos momentos de soledad presiento que he perseguido a los vientos. Sólo me sentía débil cuando la dulce figura de una joven virgen me señalaba con sus pupilas la profundidad del camino infinito.
¡Oh Zahira! ¡Gema nacida de la naturaleza que me hiciste sentir las pasiones y que mi desdichada alma no podía frenar los sueños de aquellas pasiones! ¡Cómo siento en estos momentos el dulce canto de tu nombre, la danza que con tenue luz contonea y me embriaga, llenando con ello de éxtasis los paraísos de mi pasión.
Dicen que has muerto. No... no, Zahira... tú no has muerto. Me perteneces. Tú vives en mi corazón y por eso aunque Dios me condene a perpetuidad, los sueños siempre perdurarán. Eres mía, mía... y el rostro de la muerte no sellará nunca la profundidad de mis sueños. Perteneces a ellos... y mis lágrimas son testimonio que multiplicadas formarán ríos que fertilizarán las orillas donde flores mil, forjarán su hermosura en los páramos vírgenes.
Cantarán los poetas a los vientos, zozobrarán las montañas pero nunca podrán secarse en ellas los manantiales que perpetúen el amor que sentí por ti. Por ello el tiempo escalará sus propios peldaños y en los surcos del tronco reseco quedarán grabados los momentos que tuvimos tú y yo.
¡Zahira, Zahira, Zahira!
(Entran Al-Malik y los soldados)
AL-MALIK: ¡Soldados! ¡Al Manssur ha muerto! ¡El látigo de los infieles ha muerto!
TODOS: ¡Larga vida a Al Manssur! ¡Que Alá lo reciba en el paraíso de los creyentes!
ACTO IX
(Mismo escenario que en escena II. Hamet y Sara ante el árbol de Sara)
SARA: Ben-Amir murió pronunciando el nombre de Zahira. Desde entonces su alma vaga en estas montañas en busca de su amada.
Siempre me he hecho una pregunta, si su espíritu bravo encontrará la paz y si el Misericordioso lo acogerá en su seno.
HAMET: Madre, eso nunca podremos comprenderlo. Conocemos que Ben-Amir bajó a las profundidades de su conciencia y murió como vos decís pronunciando lo que más había amado. ¡Qué distintos fueron sus propósitos de cuanto aconteció! ¡Qué horror contemplar que de cuanto planificó nada se ha tenido en pie!
SARA: Así es, hijo mío. Tras su muerte su hijo Al-Malik gobernó durante unos cuantos años pero murió después de una batalla. Su hermano Abderramán, apodado Sanchuelo, le sucedió pero tuvo la torpeza de autoproclamarse sucesor del Señor de Palacio.
HAMET: Seguro que a Ben-Amir no se le hubiera ocurrido tal osadía.
SARA: Ello le acarrearía más envidias de la familia de los Omeyas. Para mí, esa decisión fue su sentencia pues murió en una de las revueltas que hubo en Córdoba provocada por sus enemigos. Su cabeza fue colocada en la punta de una lanza y expuesta en la puerta de Al-Suda de la Ciudad de Córdoba. A partir de entonces, se sucedieron los conatos y rivalidades entre los distintos clanes del Califato.
Destruidos los sucesores de Ben-Amir, todos ambicionaban gobernar debido al débil carácter del soberano. A consecuencia de ello Hixam I no pudo controlar la situación, fracturándose los distintos clanes y apareciendo con ello la anarquía.
Aquella Córdoba admirada y temida fue arrasada.
HAMET: Madre, ¡cuánto daño hizo la ambición de Ben-Amir al dejar vació el orden!
SARA: Conoces ahora mi procedencia y por ello digo que para gobernar se necesitan años de preparación. Sólo las cunas regias bien dotadas pueden construir una fidelidad de gobierno estable. Está demostrado que si no se tiene buen pulso el caos es inevitable. Por ello, a los sucesores del que pierde la autoridad, les llega la pobreza y forman parte de un opulento botín que los buitres festejarán.
HAMET: Desde estas lejanas tierras se escuchan los lamentos de los hombres y mujeres de Córdoba. Nada queda ya en pie.
Cuando marché junto con mi amigo el poeta Ben-Hazam ya contemplé su ruina. Vi entonces que en la ciudad-palacio de Ben-Amir, Medina-Azahara, no quedaba piedra sobre piedra. Sólo algunas construcciones regias fueron respetadas porque también parte de la ciudad-palacio había sido arrasada.
SARA: Siento pena. Mi Córdoba , mi amada Córdoba... aquella donde las aguas puras de mil fuentes estallaban en sus ingentes jardines, aquella cuyos mercados mostraban los tesoros de otros mundos, la algarabía de las gentes... todo queda ya en el recuerdo, lejano. Sólo resta el testimonio que tú te encargarás de transmitir a tus hijos.
HAMET: Madre, me habéis dado la mejor herencia que un padre puede legar a un hijo. Lo que más os agradezco no es la pequeña hacienda sino cuanto me habéis dicho ahora. Las casas, los campos, los ganados... todo tiene precio y todo puede ser vendido, pero la conciencia, los sentimientos, son el mejor regalo que uno puede recibir de sus padres, pues ese testimonio da sentido dota de sentido al mañana. Nunca podré pagároslo madre.
SARA: Abrázame, hijo mío. En ti veo un bello horizonte y un destino capaz de unir este testimonio con la voluntad de Alá.
HAMET: Por el camino viene alguien...
SARA: Mi vista no alcanza para descubrir quien es.
HAMET: Me parece reconocer... ¡Madre! ¡Mi amigo el poeta!
SARA: ¿Quién? ¿Ben-Hazam el de Córdoba?
HAMET: El mismo.
BEN-HAZAM: ¡Hamet! ¡Amigo mío! ¡Sara! ¡Que el Misericordioso os guarde por muchos años!
SARA: Eres como un hijo más...
BEN-HAZAM: Veo en vuestra mirada a mi madre. Vuestros cabellos grises, esas arrugas, pero repletas de una belleza limpia.
SARA: Soy más vieja que tu madre... dejemos los halagos y permíteme que te pregunte, ¿qué te trae aquí?
BEN-HAZAM: Vengo huyendo de Córdoba pues de quedarme allí un solo minuto más, mi vida peligraría. El caos es fecundado con el horror, las leyes son inexistentes. Las gentes viven cada segundo como si fuese el último. Ya no son hombres, son bestias. Se fornica en las calles y no hay rubor por ello, el bandidaje campa por doquier, se asesina por un mendrugo de pan. Por ello, la población ha huido a los campos, miles de personas han sido asesinadas. Ya no existe el orden ni nadie es capaz de reestablecerlo. Sobre la falta de valores se erige la brutalidad.
HAMET: Porque te conozco sé que tú te involucraste en construir de nuevo el orden de los Omeyas y por lo que cuentas, veo que has fracasado.
BEN-HAZAM: Sí... cuando marché a Córdoba tras el primer exilio, creía que sería posible reestablecer la dinastía Omeya pero todo era un espejismo fruto de las luces de la juventud. No fuimos capaces de unir las distintas facciones que ensangrentaban Córdoba en sus revueltas. Aquella pugna por lograr un nuevo equilibrio, fracasó.
Por ello, mi corazón ahora es duro. Aquel amigo que conociste, ya no existe. Aquel que escribió con sueños dorados en la peña del Castillo de Játiva, el Collar de la Paloma, sólo mantiene ya en su corazón, dolor y lágrimas y presiento que mis pies irán errantes, lejos de mi amada Al-Andalus. Con todo, no dejaré la pluma ni su vuelo fértil pues deseo que las generaciones venideras contemplen aquellos lirios de nuestra época, ahora rotos junto a la flor de una guerra civil donde los espíritus de los hombres pierden toda nobleza y con ella la conciencia.
HAMET: Ben-Hazam, nada podemos hacer cuando los hombres han roto con sus ambiciones toda armonía, todo orden.
SARA: Estás dolido, y con razón... Todos nos sentimos apenados, pero debemos aceptarlo pues nuestras vidas siguen su curso.
Desde mi experiencia te digo que si se pierde la esperanza se pierde el sentido de la vida. Cada día hay que luchar para seguir construyendo esa esperanza pues la siembra de hoy son las mieses del mañana.
HAMET: Amigo mío, no te lamentes aunque motivos tenemos para lamentarnos. Pero lo que sí debes de tomar por seguro, es que lo que tú percibes a través de tu creatividad, nadie jamás podrá arrebatártelo. La frondosidad del bosque no debe nunca ocultar el horizonte.
BEN-HAZAM: ¿Acaso crees que he perdido la esperanza? Mi lucha interior me hace aún profundizar mientras me pregunto del porqué de las cosas. En los momentos de soledad, cuando uno se enfrenta a sí mismo, sólo la creencia con toda la riqueza de su mundo interior son capaces de hacer surgir la esperanza de conquistar aquello que la vida nos niega.
HAMET: Amigo Ben-Hazam, me reconforta escucharte pues tú no te ves a ti mismo pero quienes tenemos la dicha de estar contigo, sentimos que las musas no te han abandonado. Por tanto, debes seguir escuchando esas musas y proseguir la obra con la cual lograste el deleite de los hombres, bendecida por Dios.
BEN-HAZAM:
Hamet, Hamet... No creo, humildemente, que me merezca cuanto me estás diciendo y sé que lo dices desde lo más profundo de tu corazón. ¡Abracémonos!No puedo dejar de suspirar estas amadas tierras porque al igual que tú me amas, también yo amo a mis semejantes.
ZULIMA: ¡Sara, Hamet! ¡La comida está hecha! ¡Venid!
SARA: Ben-Hazam, es la esposa de Hamet. Hamet, llama a Zulima y avísala que el poeta ha venido a visitarnos.
HAMET: Zulima, aquí está mi amigo Ben-Hazam.
BEN-HAZAM: ¡Cuánto tiempo sin verte Zulima!
ZULIMA: ¡Cuánto me alegra verte!
HAMET: Hemos tenido varios hijos.
BEN-HAZAM: Sara, contemplo que vuestra dinastía es ya segura.
SARA: Sí, Dios me ha bendecido con esta descendencia.
ZULIMA: Prepararé más comida.
HAMET: ¿Qué cocinabas para cenar?
ZULIMA: Gachas con embutido de ciervo y luego "muriones" con miel.
BEN-HAZAM: Cuánto tiempo que no disfrutaba de tal festín.
SARA: Vayamos pues a cenar.
VOZ EN OFF: Sara murió en el año 1.031, el mismo año que la España Califal se desintegraba y aparecían los primeros Reinos Taifas. Esta historia fue relatada de padres a hijos hasta nuestros tiempos.